Juguetes de madera

De lo que fuera su casa, un lugar no muy grande, pero bastante acogedor, que había conseguido a fuerza de trabajo y dedicación, quedaba una imagen de colores opacos, en donde el abandono era su principal protagonista. Hace ya muchos años se refugió en el sótano, lugar del que sale lo menos posible. Si uno tiene el valor y, por sobre todo, la agallas de un corazón duro, se le puede observar desde una pequeña ventana a nivel de suelo que, se dice, nunca voltea a ver.

Se casó como todos, con la ilusión de la felicidad eterna y de la dicha que agrega color a los caminos obscuros de la incertidumbre. Venía de luchar por hacer crecer un negocio que tenía en el centro de la ciudad, en donde su producto contrastaba con la modernidad que los tiempos ofrecían. Heredado el don de su papá, se dedicaba a trabajar la madera, específicamente juguetes que hacía a mano, con la paciencia del artista.

Nunca quiso invertir en maquinaria, su excusa era que en lo que recuperaba la inversión los juguetes de madera dejarían de tener mercado y terminaría con menos de lo que actualmente tenía y con máquinas viejas arrinconadas en casa.

Los juguetes ya no se vendían para niños, porque ahora los padres creen que un trozo de madera tallado ya no da la felicidad que antaño disfrutaban los pequeños. Se vendían sobre todo como curiosidades y adornos para aquellos nostálgicos que tuvieron padres con mejores creencias que los actuales.

Acordaron que pasarían los primeros cinco años de matrimonio dedicados al trabajo y al ahorro, para poder dar los primeros pagos de lo que convertirían en su hogar permanente. Lo que no acordaron fue que Regina, su esposa, muriera nueve meses después, en una sala de hospital, al momento de dar a luz.

La vida que se le fue en aquel instante, le volvió cuando tuvo en sus manos a la pequeña Regina, su hija, a quien no pudo nombrar de otra forma. Se aferró a ella con todas las fuerzas que le quedaron, convirtiéndola en el centro de su universo.

Se empeñó, como tantos, en hacer de aquel hogar de dos integrantes, un sitio acogedor e impecable, en el que reinara la alegría. Regina, como tantos, estaba convencida, a sus pocos años, que tenía el mejor papá del mundo.

Días después de celebrar su cumpleaños número diez, Regina enfermó.

La enfermedad fue fulminante, tanto que a él no le dio tiempo de quedar en bancarrota. Los doctores no supieron qué tenía. A las fiebres y dolores de cabeza, le sucedieron períodos de falta de lucidez. Regina balbuceaba sobre sus altas notas en el colegio, sobre su madre, sobre la casa de la pradera y sobre su mascota. Nunca tuvo ninguna de esas cosas.

Él solo se retiraba de su lado para buscar algo de ropa en casa, darse un baño apurado y bajaba aprisa al taller en su sótano, donde tomaba algún juguete y lo llevaba consigo, para regalarlo a su hija.

Al sexto día, recostado en la cama del hospital junto a Regina, sintió cómo esta le apretó la mano y sin abrir los ojos le dijo: “Papá, nunca dejes de hacer juguetes”.

Una lágrima recorrió su mejía mientras era testigo de cómo su hija exhalaba por última vez.

El juguetero del sótano, a quien ya solo se le conoce de esa forma, no tuvo a quién aferrarse en esta ocasión, así que se aferró a una promesa que nunca realizó.

Se encerró en el sótano de la casa, que ahora es del banco, porque dejó de pagarla, pero que por alguna razón no ha sido reclamada. Dedica casi todas sus horas a hacer juguetes de madera de buena calidad.

Él mismo sale en largas caminatas, hacha en mano, y regresa con madera, para encerrarse y trabajar. Cuando ha hecho una cantidad importante pone los juguetes en una caja y la deja enfrente de la casa, con un rótulo escrito en letra pequeña: “Son tuyos a cambio del dinero que quieras dejarme”.

Mi historia no es interesante como para que la relate, basta decir que terminé viviendo en la calle por malas decisiones y mi mal carácter. El hambre me enseñó a pedir dinero sin reparar en la vergüenza y el frío a preocuparme poco por el atuendo, despreocupándome por mi higiene.

Cuando junto unos pocos billetes y monedas llego a su casa a buscar alguna caja. Si la encuentro le dejo lo que tenga, que nunca es mucho. Luego vendo los juguetes en almacenes, tiendas de coleccionistas o jugueterías que insisten en abrir al público. Soy consciente de que saco bastante más de lo que pago por cada pieza.

Somos pocos quienes conocemos del juguetero del sótano, quien no tiene idea de lo mucho que dependemos de él.

En ocasiones, cuando no tengo dinero, vengo de noche y me quedo observando la tenue luz que sale del sótano de su vivienda, aterrado por pensar lo que pasaría conmigo si un día se va, si el banco le reclama la casa, si deja de dar casi regaladas sus creaciones o si de la nada olvidara la promesa que no hizo.

Debo decir que, con todo y lo fuerte que lo ha golpeado la vida, es un artista. Sus creaciones han mejorado de forma sustancial y no sé si esté planeando algo.

Todo lo que tengo son sus juguetes de madera y si el juguetero del sótano se va, no sabré a qué aferrarme para sobrevivir.

La casa del abuelo

No tengo muchos recuerdos de él porque le gustaba vivir aislado. Según la abuela no siempre fue así, pero el abuelo, decía ella, se metió en unas cosas raras, convencido por sus lecturas, y se fue apartando de todos o más bien logró hacer que todos se fueran apartando de él.

Falleció la abuela, papá nunca quiso saber más de él y lo mismo con mis tíos y primos. Al abuelo le quedé yo porque soy curioso y siempre quise saber en qué andaba y entender su comportamiento.

La vida y las obligaciones que esta impone me alejaron bastante de él, pero me mantuve a cierta distancia. En los últimos años le he visto cada uno o dos meses, por un par de horas, que es lo que considero que un solitario entiende como su espacio. Además, digo ver porque hablar, hablábamos poco, casi solo de la noticia del día.

Su paso aún era firme, pero su mirada era una mezcla entre cansancio y ausencia. Mantenía el porte altivo, pienso que porque se obligaba a ver hacia arriba como si estuviese en la búsqueda de algo, a lo mejor de una salida.

Quiero creer que no le molestaba mi presencia, pero sospecho que me dio copia de las llaves de su casa y me dejaba entrar sin llamar a la puerta para que lo encontrase en caso de que muriera ahí, amarrado a su soledad.

