Hablemos de libertad

Mi proceso de conversión al ateísmo no fue fácil. Nacido en una familia protestante, fui inculcado con la doctrina de aquella religión desde muy pequeño. De niño acepté varias veces a “Jesús como mi salvador” por el miedo a no haberlo hecho bien las veces anteriores y terminar lanzado a un lago de fuego en el que ardería por la eternidad. Me bauticé en agua a los siete años a petición mía, pues nacer de nuevo era casi lo único que me importaba en aquel entonces.

Cuento esto porque no es que me haya peleado con dios por alguna mala experiencia que tuve, ni ando en fase de rebeldía. Lo cuento para sentar base de que no hablo desde el desconocimiento ni desde la ignorancia. He tenido que consumir mucho para ir de un lado al otro de mis creencias y de mi filosofía de vida.

Visto lo visto, oído lo oído y vivido lo vivido, como ateo, basado en mis creencias, puedo detestar a curas y pastores —por mencionar las dos grandes religiones de nuestra área—, porque considero que abusan de la necesidad de creer de la gente, de su deseo de tener respuestas a toda costa y sí, de su inocencia, en aras de controlar masas y sacar provecho económico.

La libertad que poseo como ser humano me da el derecho de creer que es así, como a un creyente le da el derecho de creer en una deidad, sin que pueda mostrar evidencia de que exista.

La garantía de la libertad debe sostener que no porque yo deteste a los dirigentes religiosos soy propenso a hacerles daño físico, convirtiéndome en criminal. A la sazón, una idea o una creencia no convierte a un individuo en un transgresor de la ley y por ende el tal solo puede ser sujeto de juicio ético o moral, son las acciones las que hacen a la persona merecedora o no de juicio jurídico.

Yo por mi parte tendría que entender que mi ateísmo me hace propenso a ganarme el desprecio y hasta el odio de un creyente, sentimiento que no los convierte en criminales. Están juzgando mis ideas y creencias de forma moral.

La libertad nos otorga a todos el derecho a creer y a estar totalmente convencidos de que quien no piensa como uno se equivoca.

Pasa que nuestras sociedades han evolucionado de forma errada y hasta lamentable, llevándonos a un punto en donde la aceptación por parte de todos se convirtió en una necesidad básica.

El nivel de miedo al desprecio y al odio ha alcanzado niveles insufribles, porque estamos convencidos que el odio es malo y de que quien odia es malo y vivimos más con miedo que permitiéndonos odiar. Estos niveles llevan a la gente a demandar aceptación, a demandar formas de ser tratados, a demandar respeto por sus propias creencias sin importar las del otro, a demandar leyes que les protejan en total oposición a quien no cree como ellos.

Hoy día las personas tienen la necesidad de obligar al otro a aceptarles como son, preocupándose más del punto de vista del otro y a cambiarlo a toda costa si no le parece adecuado, en lugar de aprender a vivir su vida despreocupado del qué dirán ajeno.

No hablo, claro, de situaciones donde la violencia y el daño físico esté presente. Esos absurdos tienen que ver con la estupidez del ser humano y no con la libertad.

La libertad debería ser aplicada a todos, sin importar mayorías ni fuerzas, y debe darnos el derecho a estar equivocados. La libertad da derecho a creer tonteras como verdades, a aceptar como hechos reales cualquier ilusión. Es decir, la libertad da derecho a cualquiera a ser un tonto, juzgado moralmente desde cualquier punto de vista contrario.

De oídas supe que en la iglesia a la que asistí, una muchacha estaba hablando con el pastor porque un pretendiente que ella tenía, a quien no pensaba hacer caso, le dijo que había recibido en sueños divinos la instrucción de que ambos deberían casarse. Ella, confundida, no quería al soñador, pero tampoco se podría permitir desobedecer la voluntad de su dios. ¡Vaya dilema!

Nunca supe el final de la historia, pero, abuso o no, ella tiene derecho a creer que todo aquello era un dilema que su dios le ponía de frente como prueba de fe. El soñador tiene derecho a creer que aquel sueño que tuvo (si lo tuvo) era un mensaje de la divinidad en la que cree. Y el pastor, si no es de los que se dedica a engañar, tiene derecho a creer que dios ponía en sus manos un asunto importante que resolver, ya con su sabiduría como hacía Salomón o escuchando a su dios como cualquiera de los profetas.

La libertad a la creencia debe ser parte integral de cada uno de nosotros, como lo es el tener que asumir las consecuencias de los actos.

Si yo activamente predico en contra de las creencias de los creyentes —y tengo derecho a hacerlo como ellos a predicar que me iré al infierno por no creer—, es muy probable que me gane más y más el desprecio de quienes creen. Y yo tendré, sin más, que aceptarlo. Si bien un creyente debería despreciar mis ideas no a mi persona por sostenerlas, pero al final es libre de despreciar lo que desee.

Por mucho tiempo solía costarme escribir artículos sobre ateísmo y de crítica a las creencias. Miedo, sin duda, a poder ofender a las personas, que de hecho me ha costado más de alguna amistad. Es curioso que hoy día sienta más libertad de tratar el tema de la libertad con ejemplos y posiciones religiosas y de creencias, que tratarlo al hablar de razas, ideologías u orientaciones sexuales.

