La casa del abuelo

No tengo muchos recuerdos de él porque le gustaba vivir aislado. Según la abuela no siempre fue así, pero el abuelo, decía ella, se metió en unas cosas raras, convencido por sus lecturas, y se fue apartando de todos o más bien logró hacer que todos se fueran apartando de él.

Falleció la abuela, papá nunca quiso saber más de él y lo mismo con mis tíos y primos. Al abuelo le quedé yo porque soy curioso y siempre quise saber en qué andaba y entender su comportamiento.

La vida y las obligaciones que esta impone me alejaron bastante de él, pero me mantuve a cierta distancia. En los últimos años le he visto cada uno o dos meses, por un par de horas, que es lo que considero que un solitario entiende como su espacio. Además, digo ver porque hablar, hablábamos poco, casi solo de la noticia del día.

Su paso aún era firme, pero su mirada era una mezcla entre cansancio y ausencia. Mantenía el porte altivo, pienso que porque se obligaba a ver hacia arriba como si estuviese en la búsqueda de algo, a lo mejor de una salida.

Quiero creer que no le molestaba mi presencia, pero sospecho que me dio copia de las llaves de su casa y me dejaba entrar sin llamar a la puerta para que lo encontrase en caso de que muriera ahí, amarrado a su soledad.

Hace dos años el abuelo desapareció. Lo reporté a las autoridades y se lo mencioné a algunos familiares, pero nadie hizo mucho por encontrarle. Para el mundo era como si el abuelo hubiese dejado de existir hacía mucho.

En su casa no había indicios de que se hubiese marchado a voluntad, más allá de que todo estaba bien ordenado. En esa casa no había un objeto fuera de lugar, una prenda de ropa por lavar o algo que diese la sensación de abandono.

Yo seguí yendo a hacer las visitas de siempre, quizá movido por la costumbre, hasta que me llegó a agradar la sensación de soledad. Me gustaba ese momento para mí, rodeado de todo aquello tan ordenado, tan quedo, tan ajeno. Limpiaba un poco y hurgaba entre sus posesiones. Casi siempre tomaba libros que no leía, fotografías que poco me revelaban y cuadernos de notas de los que entendía poco más allá de frases cargadas de angustia y su deseo de escapar de esta vida, acaso por lo que él entendería como un camino espiritual.

No encontré un solo indicio de que el suicidio le pasase por la cabeza.

Hace unos meses encontré una extraña foto cuya imagen me pareció conocida. Era un pedazo de pared que se me hacía muy familiar. No tardé mucho tiempo en dar con el porqué de la familiaridad. Era de la misma casa del abuelo. La foto era como si estuviera tomada desde el ángulo de una cámara de vigilancia, en tono sepia.

Llamó mi atención por ser una foto que aportaba tan poco. La dejé sobre la mesa de centro de la sala de estar antes de marcharme.

Para la siguiente visita tomé de nuevo la foto en mis manos, pero la imagen había cambiado, ahora tomaba la imagen de uno de los pasillos. Era la misma foto, o al menos eso parecía. Fue hasta entonces que me percaté de que tenía una fecha posterior a la desaparición del abuelo.

Un error al fecharla y una mala jugada de mi mente fue la única conclusión a la que pude llegar, o la que quise creer, pues nadie más, según yo, tenía llave de aquel lugar. Creo que incluso nadie más lo conocía.

Anoté mi nombre en la parte posterior de la fotografía y la volví a dejar sobre la misma mesa, “por si acaso”.

Sé que no les será difícil deducir lo que pasó al día siguiente, porque mi intriga me obligó a llegar tan pronto como pude.

La fotografía en sepia estaba distinta y mi nombre seguía en ella.

Esa noche, aprovechando que era viernes, decidí quedarme en la casa del abuelo a dormir, con la foto a mi lado. Al amanecer había cambiado.

Días después me di cuenta de que la fotografía solo cambiaba si estaba en esa casa, luego de que la llevara conmigo para no tener que estar yendo cada poco a aquel inmueble.

Sé que pueden deducir cómo aquel objeto extraño se apoderó de mis pensamientos y de mis horas. Y sé que sabrán comprender que a las intrigas se las guarda por un tiempo, no se habla de ellas al instante ni con cualquiera, así que guardé todo aquello para mí.

Dediqué los días a buscar entre sus libros y sus notas tratando de encontrar entre todas sus rarezas alguna explicación. Aprovechaba cada oportunidad que tenía para ir ahí.

Todo aquello me abrumó hasta la semana pasada.

El martes pasado alcancé a ver una parte del abuelo en la fotografía, estaba de espaldas.

El miércoles pude completar su rostro por completo. Era una imagen del comedor. Él iba caminando, erguido como siempre, pero con el rostro taciturno.

Al día siguiente no estuvo, sin embargo el viernes estaba sentado en el sofá de la mesa de estar, viendo una fotografía. No estoy seguro, pero creo que alcancé a ver mi nombre escrito en ella.

Apareció después en otra habitación. Su rostro no es el de siempre. Yo le veo cansado, cargado, quizá harto. No logro estar seguro.

Unos días aparece, otros no. No siempre veo su rostro. Cuando lo logro me genera angustia. Un deseo desesperante por ayudarle.

La fotografía que hoy tengo en mis manos tiene el rostro de mi abuelo viendo directo a la cámara — o lo que sea que toma la imagen — . Yo lo veo mal. Quisiera poder hacer algo por él.

No obstante, sé que la soledad era lo que pregonaba, que estar aislado de todo era su más grande anhelo y que por todo esto fue por lo que tanto trabajó. No sé si necesita ayuda o alcanzó lo que tanto quería.

Llevo horas sin soltar la fotografía, no quiero que cambie.

No sé si debo romperla y quizá acabar con su sufrimiento o si debo olvidarme de todo esto y dejarle disfrutar su éxito.

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