Hace dos años el abuelo desapareció. Lo reporté a las autoridades y se lo mencioné a algunos familiares, pero nadie hizo mucho por encontrarle. Para el mundo era como si el abuelo hubiese dejado de existir hacía mucho.

En su casa no había indicios de que se hubiese marchado a voluntad, más allá de que todo estaba bien ordenado. En esa casa no había un objeto fuera de lugar, una prenda de ropa por lavar o algo que diese la sensación de abandono.

Yo seguí yendo a hacer las visitas de siempre, quizá movido por la costumbre, hasta que me llegó a agradar la sensación de soledad. Me gustaba ese momento para mí, rodeado de todo aquello tan ordenado, tan quedo, tan ajeno. Limpiaba un poco y hurgaba entre sus posesiones. Casi siempre tomaba libros que no leía, fotografías que poco me revelaban y cuadernos de notas de los que entendía poco más allá de frases cargadas de angustia y su deseo de escapar de esta vida, acaso por lo que él entendería como un camino espiritual.

No encontré un solo indicio de que el suicidio le pasase por la cabeza.

Hace unos meses encontré una extraña foto cuya imagen me pareció conocida. Era un pedazo de pared que se me hacía muy familiar. No tardé mucho tiempo en dar con el porqué de la familiaridad. Era de la misma casa del abuelo. La foto era como si estuviera tomada desde el ángulo de una cámara de vigilancia, en tono sepia.

Llamó mi atención por ser una foto que aportaba tan poco. La dejé sobre la mesa de centro de la sala de estar antes de marcharme.

Para la siguiente visita tomé de nuevo la foto en mis manos, pero la imagen había cambiado, ahora tomaba la imagen de uno de los pasillos. Era la misma foto, o al menos eso parecía. Fue hasta entonces que me percaté de que tenía una fecha posterior a la desaparición del abuelo.

Un error al fecharla y una mala jugada de mi mente fue la única conclusión a la que pude llegar, o la que quise creer, pues nadie más, según yo, tenía llave de aquel lugar. Creo que incluso nadie más lo conocía.

Anoté mi nombre en la parte posterior de la fotografía y la volví a dejar sobre la misma mesa, “por si acaso”.

Sé que no les será difícil deducir lo que pasó al día siguiente, porque mi intriga me obligó a llegar tan pronto como pude.

La fotografía en sepia estaba distinta y mi nombre seguía en ella.

Esa noche, aprovechando que era viernes, decidí quedarme en la casa del abuelo a dormir, con la foto a mi lado. Al amanecer había cambiado.

Días después me di cuenta de que la fotografía solo cambiaba si estaba en esa casa, luego de que la llevara conmigo para no tener que estar yendo cada poco a aquel inmueble.

Sé que pueden deducir cómo aquel objeto extraño se apoderó de mis pensamientos y de mis horas. Y sé que sabrán comprender que a las intrigas se las guarda por un tiempo, no se habla de ellas al instante ni con cualquiera, así que guardé todo aquello para mí.

Dediqué los días a buscar entre sus libros y sus notas tratando de encontrar entre todas sus rarezas alguna explicación. Aprovechaba cada oportunidad que tenía para ir ahí.

Todo aquello me abrumó hasta la semana pasada.

El martes pasado alcancé a ver una parte del abuelo en la fotografía, estaba de espaldas.

El miércoles pude completar su rostro por completo. Era una imagen del comedor. Él iba caminando, erguido como siempre, pero con el rostro taciturno.

Al día siguiente no estuvo, sin embargo el viernes estaba sentado en el sofá de la mesa de estar, viendo una fotografía. No estoy seguro, pero creo que alcancé a ver mi nombre escrito en ella.

Apareció después en otra habitación. Su rostro no es el de siempre. Yo le veo cansado, cargado, quizá harto. No logro estar seguro.

Unos días aparece, otros no. No siempre veo su rostro. Cuando lo logro me genera angustia. Un deseo desesperante por ayudarle.

La fotografía que hoy tengo en mis manos tiene el rostro de mi abuelo viendo directo a la cámara — o lo que sea que toma la imagen — . Yo lo veo mal. Quisiera poder hacer algo por él.

No obstante, sé que la soledad era lo que pregonaba, que estar aislado de todo era su más grande anhelo y que por todo esto fue por lo que tanto trabajó. No sé si necesita ayuda o alcanzó lo que tanto quería.

Llevo horas sin soltar la fotografía, no quiero que cambie.

No sé si debo romperla y quizá acabar con su sufrimiento o si debo olvidarme de todo esto y dejarle disfrutar su éxito.

Leaga debía morir – Nuevo libro

Nunca antes me entusiasmó tan poco la publicación de uno de mis libros. Llegó a mis manos el 22 de junio y solo verlo le desprecié. “Sos solo una compilación de historias contadas en un blog sin audiencia, con un formato decente, un título que dice poco y una portada que no se ve mal. Solo eso”.

Al principio lo esperé con ansia, pero el tiempo pasaba y pasaba y nomas no llegaba, porque la pandemia también se la toma contra los que publican libros y Amazon no considera esencial el trabajo de los escritores.

Para esa fecha el COVID-19 ya me había alcanzado y hacía estragos conmigo, no solo en lo físico, sino en lo mental: el miedo y la incertidumbre son inevitables para uno y por los de uno. De tal, terminé con un fuerte desgano por todo, un síntoma que me parece no está documentado.

Al libro lo tomaba, lo hojeaba, lo hallaba banal, lo tomaba de nuevo, lo ojeaba con poco interés y lo soltaba con desdén para abandonarlo por horas.

¡Qué raro es eso del coronavirus!

El otro día me lo encontré entra unas cosas que buscaba y el desdén ya no estaba. Me puse a leerlo y resulta que el libro se lee rápido, entretiene y me gustaron sus historias, pero puede ser que opine así porque yo las escribí.

Luego decidí que era importante tratar de convencerles de que vale la pena que dediquen algo de su tiempo para leerme y acá estoy, haciendo un pésimo trabajo por convencerles. Yo, al menos, con esta presentación no leería nada, pero no dudo que ustedes tienen mejor juicio que yo.

Así pues mi séptimo libro, al que ya quiero, está en Amazon en formato físico, que tarda mucho en llegar, y en formato electrónico que llega muy rápido, pero por ambos hay que pagar y eso siempre es una inversión arriesgada.

Hay menos riesgo si alguien me escribe y se lo mando gratis, en formato PDF, MOBI o EPUB. Yo me iría por esta opción, después de todo no hay obligación financiera por leer algo que no costó un centavo y el texto puede quedarse por ahí, olvidado.