Es que piensen en lo que han leído, si con algo de lo escrito sobre la libertad están de acuerdo, por qué iba a ser distinto tener la libertad de creencia, recordemos, aunque sea una estupidez, cuando se habla de raza, ideología o de orientación sexual.

Yo tendría el derecho de predicar contra el feminismo o contra alguna raza, porque al final son solo ideas. Pero la gente quiere ganar la batalla de las ideas creando individuos carentes de individualidad, logrando que todos pensemos de una única manera.

Hablemos de libertad:

¿Hasta donde llega la libertad de creencia y cuánto hay que someterla debajo de los buenos modos o de las prédicas de moda?

No existe una nueva normalidad

Contaba mi padre, mientras nosotros disfrutábamos a las risas, que cuando era chico y hacía algo malo, mi abuelo lo llevaba a su cuarto y le daba no dos ni tres chicotazos, sino muchos, mientras le hablaba a los gritos para que no volviera a cometer la falta por la que le castigaba. Cuando lo consideraba suficiente le decía, siempre gritando, que fuera a barrer la casa. Cuando papá, con miedo, hacía por salir del cuarto para ir a barrer, mi abuelo por alguna extraña razón, consideraba que aquel lo que intentaba era huir. Le tomaba del brazo, lo jalaba hacia sí y le gritaba un “¿¡Para dónde cree que va!?” Que solo era la antesala de una nueva tanda de chicotazos. Eso, según papá, se repetía varias veces hasta que el abuelo, ya cansado, lo dejaba ir a barrer.

Papá lo contaba con humor y todos, a pesar de lo trágico, nos reíamos del infortunio que tenía que vivir durante su infancia.

Según mi padre nunca hubo abuso, lo que existió fue deseo de corregirle, porque así se corregía entonces.

Hoy día las cosas no son como antes. Muchos verían en aquel comportamiento abuso y maltrato infantil. Muchos sostendrían que no es manera de educar, que la violencia es innecesaria y que lo único que se logra con ella es hacer daño en los niños, daño que puede acompañarle por siempre.

La norma de entonces era otra. La norma de hoy día nos impide a muchos siquiera pensar en los métodos correctivos que se empleaba con los hijos.

Traigo a colación la historia de papá porque se me hace jocosa, pero en realidad podría haber utilizado muchos ejemplos más graves y conocidos, para demostrar que la norma no convierte a algo en normal.

La mutilación genital femenina, la esclavitud, la trata de personas, el matrimonio infantil, por mencionar unos pocos, son ejemplos claros que las costumbres y normas no pueden ni deben llegar a ser consideradas como normales.

El discurso de la nueva normalidad no es sino una forma de los gobiernos de vender un remedio que es agua azucarada.

No es normal que no tengamos libertad de salir de casa. No es normal que tengamos que andar con los rostros tapados. No es normal que sean los gobiernos quienes dispongan qué lugares abren y cuáles no y en qué horarios deben hacerlo.

No estamos en camino a una nueva normalidad porque estemos obligados a hacer trabajo desde casa. No estamos en camino a una nueva normalidad porque no podamos visitar a las personas con las que deseamos compartir.

Lo único que estamos haciendo, ya porque acatemos las normas o no, es adaptándonos a una forma de convivir que, todos tenemos la esperanza, sea solo temporal.

¿Por qué me parece que es un tema digno de mención?

Porque ese es el tipo de discurso que los políticos se acostumbraron a vendernos. Porque esa es la forma en que tratan de domesticar las opiniones y los criterios. Porque nos hacen tragarnos cualquier frase y luego terminamos votando por ellos, aunque esté de sobra comprobado que no son personas idóneas para los cargos con los que ya no sólo llegan a enriquecerse, sino a hacer estragos.

Pensá en eso. Ya no importa mucho si un político roba, ahora importa que en el período que esté en el poder no haga mucho daño a la población a la que se supone que sirve. ¿Es eso normal? No, pero terminamos por aceptar las cosas. Nos comemos los discursos sazonados con un poco de sal y la insistencia de querer creer en las buenas intenciones.

Adaptémonos a convivir por un tiempo de cierta forma, pero no compremos discursos.

No porque suene bonito es válido y no porque suene lógico, es necesariamente lógico.

La palabra normal tiene varias acepciones. Una es que es general y mayoritario y que por tanto ya no causa asombro. La otra es que algo sea lógico.

No es normal que los sistemas de salud de los países colapsen con la facilidad y prontitud que muchos de nuestros sistemas lo han hecho.

Claro, ya no causa asombro, pero no es lógico.

No era lógico que a papá le pegaran de aquella manera y sí debió causar asombro en las personas de aquel tiempo y en nosotros que nos abandonamos a las risas.

No caminemos, pues, con los ojos cerrados hacia una mal llamada nueva normalidad.

¡Por favor, que alguien me encierre!

¡Por favor, quitáme el Play! Fue la súplica de mi hijo, cuando se vio incapaz de renunciar a él por sí solo. Un par de días antes habíamos tenido una charla, donde yo le insistía en que sus decisiones no podían tener como eje central su gusto por los videojuegos y que los mismos no deberían comprometer su rendimiento académico.