Leaga debía morir es el cuento inédito que da nombre al libro. Y da cuenta del deber y el compromiso.

Qué debemos y a quién.

Quién nos obliga y por qué.

Yo por lo pronto ya escribí el artículo que sentí el deber de crear.

Gracias por leer… al menos este texto.

Hablemos de libertad

Mi proceso de conversión al ateísmo no fue fácil. Nacido en una familia protestante, fui inculcado con la doctrina de aquella religión desde muy pequeño. De niño acepté varias veces a “Jesús como mi salvador” por el miedo a no haberlo hecho bien las veces anteriores y terminar lanzado a un lago de fuego en el que ardería por la eternidad. Me bauticé en agua a los siete años a petición mía, pues nacer de nuevo era casi lo único que me importaba en aquel entonces.

Cuento esto porque no es que me haya peleado con dios por alguna mala experiencia que tuve, ni ando en fase de rebeldía. Lo cuento para sentar base de que no hablo desde el desconocimiento ni desde la ignorancia. He tenido que consumir mucho para ir de un lado al otro de mis creencias y de mi filosofía de vida.

Visto lo visto, oído lo oído y vivido lo vivido, como ateo, basado en mis creencias, puedo detestar a curas y pastores —por mencionar las dos grandes religiones de nuestra área—, porque considero que abusan de la necesidad de creer de la gente, de su deseo de tener respuestas a toda costa y sí, de su inocencia, en aras de controlar masas y sacar provecho económico.

La libertad que poseo como ser humano me da el derecho de creer que es así, como a un creyente le da el derecho de creer en una deidad, sin que pueda mostrar evidencia de que exista.

La garantía de la libertad debe sostener que no porque yo deteste a los dirigentes religiosos soy propenso a hacerles daño físico, convirtiéndome en criminal. A la sazón, una idea o una creencia no convierte a un individuo en un transgresor de la ley y por ende el tal solo puede ser sujeto de juicio ético o moral, son las acciones las que hacen a la persona merecedora o no de juicio jurídico.

Yo por mi parte tendría que entender que mi ateísmo me hace propenso a ganarme el desprecio y hasta el odio de un creyente, sentimiento que no los convierte en criminales. Están juzgando mis ideas y creencias de forma moral.

La libertad nos otorga a todos el derecho a creer y a estar totalmente convencidos de que quien no piensa como uno se equivoca.

Pasa que nuestras sociedades han evolucionado de forma errada y hasta lamentable, llevándonos a un punto en donde la aceptación por parte de todos se convirtió en una necesidad básica.

El nivel de miedo al desprecio y al odio ha alcanzado niveles insufribles, porque estamos convencidos que el odio es malo y de que quien odia es malo y vivimos más con miedo que permitiéndonos odiar. Estos niveles llevan a la gente a demandar aceptación, a demandar formas de ser tratados, a demandar respeto por sus propias creencias sin importar las del otro, a demandar leyes que les protejan en total oposición a quien no cree como ellos.

Hoy día las personas tienen la necesidad de obligar al otro a aceptarles como son, preocupándose más del punto de vista del otro y a cambiarlo a toda costa si no le parece adecuado, en lugar de aprender a vivir su vida despreocupado del qué dirán ajeno.

No hablo, claro, de situaciones donde la violencia y el daño físico esté presente. Esos absurdos tienen que ver con la estupidez del ser humano y no con la libertad.

La libertad debería ser aplicada a todos, sin importar mayorías ni fuerzas, y debe darnos el derecho a estar equivocados. La libertad da derecho a creer tonteras como verdades, a aceptar como hechos reales cualquier ilusión. Es decir, la libertad da derecho a cualquiera a ser un tonto, juzgado moralmente desde cualquier punto de vista contrario.

De oídas supe que en la iglesia a la que asistí, una muchacha estaba hablando con el pastor porque un pretendiente que ella tenía, a quien no pensaba hacer caso, le dijo que había recibido en sueños divinos la instrucción de que ambos deberían casarse. Ella, confundida, no quería al soñador, pero tampoco se podría permitir desobedecer la voluntad de su dios. ¡Vaya dilema!

Nunca supe el final de la historia, pero, abuso o no, ella tiene derecho a creer que todo aquello era un dilema que su dios le ponía de frente como prueba de fe. El soñador tiene derecho a creer que aquel sueño que tuvo (si lo tuvo) era un mensaje de la divinidad en la que cree. Y el pastor, si no es de los que se dedica a engañar, tiene derecho a creer que dios ponía en sus manos un asunto importante que resolver, ya con su sabiduría como hacía Salomón o escuchando a su dios como cualquiera de los profetas.

La libertad a la creencia debe ser parte integral de cada uno de nosotros, como lo es el tener que asumir las consecuencias de los actos.

Si yo activamente predico en contra de las creencias de los creyentes —y tengo derecho a hacerlo como ellos a predicar que me iré al infierno por no creer—, es muy probable que me gane más y más el desprecio de quienes creen. Y yo tendré, sin más, que aceptarlo. Si bien un creyente debería despreciar mis ideas no a mi persona por sostenerlas, pero al final es libre de despreciar lo que desee.

Por mucho tiempo solía costarme escribir artículos sobre ateísmo y de crítica a las creencias. Miedo, sin duda, a poder ofender a las personas, que de hecho me ha costado más de alguna amistad. Es curioso que hoy día sienta más libertad de tratar el tema de la libertad con ejemplos y posiciones religiosas y de creencias, que tratarlo al hablar de razas, ideologías u orientaciones sexuales.

Es que piensen en lo que han leído, si con algo de lo escrito sobre la libertad están de acuerdo, por qué iba a ser distinto tener la libertad de creencia, recordemos, aunque sea una estupidez, cuando se habla de raza, ideología o de orientación sexual.

Yo tendría el derecho de predicar contra el feminismo o contra alguna raza, porque al final son solo ideas. Pero la gente quiere ganar la batalla de las ideas creando individuos carentes de individualidad, logrando que todos pensemos de una única manera.

Hablemos de libertad:

¿Hasta donde llega la libertad de creencia y cuánto hay que someterla debajo de los buenos modos o de las prédicas de moda?

Luisiano

Desde que conocí a Luisiano supe, por sus gestos y ademanes, que era de estas personas sin ínfulas de grandeza, que en la cara se les ve como a alguien incapaz de ser interesante, pero que si se la llegaba a conocer igual podría dar preciadas lecciones. 

Luisiano, era el conserje del edificio donde hace años instalé mi oficina. Fue fumando en las gradas que daba a la salida trasera del inmueble, que intercambiamos las primeras palabras. Hice un pequeño chiste de lo mal que se veía que un par de hombres de nuestra edad estuvieran ahí, frente a un estacionamiento solitario, un viernes por la noche. En seguida me dijo que le diera un minuto, sacó de su overol una libreta roja, un lapicero y se puso a escribir. Luego continuamos la pequeña charla que dio inicio una peculiar amistad. 

Nuestras charlas se hicieron frecuentes y verle escribir se convirtió en una rutina que me parecía fascinante. 

Cuando ya le tuve confianza le pregunté qué era lo que escribía y me contó que de todo, desde chistes hasta proyectos, desde anécdotas hasta los secretos que iba juntando en su día a día. 

Apuntaba en ella sus sueños, sus metas y hasta sus miedos. 

Apuntaba sus ideas y todo lo nuevo que iba aprendiendo. 

Lo apuntaba todo, porque uno no sabe lo importante de una nota, hasta que llega a necesitarla, decía. 

Luisiano fue el amigo apreciado del que no me acordaba que existía, hasta que lo tenía enfrente. Algo como la sombra, que solo hasta que se la contempla uno piensa en ella. 

No obstante lo consideré siempre un amigo de verdad. 

Fueron muchos los años que compartimos. Yo nunca me moví de aquella oficina y Luisiano, pese a tanto proyecto e idea, nunca dejó de ser el conserje del edificio. 

Cuando me enteré de que había enfermado de gravedad, estuve mucho tiempo haciéndole compañía. No le iba a visitar todos los días, pero casi. 

No duró mucho. Fueron tres semanas y unos días los que lucharon por arrancarle la vida a Luisiano, quien creo que no puso mucha resistencia. 

En nuestra última charla, porque después quedó inconsciente, me dijo que tenía algo para mí. Sacó de entre sus sábanas su libreta roja y la puso en mis manos. 

Yo quedé conmovido. Me estaba entregando su vida completa, pensé. 

Cuando la hojeé me di cuenta que estaba vacía. Todas las hojas estaban en blanco excepto la primera, que decía: “No vivas la vida de Luisiano”. 

Le pedí que me explicara la frase y por qué me daba una libreta en blanco. También le pregunté que qué había sido de sus libretas. Me salieron todas las preguntas en un exabrupto.

— En realidad no es una libreta en blanco, es mi libreta, me dijo, porque siempre fueron así. Por las noches, cuando llegaba a casa, revisaba lo que había anotado. Claro que me reía con algún chiste o me agradaba alguna anécdota anotada, pero cuando me tocaba evaluar mis ideas, mis proyectos, mis metas y mis sueños, siempre encontré todo como insípido. Todo era tan falto de valor o tan soñador o tan inalcanzable o tan tonto, así que todas las noches me convencía de que aquello no valía la pena y la tiraba. 

»A la mañana siguiente, con la esperanza de que fuera un mejor día, tomaba una nueva libreta en blanco para llevarla conmigo y anotar todo.«

Nunca llegué a guardar una. Las tiré todas y le confieso que también iba a tirar esta, pero pensé que usted seguro podría darle un mejor uso, ahora que estoy por irme.

En su entierro estuve a punto de tirar su libreta dentro de su ataúd, pero pensé que al menos un apunte y una libreta de Luisiano tendría que trascenderle. 

Han pasado poco más de tres años desde que falleció y no he podido encontrar algo de mí mismo que me parezca que valga la pena anotar en su libreta.

Esa libreta que permanece en mi escritorio, cada vez pesa más.

No existe una nueva normalidad

Contaba mi padre, mientras nosotros disfrutábamos a las risas, que cuando era chico y hacía algo malo, mi abuelo lo llevaba a su cuarto y le daba no dos ni tres chicotazos, sino muchos, mientras le hablaba a los gritos para que no volviera a cometer la falta por la que le castigaba. Cuando lo consideraba suficiente le decía, siempre gritando, que fuera a barrer la casa. Cuando papá, con miedo, hacía por salir del cuarto para ir a barrer, mi abuelo por alguna extraña razón, consideraba que aquel lo que intentaba era huir. Le tomaba del brazo, lo jalaba hacia sí y le gritaba un “¿¡Para dónde cree que va!?” Que solo era la antesala de una nueva tanda de chicotazos. Eso, según papá, se repetía varias veces hasta que el abuelo, ya cansado, lo dejaba ir a barrer.

Papá lo contaba con humor y todos, a pesar de lo trágico, nos reíamos del infortunio que tenía que vivir durante su infancia.

Según mi padre nunca hubo abuso, lo que existió fue deseo de corregirle, porque así se corregía entonces.

Hoy día las cosas no son como antes. Muchos verían en aquel comportamiento abuso y maltrato infantil. Muchos sostendrían que no es manera de educar, que la violencia es innecesaria y que lo único que se logra con ella es hacer daño en los niños, daño que puede acompañarle por siempre.

La norma de entonces era otra. La norma de hoy día nos impide a muchos siquiera pensar en los métodos correctivos que se empleaba con los hijos.

Traigo a colación la historia de papá porque se me hace jocosa, pero en realidad podría haber utilizado muchos ejemplos más graves y conocidos, para demostrar que la norma no convierte a algo en normal.

La mutilación genital femenina, la esclavitud, la trata de personas, el matrimonio infantil, por mencionar unos pocos, son ejemplos claros que las costumbres y normas no pueden ni deben llegar a ser consideradas como normales.

El discurso de la nueva normalidad no es sino una forma de los gobiernos de vender un remedio que es agua azucarada.

No es normal que no tengamos libertad de salir de casa. No es normal que tengamos que andar con los rostros tapados. No es normal que sean los gobiernos quienes dispongan qué lugares abren y cuáles no y en qué horarios deben hacerlo.

No estamos en camino a una nueva normalidad porque estemos obligados a hacer trabajo desde casa. No estamos en camino a una nueva normalidad porque no podamos visitar a las personas con las que deseamos compartir.

Lo único que estamos haciendo, ya porque acatemos las normas o no, es adaptándonos a una forma de convivir que, todos tenemos la esperanza, sea solo temporal.

¿Por qué me parece que es un tema digno de mención?

Porque ese es el tipo de discurso que los políticos se acostumbraron a vendernos. Porque esa es la forma en que tratan de domesticar las opiniones y los criterios. Porque nos hacen tragarnos cualquier frase y luego terminamos votando por ellos, aunque esté de sobra comprobado que no son personas idóneas para los cargos con los que ya no sólo llegan a enriquecerse, sino a hacer estragos.