Me negué. Le dije que parte de su crecimiento como persona era aprender a controlar aquello que puede ser controlable. Que sus decisiones deben estar en función de lo importante y no solo de lo que gusta. De lo que le aporta valor y no solo de lo que le entretiene. Y que esas valoraciones debían venir de él. También le dije que aprender a perseguir lo que le interesa es parte de su crecimiento como persona.


Hoy que el miedo ronda por la calle y la incertidumbre carcome hasta nuestros más mediatos planes, las demandas son muchas, sobre todo ahora que gracias a las redes sociales todos tenemos una opinión y todos sabemos cómo lidiar con una pandemia.

Uno de los clamores que más han llamado mi atención es aquel que demanda al gobierno el encierro obligatorio, el estar atrapados en nuestra casa a modo de cárcel, cómoda en algunos casos y poco en muchos otros.

¿La justificación? Que los seres humanos por nosotros mismos no obedecemos, que tiene que existir una pena, un castigo, una amenaza, una fuerza superior que delimite nuestro rango de acción.

Para quienes pregonamos la libertad esto supone un interesante dilema, pues sostenemos que es el individuo quien conoce lo que más le conviene, o quien, sabiendo lo que hace, decide igual actuar en su contra. Por eso es que la venta de cigarros sigue siendo un gran negocio.

No deberíamos estar encerrados porque nos lo ordenan, ni porque corremos el riesgo de ser castigados. Lo deberíamos hacer por el sentido común. Deberíamos hacerlo porque deseamos nuestro bienestar.

No, pregonará alguien, porque el problema no es la persona y su decisión de correr el riesgo de morir ella misma, el problema es que pone en riesgo a otros.

No, dire yo, porque si en la calle hay un descuidado que pone a otros en riesgo, igual no me contagia si yo no estoy afuera, si yo no busco aglomeraciones o si hago por protegerme.

Pero qué pasa con los mayores, podrían preguntar. Lo mismo, el ser mayores no les obliga, por ejemplo, a recibir la visita de cualquiera, ni siquiera de hijos o nietos. Serán sus propias decisiones las que les pongan en riesgo.

Así pues debería de ser yo quien decida cuánto riesgo quiero correr, cuánto tiempo deseo trabajar y cuánto tiempo quiero estar encerrado. Por norma general, yo sé más de lo que me conviene que un montón de burócratas que tienden a pensar más en ellos mismos.

En mi país los supermercados han decidido no dejar entrar a nadie si no se tiene una mascarilla puesta. Esto supone dos cosas, primero que no puedo protestar, son sus negocios y sus reglas y yo las cumplo o no compro con ellos. En realidad no están obligados a venderme, porque son libres.

Lo segundo es que conseguir una mascarilla se hace cada vez más difícil y más caro. Supongo que eso será así hasta que no hayan más mascarillas y los supermercados se den cuenta que están dejando de vender.

Ellos, al poner sus reglas, actúan con libertad y hacen uso de su sentido común. Una persona al ir a comprar con ellos, actúa con libertad y de acuerdo a lo que su sentido común le dicta, quizá que conseguir víveres vale el riesgo de contagio.

La libertad bien entendida no es un tema de caprichos, ni de lo que cada quien considera justo, es de eso, de libertad de acción de todas las partes.


Los radicalismos tienden a ser nocivos. Ejemplos sobran.

Así pues, soy capaz de entender que el hecho de que el gobierno encierre beneficia a aquel empleado que, urgido del ingreso, se ve en la necesidad de ir a trabajar aunque lo que quisiera fuera encerrarse.

Claro que, a no ser que sea una cuarentena total, el riesgo siempre está. Renunciar es una opción, pero no muchos están dispuestos a ello.

La vida no es un paseo alado alrededor de un arcoíris. Nunca lo fue y nunca lo será.

Veremos mucho drama e injusticia en esta crisis.

Sin embargo quiero ir un paso más allá.

Si es decisión propia correr el riesgo a enfermar, tal persona no debería llegar a ocupar la cama y el respirador de una que deseaba protegerse.

Que todos pagamos la salud pública con nuestros impuestos es un hecho, pero eso no da derecho a malgastar los recursos, menos en una emergencia y menos a costa de la vida de otro que quizá cometió el error de enfermar después, pero que estaba uniendo esfuerzos para que todos salgamos adelante.

La libertad es un bien preciado, pero tiene su costo y, como en todo, las decisiones que se tomen dentro de ella, debiesen tener consecuencias justas y a medida de los hechos.


A mi hijo el PlaySation le ha costado puntos y notas en el colegio. Es algo que ha ido dejando atrás y de lo que, sin duda, saldrá adelante, sobre todo porque sospecho que nunca más me pedirá que le quite algo con lo que piense que no puede lidiar.

La libertad y el encierro, en cambio, se mueve entre vidas y comida. Cosas harto más delicadas.

Mal harías, si no quieres enfermar, en no encerrarte porque el gobierno no te manda a hacerlo.

Por mi parte sueño con un mundo en donde el individuo se dirija a sí mismo y en donde su futuro no dependa de un gobierno, pero también sueño con uno en donde la irresponsabilidad y la estupidez, tengan un precio si se afecta a terceros.

El ejercicio de la intelectualidad

Hace aproximadamente seis años, decidí que era momento de hacer ejercicio. No lo hice por salud, tampoco para mermar mi estrés, ni para entretenerme en algo. Lo hice por vanidad, que siempre ha sido uno de los motivadores que más logros consigue en el ser humano.