Pensá en eso. Ya no importa mucho si un político roba, ahora importa que en el período que esté en el poder no haga mucho daño a la población a la que se supone que sirve. ¿Es eso normal? No, pero terminamos por aceptar las cosas. Nos comemos los discursos sazonados con un poco de sal y la insistencia de querer creer en las buenas intenciones.

Adaptémonos a convivir por un tiempo de cierta forma, pero no compremos discursos.

No porque suene bonito es válido y no porque suene lógico, es necesariamente lógico.

La palabra normal tiene varias acepciones. Una es que es general y mayoritario y que por tanto ya no causa asombro. La otra es que algo sea lógico.

No es normal que los sistemas de salud de los países colapsen con la facilidad y prontitud que muchos de nuestros sistemas lo han hecho.

Claro, ya no causa asombro, pero no es lógico.

No era lógico que a papá le pegaran de aquella manera y sí debió causar asombro en las personas de aquel tiempo y en nosotros que nos abandonamos a las risas.

No caminemos, pues, con los ojos cerrados hacia una mal llamada nueva normalidad.

¡Por favor, que alguien me encierre!

¡Por favor, quitáme el Play! Fue la súplica de mi hijo, cuando se vio incapaz de renunciar a él por sí solo. Un par de días antes habíamos tenido una charla, donde yo le insistía en que sus decisiones no podían tener como eje central su gusto por los videojuegos y que los mismos no deberían comprometer su rendimiento académico.

Me negué. Le dije que parte de su crecimiento como persona era aprender a controlar aquello que puede ser controlable. Que sus decisiones deben estar en función de lo importante y no solo de lo que gusta. De lo que le aporta valor y no solo de lo que le entretiene. Y que esas valoraciones debían venir de él. También le dije que aprender a perseguir lo que le interesa es parte de su crecimiento como persona.


Hoy que el miedo ronda por la calle y la incertidumbre carcome hasta nuestros más mediatos planes, las demandas son muchas, sobre todo ahora que gracias a las redes sociales todos tenemos una opinión y todos sabemos cómo lidiar con una pandemia.

Uno de los clamores que más han llamado mi atención es aquel que demanda al gobierno el encierro obligatorio, el estar atrapados en nuestra casa a modo de cárcel, cómoda en algunos casos y poco en muchos otros.

¿La justificación? Que los seres humanos por nosotros mismos no obedecemos, que tiene que existir una pena, un castigo, una amenaza, una fuerza superior que delimite nuestro rango de acción.

Para quienes pregonamos la libertad esto supone un interesante dilema, pues sostenemos que es el individuo quien conoce lo que más le conviene, o quien, sabiendo lo que hace, decide igual actuar en su contra. Por eso es que la venta de cigarros sigue siendo un gran negocio.

No deberíamos estar encerrados porque nos lo ordenan, ni porque corremos el riesgo de ser castigados. Lo deberíamos hacer por el sentido común. Deberíamos hacerlo porque deseamos nuestro bienestar.

No, pregonará alguien, porque el problema no es la persona y su decisión de correr el riesgo de morir ella misma, el problema es que pone en riesgo a otros.

No, dire yo, porque si en la calle hay un descuidado que pone a otros en riesgo, igual no me contagia si yo no estoy afuera, si yo no busco aglomeraciones o si hago por protegerme.

Pero qué pasa con los mayores, podrían preguntar. Lo mismo, el ser mayores no les obliga, por ejemplo, a recibir la visita de cualquiera, ni siquiera de hijos o nietos. Serán sus propias decisiones las que les pongan en riesgo.

Así pues debería de ser yo quien decida cuánto riesgo quiero correr, cuánto tiempo deseo trabajar y cuánto tiempo quiero estar encerrado. Por norma general, yo sé más de lo que me conviene que un montón de burócratas que tienden a pensar más en ellos mismos.

En mi país los supermercados han decidido no dejar entrar a nadie si no se tiene una mascarilla puesta. Esto supone dos cosas, primero que no puedo protestar, son sus negocios y sus reglas y yo las cumplo o no compro con ellos. En realidad no están obligados a venderme, porque son libres.

Lo segundo es que conseguir una mascarilla se hace cada vez más difícil y más caro. Supongo que eso será así hasta que no hayan más mascarillas y los supermercados se den cuenta que están dejando de vender.

Ellos, al poner sus reglas, actúan con libertad y hacen uso de su sentido común. Una persona al ir a comprar con ellos, actúa con libertad y de acuerdo a lo que su sentido común le dicta, quizá que conseguir víveres vale el riesgo de contagio.

La libertad bien entendida no es un tema de caprichos, ni de lo que cada quien considera justo, es de eso, de libertad de acción de todas las partes.


Los radicalismos tienden a ser nocivos. Ejemplos sobran.

Así pues, soy capaz de entender que el hecho de que el gobierno encierre beneficia a aquel empleado que, urgido del ingreso, se ve en la necesidad de ir a trabajar aunque lo que quisiera fuera encerrarse.

Claro que, a no ser que sea una cuarentena total, el riesgo siempre está. Renunciar es una opción, pero no muchos están dispuestos a ello.

La vida no es un paseo alado alrededor de un arcoíris. Nunca lo fue y nunca lo será.

Veremos mucho drama e injusticia en esta crisis.

Sin embargo quiero ir un paso más allá.

Si es decisión propia correr el riesgo a enfermar, tal persona no debería llegar a ocupar la cama y el respirador de una que deseaba protegerse.

Que todos pagamos la salud pública con nuestros impuestos es un hecho, pero eso no da derecho a malgastar los recursos, menos en una emergencia y menos a costa de la vida de otro que quizá cometió el error de enfermar después, pero que estaba uniendo esfuerzos para que todos salgamos adelante.

La libertad es un bien preciado, pero tiene su costo y, como en todo, las decisiones que se tomen dentro de ella, debiesen tener consecuencias justas y a medida de los hechos.


A mi hijo el PlaySation le ha costado puntos y notas en el colegio. Es algo que ha ido dejando atrás y de lo que, sin duda, saldrá adelante, sobre todo porque sospecho que nunca más me pedirá que le quite algo con lo que piense que no puede lidiar.

La libertad y el encierro, en cambio, se mueve entre vidas y comida. Cosas harto más delicadas.

Mal harías, si no quieres enfermar, en no encerrarte porque el gobierno no te manda a hacerlo.