Coincidirán conmigo en que sería una cosa rara querer verse uno mejor y no ser visto, pero es lo que la gente pareciera esperar. Aplauden la decisión, pero verán mal la exposición.

En general van a criticar el esfuerzo que se realice, el tiempo dedicado a hacer ejercicio, esos temas de conversación que por naturaleza girarán en torno al trabajo físico y a la alimentación y por sobre todo criticarán la exposición en redes sociales, ya porque “ese de qué se las lleva”, porque “ni que estuviera en forma” o porque “sepan que se puede ir al gimnasio sin publicar fotos”.

La influencia social procura no solo decirte lo que tienes que hacer, sino la forma en que debes hacerlo.

De forma usual la crítica, ya de frente o por importantes e intelectuales opiniones arrojadas a las masas, vendrán de quienes portan el estandarte de que no es el físico lo que importa, sino lo que está en el cerebro, amén de las personas que critican porque se despreocupan de su físico y compensan frustraciones propias con hacer sentir mal a quien sí lo hace, porque “el físico no da valor a una persona”.

Ahora bien, hablemos de la intelectualidad.

¿Qué es?

Es la capacidad humana de comprender, razonar y entender.

Es una capacidad que todos tenemos en distinta medida y que algunos se preocupan en desarrollar.

Vendría siendo como la capacidad física que todos poseemos, cada quien en su medida, misma que algunos se preocupan por desarrollar… ¿Ven la similitud?

¿De qué sirve ser intelectual?

De nada.

En términos generales no aprovecha y sería mucho más provechoso ser especialista en determinado campo, el que se encarga de la generación de riqueza propia. El que tiene como fin sostener el propio estilo de vida y el de la familia o allegados. Vamos, el que da dinero.

De qué sirve a un ingeniero en sistemas o a un mercadólogo saber por qué se dio la guerra de Vietnam, explicar lo que la motivó y la influencia de tal o cual país en ella, o de qué le sirve saber cuánta distancia hay de la luna a la tierra y cómo su influencia gravitacional es imposible que altere el cerebro humano. De nada. En función de su día a día, no sirve para nada.

Hemos creado, eso sí, profesiones donde sí importa sin importar, porque tampoco es necesario que un presidente sepa en qué continente está Uganda (esa está fácil) o cuál es la población de Brasil, pero esperamos que su cultura general sea amplia. ¿Es mejor un presidente que sabe cuánta gente hay en Brasil? No, pero nos gustaría que supiera, como nos gustaría que supieran mucho y sobre todo, presentadores, deportistas y cualquiera que intente tener un nombre en Internet.

(Curiosamente los deportistas profesionales sí encaminan todo su esfuerzo físico hacia aquello que les beneficia en su profesión. Ellos no ejercitan por ejercitar).

Ahora bien, si aunque no haya una ganancia real, igual se apetece ser intelectual ¿qué sentido tiene serlo si uno se guarda el conocimiento para sí mismo? ¿si no se pretende, con el uso del análisis, el conocimiento, la razón y el pregonar de ideas, influenciar en otros?

Ninguno. Sería un sinsentido y de hecho al tal lo tacharíamos de egoísta.

Los intelectuales hoy día escasean, quizá porque abundan los que solo son capaces de influenciar en dos o tres personas, con suerte, y los que no son capaces de explicar su gusto por la intelectualidad.

Además son incapaces de reconocer que son intelectuales por el gusto de serlo, que lo son porque les produce placer mostrarse inteligentes, porque sienten bien que otros los lean o escuchen, niegan que siente el deleite de saber de temas y les encanta ejercitarse en ello, aprendiendo más y más de cuanto pueden para luego compartirlo. En efecto, como a los que hacen ejercicio, que lo hacen por el gusto, por ser vistos, porque disfrutan el placer de presumir sus logros, por estar en el ojo ajeno.

¡Es lo mismo!

Ambas cosas dan placer, ambas cosas te van a dar pequeños beneficios aunque no vayas detrás de cada uno de ellos, con ambas cosas te vas a sentir bien con vos mismo. Ambas cosas te van a hacer una mejor persona, no por lo que vas a dar a otros, sino porque estarás sacando el máximo a tus capacidades, que están ahí sin exigirte nada, pero que, por estar, no utilizarlas sería un desperdicio.

Y sí, ambas cosas querrás mostrarlas, porque para eso se trabajan.

Ambas actividades no están peleadas ni son contrarias. Se puede ser ambas o ninguna. También se puede dedicar todo el esfuerzo a una sola de ellas y olvidarse de la otra. Pero lo que no deberíamos es exaltar más a una que a la otra.

Dejemos ya de endiosar a aquellos que leyeron más libros o que saben un poco más de un tema y se atreven a compartirlo. No son mejores personas, solo se usaron más en ese sentido.

De los que solo copian textos de otros o repiten un discurso prestado ni hablar. Con ellos solo tendríamos que ser más hábiles para identificarlos y descartarlos.

Admiremos, sí, la dedicación, la entrega y los logros de otros, en cualquier rama. Y, si nos place, imitémosles sabiendo que será algo que haremos porque sí y porque nos dará placer.

Yo, por generalidad, no confiaría en ningún intelectual que no sea capaz de aceptar que lo es porque le gusta serlo y porque le vean serlo.

¿Por qué escribo ficción y por qué creo que es importante?

La persona que más ha desalentado mi andar literario ha tenido acceso a todos mis libros, ha leído algunos de ellos y ha criticado más por suposición que porque en realidad haya hecho un esfuerzo por sumergirse en mis intenciones e ideas. Sus criticas van de decir que saber qué tengo en la cabeza, que solo yo entiendo lo que escribo, que no es necesario hacer cosas complicadas y que saber por qué dedico mi tiempo a algo tan banal como eso.

Ahora que tuvo acceso a mi última novela ya me ha dicho en dos ocasiones, sin haber leído el texto, que debería dedicarme a escribir algo para la gente, que no sea egoísta, que ayude al crecimiento de las personas, que si se tiene talento ese es el tipo de cosas a las que uno debiera dedicarse.


La ficción, más allá de sus variantes, tiene, por norma general, propósito y función, más allá de la visión simplista que suele ponerse en ella, sobre todo por quienes no se acercan a esas historias.

Aunque la discusión pudiese ser profunda, larga, extenuante y acaso docta, yo divido sus propósitos en tres:

Entretenimiento

Este es, por norma general, el propósito que todos ven: entretenerse con algo. Paisajes, mundos, personajes, circunstancias son creados para deleite y placer del lector.

He escuchado que algunos consideran que la literatura es un escapismo del mundo en el que vivimos. Me opongo rotundamente a tal aseveración. Si la ficción lo fuera, todo lo sería. Trabajar sería un escapismo, hacer deporte lo sería también, el teatro, la música, la cocina, el juego… lo sería todo aquello que fuera más allá de comer y dormir, siempre que estos últimos no fueran en exceso. Total que la vida misma sería un completo escape saber de qué, porque nada sería la vida misma. Leer no es un escape de la vida, es parte de ella, como lo es todo.

Mensaje

La ficción es una excusa para decir algo, un canal para un mensaje, un medio para expresar una idea. Los personajes, los lugares, las circunstancias son creadas porque hay algo que se desea transmitir al lector, ya sea un concepto o la acción misma de meditar en algo.

Ideas filosóficas son discutidas en la ficción. Cosas que juzgan o ponen en aprietos nuestras propias creencias o que las refuerzan.

A través de la historia imaginamos o creamos una situación para que el cerebro del lector piense, analice, reaccione y, con suerte, saque sus propias conclusiones.

Entretenimiento + Mensaje

Cuando un escritor tiene nivel se ocupa de ambos aspectos. Son estas obras que mantienen al lector entusiasmado con la historia y a la vez le están haciendo trabajar la mente, no solo por la circunstancia que los personajes viven, sino porque logran dar un mensaje, muchas veces sin que el mismo lector se de cuenta.

Estas obras no abundan.


Entre sus funciones logro identificar también tres principales:

Sentir

Una obra artística respetable se caracteriza por hacer mover los sentimientos. Una historia contada debería hacer sentir, si es arte. Y no necesariamente debe hacer sentir tristeza. Puede ser enojo, coraje, alegría, euforia y todo aquello que uno logre experimentar en el interior.

Conocer

La ficción arroja datos que aportan al saber del lector, ya porque la historia sea histórica, porque hable de lugares o personas, ya porque arroje información sobre alguna investigación, un hecho o un proceso. La ficción da conocimiento, no como lo pretenden otros libros cuyo objetivo es enseñar como tal. Es conocimiento disfrazado.

Empatía

Siempre he pregonado que la ficción ayuda a hacer mejor a las personas, esto es porque al ser empático con los personajes se analiza o medita, así sea por instantes, lo que se decidiría si se estuviera en lugar de aquel. El lector imagina lo que sentiría, lo que haría, lo que creería y considera las propias reacciones. El lector comprende o está en contra de lo que alguien en la historia hizo. Este suma y suma a su propia experiencia, infinidad de circunstancias que no le tocan vivir en el día a día.

Es aprender de los errores y aciertos de otros.


Para cualquier lector sería fácil no estar de acuerdo con mis listas y modificar o agregar sus propios elementos, después de todo cada lector se inclina más por unas cosas que por otras. Unos sienten más que otros, otros analizan más, otros se afanan por el conocimiento, en fin.

También entiendo que la literatura de ficción puede sorprender, asustar, inquietar, revelar, hace imaginar, desarrolla la creatividad y crear un sinfín de reacciones más, por eso es tan maravillosa y valiosa.

No he tratado de cubrir todos los aspectos positivos de la ficción sino los que a mí me parecen clave.


Como escritor lo tengo claro, a pesar de las críticas que pueda recibir: busco dar un mensaje y crear empatía en el lector. Luego si logro una buena historia, si hago sentir o si aporto conocimiento, son extras que estaré encantado de compartir, pero no parten como mi objetivo cuando escribo el primer párrafo.

Sostengo que todo escritor que se jacte de serlo debería partir de ahí, de tener claro su objetivo.

Quizá algún día escriba un libro que aporte; uno que no me haga ser egoísta; uno que ayude al crecimiento personal del prójimo… O quizá ya lo estoy haciendo.