Por mi parte sueño con un mundo en donde el individuo se dirija a sí mismo y en donde su futuro no dependa de un gobierno, pero también sueño con uno en donde la irresponsabilidad y la estupidez, tengan un precio si se afecta a terceros.

El ejercicio de la intelectualidad

Hace aproximadamente seis años, decidí que era momento de hacer ejercicio. No lo hice por salud, tampoco para mermar mi estrés, ni para entretenerme en algo. Lo hice por vanidad, que siempre ha sido uno de los motivadores que más logros consigue en el ser humano.

Coincidirán conmigo en que sería una cosa rara querer verse uno mejor y no ser visto, pero es lo que la gente pareciera esperar. Aplauden la decisión, pero verán mal la exposición.

En general van a criticar el esfuerzo que se realice, el tiempo dedicado a hacer ejercicio, esos temas de conversación que por naturaleza girarán en torno al trabajo físico y a la alimentación y por sobre todo criticarán la exposición en redes sociales, ya porque “ese de qué se las lleva”, porque “ni que estuviera en forma” o porque “sepan que se puede ir al gimnasio sin publicar fotos”.

La influencia social procura no solo decirte lo que tienes que hacer, sino la forma en que debes hacerlo.

De forma usual la crítica, ya de frente o por importantes e intelectuales opiniones arrojadas a las masas, vendrán de quienes portan el estandarte de que no es el físico lo que importa, sino lo que está en el cerebro, amén de las personas que critican porque se despreocupan de su físico y compensan frustraciones propias con hacer sentir mal a quien sí lo hace, porque “el físico no da valor a una persona”.

Ahora bien, hablemos de la intelectualidad.

¿Qué es?

Es la capacidad humana de comprender, razonar y entender.

Es una capacidad que todos tenemos en distinta medida y que algunos se preocupan en desarrollar.

Vendría siendo como la capacidad física que todos poseemos, cada quien en su medida, misma que algunos se preocupan por desarrollar… ¿Ven la similitud?

¿De qué sirve ser intelectual?

De nada.

En términos generales no aprovecha y sería mucho más provechoso ser especialista en determinado campo, el que se encarga de la generación de riqueza propia. El que tiene como fin sostener el propio estilo de vida y el de la familia o allegados. Vamos, el que da dinero.

De qué sirve a un ingeniero en sistemas o a un mercadólogo saber por qué se dio la guerra de Vietnam, explicar lo que la motivó y la influencia de tal o cual país en ella, o de qué le sirve saber cuánta distancia hay de la luna a la tierra y cómo su influencia gravitacional es imposible que altere el cerebro humano. De nada. En función de su día a día, no sirve para nada.

Hemos creado, eso sí, profesiones donde sí importa sin importar, porque tampoco es necesario que un presidente sepa en qué continente está Uganda (esa está fácil) o cuál es la población de Brasil, pero esperamos que su cultura general sea amplia. ¿Es mejor un presidente que sabe cuánta gente hay en Brasil? No, pero nos gustaría que supiera, como nos gustaría que supieran mucho y sobre todo, presentadores, deportistas y cualquiera que intente tener un nombre en Internet.

(Curiosamente los deportistas profesionales sí encaminan todo su esfuerzo físico hacia aquello que les beneficia en su profesión. Ellos no ejercitan por ejercitar).

Ahora bien, si aunque no haya una ganancia real, igual se apetece ser intelectual ¿qué sentido tiene serlo si uno se guarda el conocimiento para sí mismo? ¿si no se pretende, con el uso del análisis, el conocimiento, la razón y el pregonar de ideas, influenciar en otros?

Ninguno. Sería un sinsentido y de hecho al tal lo tacharíamos de egoísta.

Los intelectuales hoy día escasean, quizá porque abundan los que solo son capaces de influenciar en dos o tres personas, con suerte, y los que no son capaces de explicar su gusto por la intelectualidad.

Además son incapaces de reconocer que son intelectuales por el gusto de serlo, que lo son porque les produce placer mostrarse inteligentes, porque sienten bien que otros los lean o escuchen, niegan que siente el deleite de saber de temas y les encanta ejercitarse en ello, aprendiendo más y más de cuanto pueden para luego compartirlo. En efecto, como a los que hacen ejercicio, que lo hacen por el gusto, por ser vistos, porque disfrutan el placer de presumir sus logros, por estar en el ojo ajeno.

¡Es lo mismo!

Ambas cosas dan placer, ambas cosas te van a dar pequeños beneficios aunque no vayas detrás de cada uno de ellos, con ambas cosas te vas a sentir bien con vos mismo. Ambas cosas te van a hacer una mejor persona, no por lo que vas a dar a otros, sino porque estarás sacando el máximo a tus capacidades, que están ahí sin exigirte nada, pero que, por estar, no utilizarlas sería un desperdicio.

Y sí, ambas cosas querrás mostrarlas, porque para eso se trabajan.

Ambas actividades no están peleadas ni son contrarias. Se puede ser ambas o ninguna. También se puede dedicar todo el esfuerzo a una sola de ellas y olvidarse de la otra. Pero lo que no deberíamos es exaltar más a una que a la otra.

Dejemos ya de endiosar a aquellos que leyeron más libros o que saben un poco más de un tema y se atreven a compartirlo. No son mejores personas, solo se usaron más en ese sentido.

De los que solo copian textos de otros o repiten un discurso prestado ni hablar. Con ellos solo tendríamos que ser más hábiles para identificarlos y descartarlos.

Admiremos, sí, la dedicación, la entrega y los logros de otros, en cualquier rama. Y, si nos place, imitémosles sabiendo que será algo que haremos porque sí y porque nos dará placer.

Yo, por generalidad, no confiaría en ningún intelectual que no sea capaz de aceptar que lo es porque le gusta serlo y porque le vean serlo.

Charla de madrugada

Papá se acercó sin hacer ruido, se sentó en el sillón que tenía al frente y ambos nos dispusimos a charlar. El amanecer no tardaría en aparecer.

La última vez que conversamos fue hace tres años, aunque en realidad en esa ocasión él no dijo nada. Recién había fallecido y se dedicó solo a escuchar. Me despedí de él dándole las gracias por haber sido el padre que fue, por sus enseñanzas y por su esfuerzo. Aquella fue una buena conversación colmada de recuerdos, nostalgia y minutos estancados en el tiempo.

Por el contrario, en esta ocasión se le veía fuerte. Su piel parecía haber rejuvenecido aunque no tenía brillo, estaba más bien opaca. Su mirar no era aquel ver cálido de antaño, que invitaba a bajar la guardia. Era una mirada como extraviada.