El regalo de la libertad

De chico fui educado como una persona que debía evitar, a toda costa, importunar las casas de otros. Nunca supe bien por qué. Supongo que el riesgo de que rompiera algo era una preocupación constante de mis padres, so pena de tener que pagar el daño causado. Era eso o evitarse la vergüenza de que no pudiese comportarme de forma adecuada y que se tuvieran que tragar las críticas. Nunca lo tuve claro.

De casas de amigos tengo muy pocos recuerdos y casi todos vagos. A excepción de unos vecinos que tuvimos por pocos años —Lo de alquilar y cambiar de vivienda fue una constante en la familia por mucho tiempo, luego solo fue el alquilar—, a los que por una temporada visitaba todos los días para las vacaciones del colegio. Era tanto lo que compartía con ellos que hoy día, por simple matemática, deberían ser de mis mejores amigos, pero no sé nada de ellos.

Para cuando cruzaba el primer año de básico, yo debería haber tenido trece años, pero tenía, porque el sistema de estudios lo permitía entonces, once —Siempre me tocó ser el más chico de la clase, favorablemente solo de edad—. Hice amistad con Olafo, quien no se llamaba así, aquel era su apodo porque algo se parecía al personaje del famoso cómic, y no es que me refiera a él así por burla, pasa que no logro recordar su nombre, porque así de profundas eran mis amistades.

Una semana antes nos habíamos dado a los golpes, con saldo de un labio hinchado para él y un ojo morado para mí. Me explicó que fue amenazado, que si no me pegaba, unos más grandes lo hubieran molido a golpes. Seguro fue tanta la culpa que me invitó a su casa a pasar un fin de semana.

Con el “no” casi asegurado le pregunté a mi papá si podía ir casa de un amigo el fin de semana, el mismo con quien me había dado de golpes. Sonrió, y dijo que sí. Fue raro, no preguntó por la pelea ni puso trabas a la petición. Solo aceptó.

El sábado por la mañana me llevó hasta la casa de Olafo, que no estaba cerca. Cuando estaba por bajar del auto, con una amplia sonrisa imposible de disimular, me preguntó si el plan era ver revistas porno o si habíamos conseguido algunos VHS de porno para pasar viendo toda la noche.

Yo hice lo que cualquier niño de once años hubiera hecho si su papá le preguntaba tal cosa: hacer cara de incomodidad, tirando a “¡Estás loco!” y expresar un alto y sonoro ¡Nooooo!

No se rindió, me dijo que no tenía nada de qué preocuparme, que era normal y que le podía contar sin problema. Entonces le fui honesto, le dije que no sabía, que al menos a mí no me habían anticipado nada.

No agregó más, ni siquiera las recomendaciones de siempre de que me portara bien. Creo que en aquel momento me vio distinto, me vio mayor y con la edad suficiente para poder confiar en mí. Aquel día crecí ante sus ojos, y más importante, ante su percepción de mí.

El fin de semana fue un asco. Lo único que recuerdo como agradable fue que Olafo tenía el LP de Kiss y nos pasamos la tarde cantando “Baby, let’s put the X in sex. Love’s like a muscle and you make me wanna flex”. Dormimos temprano, lo que mandó al garete el plan de ver unos VHS que él tenía para la ocasión. Eran de películas de miedo. Aclaro por si están imaginando otra cosa.

Al día siguiente, apenas terminó el desayuno me dirigí a la parada de bus para regresar a casa.

 * * * * *

Entonces no lo entendí, pero mi papá me dio en aquella hora un regalo, una muestra de su afecto y amor por mí. Me estaba dando libertad. Me estaba dejando ser. Estaba aceptando lo que a mí me tocaba ser por mi edad (aunque creo que me veía de 13 y no de 11 años). Me estaba diciendo que podía tomar mis propias decisiones y considerar lo que estaba bien o mal para mí.

La libertad no es el permiso para actuar, hacer o no hacer. No es la habilitación para el accionar desmedido y sin control. La libertad, la que nos acompaña en el día a día, va más de esa sensación de saber que podemos ser. Es esa seguridad de que no se nos va a dar la espalda por ser, hacer o pensar de formas que nosotros mismos pudiésemos considerar distintas o erradas.

No tengo duda que una de las más grandes muestras de amor y afecto que pueden entregarse es la libertad. De nuevo, no el permiso, sino el brindar la tranquilidad al otro de que puede ser por sí mismo, sin riesgo a perder la relación con uno, sin importar el tipo de relación que sea.

 * * * * *

A principio de aquel mismo año, mi papá me había dicho que si ya me consideraba muy grande como para seguir saludándole de beso y quería dejar de hacerlo, estaba bien.

Acepté de inmediato.

Mi papá tenía muy claro el regalo de la libertad.

El Rey

Hay historias que trascienden los tiempos, o más bien se mantienen vivas por más tiempo del que cabría esperar, porque hemos de estar de acuerdo en que un día llegarán a su fin. Cosa que no pasará cuando la narración lo merezca, sino cuando nadie decida tomar responsabilidad por cuidar aquello que vale la pena conservar.

Pero basta de ello. No es la introducción de una historia el lugar adecuado para convencer a nadie de la importancia de leer, ni para lamentar el fatídico final de toda historia que se haya escrito, ni de las que se escribirán.

Pasa que esto sucedió hace ya muchos años, sin que nadie sepa cuántos, porque esta historia comenzó a morir hace tiempo, y sí, me disculpo porque de nuevo me he distraído con un insignificante detalle.

Ocurrió en época de castillos, ejércitos y reyes. Cuando el pueblo era pobre y los gobernantes ricos, como es ahora, pero en tiempos en donde estos segundos no tenían problema en reconocerlo.

El rey Alfredo II, que en realidad se llamaba Mardoqueo, pero sabía que nadie con ese nombre puede ejercer autoridad, se encontraba en la semana de festejo de su cumpleaños.

Poderoso como correspondía, porque tuvo en suerte heredar un ejército más grande que el de muchos otros, recibía en palacio a personajes que venían de muchos lados, con presentes que, más que procurar su favor, intentaban mover a piedad al gobernante, pues de todos eran conocidas las atrocidades que estaba cometiendo contra los tardanarios, región al sur de sus dominios que había osado revelarse a su voluntad, y nadie quería una afrenta parecida.

Para el último día de festejos llegó uno que se presentó como el príncipe de una tierra sin nombre, porque, aseguró, los primeros no la nombraron y a las siguientes generaciones les pareció un despropósito hacerlo. Le llevó de regalo una pequeña caja de madera que contenía unas zapatillas que cambiaban de color de acuerdo con el humor que el rey tendría una semana después, dijo.

Alfredo, como se le conoce al rey ahora que nadie tiene memoria de su grandeza, ardió en cólera, porque pensó que aquello era una burla.

¡Tú serás condenado a la muerte y tu pueblo vivirá y morirá en la peor de las torturas! —gritó.

El príncipe sonrió y dijo:

—No he venido a ganar tu favor ni tu ira. En cuanto a mi pueblo, jamás lograrás encontrarlo y a mí no me volverás a ver.

Dicho lo cual, se desvaneció poco a poco, ante la vista de todos, sin que ninguno de los guardias que corrió a apresarlo, lograra siquiera tocarlo.

El rey, aún maravillado, se probó aquel extraño presente. Le calzaban perfecto y al instante se pusieron color azul. Sorprendido, ordenó que tomaran nota del color y así lo hizo los siguientes días, en que las zapatillas pasaron por amarillo, rojo, naranja, verde, de nuevo azul y negro.

Una semana después de la visita del príncipe, el rey se levantó con ánimo para meditar. Pasó el día analizando cosas sobre su reino, sobre el poder, la gente y ordenó que anotaran todo.

Los resto de días estuvo contento, festivo, indiferente, maravillado por la naturaleza, de nuevo con ánimo de meditar y angustiado, hasta que terminó la semana.

Por supuesto siguió usando las zapatillas y ordenando que anotaran todo, de tal que pasados uno días logró encontrar el patrón e interpretar lo que cada color significaba.

Por ejemplo, la angustia vino porque le informaron de una batalla que se había perdido contra los tardanarios. De entre las muchas cosas que no le gustaban al rey, estaba el perder una batalla, por pequeña que fuera.

Aquella herramienta terminó por convertirse en una guía. Lograba anticiparse y si sabía que una semana después estaría contento, organizaba una fiesta para hacer del evento un momento memorable. Si anticipaba su enojo o descontento, organizaba caminatas o planificaba quedarse encerrado en su alcoba, para estallar en soledad.

Su vida terminó por girar alrededor de los colores, lo que usualmente le suponía ventajas, aunque mucho no le agradaba saber que una semana después tendría un mal día.

Pasaron alrededor de ocho meses de los de entonces, porque no sabemos bien cómo medían el tiempo en ese reino —otra parte de la historia que murió—, cuando una mañana que el rey habría de pasarla con tristeza, por la predicción de una semana anterior, se puso el calzado y caminó hacia el trono, no sin notar que las zapatillas no tomaban ningún color.

Las voces de quienes siempre le veían pasar iluminado con colores y de quienes tomaban nota de ello, eran murmullos de asombro y desconcierto.

Al llegar a su trono ordenó a sus consejeros que se acercaran y dieran sus ideas. ¿Qué pasaba con las zapatillas?

Algunos dijeron que quizá era que el hechizo que los caracterizaba era finito y que su labor había concluido, pero de todos es sabido que los hechizos son eternos. Otro sugirió que quizá aquel sería un día convulso y que las zapatillas no lograban atinar qué color mostrar, pero el argumento no cuajaba, otros contradijeron diciendo que entonces las zapatillas saltarían de un color a otro. Así siguieron esgrimiendo distintas hipótesis, cada una más absurda que la anterior, hasta que el rey les mandó a callar a todos.

—Está claro… en una semana moriré —dijo.

Los consejeros intentaron negar aquella afirmación, pero por sí mismos callaban hasta que guardaron silencio, convencidos de lo razonable de la conclusión.

—Pero su majestad —dijo uno de los escribas que siempre tomaban nota —, mañana le toca estar alegre y en los siguientes días no se ve angustia, tristeza, ni dolor. A demás en seis días le toca de nuevo el azul.

>—Lógico —dijo el rey, y se retiró a su habitación.