Inició la plática sin formalismos, como hicimos siempre:

— Vine porque estoy seguro de que hallarás interesante lo que pasa después de la muerte.

— ¿Para quién podría no ser interesante? — le cuestioné.

— A la mayoría de las personas no les interesa más que sus propias versiones de lo que pasa — respondió, y comenzó a hablar mientras yo me ponía en posición de atento — Lo peor que le puede pasar a un individuo es afanarse por su legado. La post vida, a la que no sé de qué otra forma llamar, se cobra caro la altanería de querer trascender la muerte.

Por supuesto no entendí nada, pero no quise interrumpir. Él continuó:

— Estoy en un lugar acompañado de muchísimos otros que no pueden irse de ese sitio o que son incapaces, como yo, de terminar de morir. No lo tengo del todo claro, pero resulta ser que se sigue ahí mientras se es recordado de este lado.

— ¿De qué lado?

— Este. Del tuyo. El de la humanidad. El de la vida.

— Como en la película animada.

— Igual, pero a diferencia de aquella, uno no quiere estar.

— ¿Por qué?

— Porque no se siente bien, no hay placer, no hay nada que haga sentir bien. Es como si al llegar a uno le apagaran los sentires y las ilusiones. Solo hay pesadez, aburrimiento, desdén por todo, así que en general uno lo que quisiera es no estar. Se equivocaron los estoicos. Uno lo que quiere es dejar de ser. Acaso humanidad es ese chispazo de deseo e ilusión que hace a los seres humanos perseverar para alcanzar algo que ninguno tiene realmente claro. La gente vive como para lograr algo, aunque no tenga nada por lograr. Sí, apuesto que a uno lo que se le muere es la humanidad.

— Lo del castigo eterno, entonces, no era mentira.

— No es eterno, constantemente desaparecen muchos. Como te digo, pasa cuando ya nadie les recuerda.

— Eso tomará una o dos generaciones ¿no?

— No si sos Hitler, Stalin o Churchill. No si sos Borges, a quien dicho sea de paso, es curioso verlo callado. La imagen que tuve siempre de él es que siempre tenía algo que decir sobre todo.

— ¿Has conversado con Borges? ¿Con todos ellos? ¿Con famosos?

— A nadie le gusta hablar, la interacción es muy poca, pero sí, en ocasiones se habla de uno o de otro o alguien alza la voz porque sí.

— Hitler la ha de tener difícil — comenté.

— En efecto. Se cree que Stalin se irá primero. Irónico ¿no?

— Curioso al menos.

Guardamos silencio. Yo intentaba hacerme una idea realista de aquello que papá contaba. Al final él rompió la pausa:

— ¿Qué estás pensando?

— En quién será aquel que está peor en su condena.

— ¿Quién creés que sea?

— Jesús. Eso, si acaso existió.

— Existió, pero puesto que está ahí con el resto de nosotros, resultó ser solo un mortal más.

— Solo un mortal ¡Lo sabía! — dije, sin tener claro qué quise expresar.

— Un mortal al que hicieron dios. Cuentan que alguna vez confesó que se creyó todo eso de ser dios mismo, por eso aceptó de buena gana el castigo y las humillaciones, para luego dejarse matar. Sin duda lo tiene complicado. Mientras exista cristianismo no podrá salir de todo esto.

— Ha de ser el más desdichado de todos.

— No, hay alguien que está peor.

— ¿Cómo? ¿Alguien trascendió más que aquel sobre el que se fundaron religiones, mitos, leyendas y por quien se han aniquilado vidas?

— Varios, de hecho.

Era mucho para procesar. Yo quería sacarle toda la información que pudiera, pero solo dejé que me contara:

— ¿Y de quién hablás? — le cuestioné.

— De uno al que llaman Adán.

— ¿Qué Adán? ¿¡El de la Biblia!? — pregunté sorprendido e intrigado.

— No sé si es el de la Biblia, pero dicen que fue el primer hombre y que nunca ha contado cómo apareció en la tierra.

— ¿Lo has visto?

— Lo vi una vez. Si el cansancio tiene ojos, son aquellos. La desdicha está dibujada en su rostro. Pareciera que sobre sus hombros carga el peso de la rabia. No sé bien si se puede estar enojado, pero esa impresión da.

— Como famoso es famoso — comenté.

— Claro, todos en algún momento de la existencia pensaremos en aquel que fue el primero. El desdichado carga con la tortura del recuerdo eterno, o más bien del recuerdo innato. De la pesadez de la inquietud y la curiosidad. Ningún ser humano escapa a la duda sobre el origen de todo cuanto ve.

— Pero… la evolución… el creacionismo. Ahí está la respuesta a todo. ¿Fuimos creados entonces?

— ¡Qué va! Seguiremos con la duda. Pensá que en todo caso tendríamos solo la versión de Adán, a la cual tendríamos que creer sin miramiento, y que él hablaría solo de aquello que haya podido ver o creer que vio. Que yo sepa no mencionó nunca a un dios o a una creación, solo ha dicho que fue el primero. Después de todo alguien tuvo que serlo ¿no?

— Cierto.

— En fin. Creí que te gustaría saber de todo esto.

— Por supuesto, y tengo más preguntas.

— Y yo no muchas ganas de contestar.

— Vamos, solo decíme…

— Te diré esto: la esperanza de aquel lugar es que la humanidad se extinga. Si no están ustedes no estamos nosotros y la nada reinaría.

— Y en cambio acá nos aferramos tanto a existir para siempre.

— Ya no recuerdo cómo era esa sensación, la de sentirnos protagonistas tan importantes en la historia de la humanidad. Creímos en trascender, en hacer algo para los tiempos de los tiempos. En cambiar el rumbo de todo aquello con lo que no estábamos de acuerdo.

Papá quedo como con la vista hacia arriba, totalmente perdida. Yo esperé.

— En fin, debo irme — dijo, volviendo a la conversación.

— ¿Te volveré a ver?

— Lo dudo. Creo que cada vez encontraré menos sentido a las cosas. No querré nada y me esconderé en el sinsabor de una existencia sin un porqué y sin un hasta cuándo.

Me dolieron sus palabras, no por la idea de no volver a verle, sino por lo trágico de su desdicha.

— Sabés que si yo pudiera te olvidaría ¿cierto? Pero me es imposible. Tantos recuerdos, tantos momentos, tant…

— Lo sé — me interrumpió — lo sé.

Se puso de pie y caminó con paso firme hacia la salida de la sala de estar. Se perdió en la obscuridad, creo que ahora sí para siempre.

Veinticinco

A Ernesto se le podía encontrar en dos lugares. En una mesa de madera rústica sobre la cual descansaba una vieja máquina de escribir, en la que se pasaba las horas creando historias, o parado junto a la ventana, desde donde veía el mundo de fuera, ese al que quería conquistar con sus letras, pero del que huía y renegaba.

La casa era una pequeña, abandonada y pobre construcción de dos ambientes, que apenas daba para su cama, la mesa donde escribía y comía y algunas cosas que hacían las veces de cocina. Según Ernesto, que ya ronda los 59 años, no necesita más.

Fue a los veinte años, la edad de la ilusión, en la que decidió que se dedicaría a las letras. Luego de muchos intentos terminó un manuscrito y lo envió a varias editoriales. Ninguna decidió publicarle y solo una tuvo la gentileza de escribir y enviarle su rechazo.

La carta corta, amable y de buen gusto, le invitaba a seguir trabajando y mejorando, tras notificarle que no le consideraban listo para convertirse en autor.

El rechazo le destrozó, sobre todo porque a esa edad las cosas siempre duelen más.

Su hermana, siete años mayor, era quien se hacía cargo de él, luego de que el padre de familia les abandonara y desapareciera y la madre muriera sobre la cama de un quirófano.

Fue como a las dos semanas, cansada de verle sufrir, que le sentó y hablaron con seriedad de la escritura y de lo que implicaba dedicarse a ella.

Aquello se convirtió en un toma y daca interesante, en donde ambas partes estaban convencidas de tener la razón, pero a la vez querían condescender con el otro. Marián entendía la ilusión y el deseo de su hermano, pero le preocupaba su futuro, en especial el financiero. Ernesto, por su lado, quería dedicarse a aquello que tanto amaba, pero no quería ser una carga para su hermana.

— Tengo una idea — dijo finalmente Ernesto— Que sean los rechazos editoriales los que determinen mi futuro.

— ¿A qué te refieres?

— Has visto la carta que he recibido de la editorial.

— La del rechazo, sí.

— Pues que sean veinticinco.

— ¿Veinticinco qué?

— Veinticinco rechazos. Si no me han publicado, en el momento en que reciba mi carta de rechazo número veinticinco, abandono la escritura y me dedico a trabajar en lo que sea, para ayudarte al menos con mis gastos, hasta que pueda vivir por mi cuenta.

Marián sonrió.

— Lo digo en serio. Creo que es justo — insistió Ernesto.

— De acuerdo, pero… ¿veinticinco? Es mucho.

— Es lo justo. Por cada intento que realice puedo recibir entre una y cinco cartas. Podría terminar mi carrera casi al comenzarla.

— Está bien, pero… tienes que prometer que no lo dejarás de intentar.

— ¡Lo prometo! Y tú promete que serás leal a tu palabra.

— Veinticinco ¡Lo prometo!

Así quedó sellado su futuro.

Los años pasaron y la producción de Ernesto era inmensa, pero las cartas de rechazo aparecían muy poco. Atrás habían quedado los tiempos en que, con alarde de buenos modales, las editoriales se daban a la tarea de opinar y comentar sobre los trabajos que no estaban dispuestos a publicar.

Marián, que había seguido un camino más tradicional en su vida, ya contaba con esposo e hijos y se vio obligada a buscar un lugar para Ernesto, luego de que su esposo le diera un ultimátum, cuando el escritor cumplió los treinta.

Tras unas semanas de búsqueda, consiguió en alquiler la vivienda sencilla de dos ambientes, que fue lo que le alcanzó a pagar.

Desde entonces ella llega todos los viernes a visitar a Ernesto, a quien suele encontrar en la mesa, escribiendo, sin importar la hora a la que llegue. Le lleva víveres, productos de higiene, hojas en blanco y suministros para su máquina de escribir. Ordena un poco la cocina, que nunca está tan mal y le prepara una buena comida a su hermano. La única buena comida que tiene a la semana. Ernesto es muy práctico y solo piensa en escribir, para él lo de comer y dormir es más bien una pérdida de tiempo.

En cada visita conversan, sobre todo, de lo que Ernesto ha escrito, del papel de las editoriales y de la esperanza que tiene en el nuevo trabajo que está desarrollando. Cuando éste trata de tocar el tema de lo injusto que ha sido todo para Marián, ella la interrumpe y le dice que un trato es un trato y cambia la conversación.

De tanto en tanto Ernesto le entrega un sobre con un manuscrito dentro y con la dirección de su casa muy clara, por si la editorial decide escribirle un rechazo. Marián se lo lleva y se encarga de enviarla a las editoriales.

Hace siete años Ernesto, con lágrimas en los ojos, le mostró una carta de rechazo que llegó de una pequeña editorial que apenas tiene publicaciones. Con decoro le decían que no tenía el talento necesario para ser tomado en cuenta. Al escritor no le dolieron las palabras, sino el hecho de que aquella fuera la carta número veinticuatro que recibía. Esa misma tarde, sin poder evitar que le temblaran las manos, ni borrar la cara de miedo, entregó otro manuscrito a su hermana. Quizá es el rechazo veinticinco, le dijo, intentando una broma que a ninguno hizo reír.

Marián, como siempre, lavó los platos y cuando terminaron de compartir un café, se puso de pie y se despidió de su hermano, por quien sentía tanto amor como pena.

Contrario a lo que hacía siempre, quizá movido por la tristeza o el miedo, se dirigió a la ventana y vio a su hermana alejarse. Sobre la banqueta de la calle contraria vio cómo su hermana, pensando que no era observada, arrojaba el sobre con el manuscrito a la basura.

A Ernesto se le derrumbó el mundo pequeño que tenía para sí, al ver cómo su hermana se rendía con él. Tras la tristeza vino el desconsuelo y luego la ira. Fueron días duros, pero para la siguiente visita había comprendido que lo que Marián procuraba era mantener viva la ilusión de su hermano para siempre.

Desde entonces ambos mantienen la misma rutina y conversan sobre la falta de ética de las editoriales, de no poder mandar una carta de rechazo, que mucho trabajo no ha de dar.

Ernesto no ha dejado de escribir. Sigue creando historias, cuentos y novelas que ahora guarda para sí. En el sobre que entrega mete cualquier escrito viejo, hojas con palabras escritas porque sí y sin sentido o incluso hojas en blanco.

El escritor, a pesar de entender la buena intención de su hermana, sigue muriendo un poco más, cada que se asoma a la ventana y ve a Marián arrojar el nuevo sobre, siempre en el mismo bote de basura.