Al día siguiente en efecto el rey estaba contento. Compartía con todos que la carga de ser rey estaba por terminarse y que aquello no era tan placentero como todos creían. Los siguientes días fueron similares. El rey se despedía de lo que hasta ahora habían sido sus obligaciones. Ya no se vestía con esos vestidos pesados, ni guardaba las formas en cada una de sus actividades, de hecho, dejó de asistir a ellas.

Un día antes, el que correspondía al azul, se pasó meditando sobre la muerte, sobre la despedida, sobre lo que significa un reinado y el despropósito de los hombres que buscan gobernar y el de los que buscan ser gobernados, que son los más.

—Aquel buen hombre no me trajo de regalo unas zapatillas, me regaló la oportunidad de saber morir —digo, y se retiró a sus aposentos, donde durmió un buen sueño.

Un par de días antes, tres espías tardanarios se habían colado en palacio, haciéndose pasar por servidumbre, pero, sobre todo, escondiéndose en habitaciones desocupadas y pasillos. A la madrugada entraron donde el rey, quien les esperaba despierto, sentado en su cama.

—Tenía curiosidad de cómo pasaría —fue todo lo que alcanzó a decir.

Condenándose a la muerte, los tres alzaron sus espadas, pero solo uno le cortó entre cuello y pecho, tras lo cual no se dieron a la fuga. Su suerte estaba echada.

De los tardanarios ya no se supo, porque la historia sigue muriendo, pero ha de suponerse que fueron condenados a la horca. Y las zapatillas no volvieron a dar color, ni siquiera para el rey que sucedió a Alfredo.

Vete

La vida de Mirza podría describirse como una muy activa. Dueña de sí misma, no la caracterizaba el miedo por la existencia ni por el qué dirán. Tomaba decisiones con la facilidad de quien decide tomar café por el gusto de hacerlo, a veces con azúcar y a veces sin ella, pero siempre aceptando la bebida, porque no se concebía a sí misma dejando que otros decidieran por ella.

Tenía un empleo que definía como cómodo, porque no siempre se trata de disfrutar del trabajo —decía—, sino de disfrutar las comodidades que brinda, y a ella salir a media tarde la hacía dueña de la mayor parte de su tiempo, ya para salir con amigos, con el pretendiente del momento o para irse a su casa y disfrutar de la soledad.

Rentaba una pequeña construcción de dos habitaciones y cocina, que tenía a su favor que no compartía paredes con vecinos. Con mi privacidad y una habitación me es suficiente —contaba —, con dos habitaciones estoy en la gloria.

Aquella noche, luego de un día agitado, decidió que dormiría temprano, así que entró a su habitación, se despojó de la incomodidad de la indumentaria y se acomodó en la cama, a cubierto del frío de aquella hora.

Cuando estaba por dormir, el inoportuno celular hizo ruido. Lo tomó y vio una notificación que solo decía: “VETE”.

Desbloqueó el aparato para ver la procedencia, pero no tenía una, la notificación no pertenecía a ninguna aplicación y solo vio cómo se desvaneció frente a sus ojos.

Pensando que era alguna broma o algún fallo técnico, no le dio importancia y durmió.

La noche siguiente fue un viernes y salió con unas amigas del colegio en donde se graduó. Responsables todas, solo cenaron sin tomar ninguna bebida alcohólica, así que Mirza, acostumbrada a otro ambiente, no la pasó tan bien.

Hacia las 10 ya estaba de regreso en casa y poco después estaba lista para dormir, cuando entró otro mensaje al celular, que ponía lo mismo: “VETE”. Más intrigada se puso a trastear el dispositivo y cuando estaba por rendirse, recibió otro mensaje con el mismo texto y el mismo origen desconocido.

El sábado fueron tres mensajes iguales y el domingo, cuatro.

Cansada, fue el lunes a la empresa telefónica a reportar su caso, pero incapaz de hacerse entender, y dado que no había ningún precedente de una situación similar, le dieron las gracias y con una amable sonrisa le preguntaron si la podían ayudar con algo más.

Los mensajes siguieron aumentando, siempre uno más por noche.

Como el sentido común hubiese dicho a cualquiera, Mirza decidió apagar el celular por las noches, pero el infernal aparato parecía cobrar vida y se ponía como loco, haciendo ruido y vibrando hasta que se le encendía. Dos semanas después compró otro celular, uno mejor que quizá evitara el fallo, pero el resultado fue el mismo, como lo fue cuando una semana después cambió de compañía telefónica.

El miedo comenzó a apoderarse de ella y no tuvo opción más que contarle a Gloria, su mejor amiga. Acordaron que se quedara en casa de ésta, para que ambas fueran testigo de lo que pasaba, pero aquella noche no hubo mensajes. Gloria le dijo que no se preocupara, que quizá estaba estresada por algo y Mirza, luego de disfrazar su miedo de indignación, pasó en la habitación de su amiga sin dormir.

A la noche siguiente, en su casa, fue lo mismo.

Dormir se le hacía difícil, ya no era el ruido, sino el miedo quien se apoderó de sus horas de vigilia.

Pensaba, solo eso podía hacer mientras se cubría de lleno con las sábanas y dejaba que el aparato sonara, luego pensaba más.

Una de esas noches meditó en sus posibilidades, y consideró dos.

Primero invitó a sus amigas a una fiesta en casa sin decirlas nada, así cuando sonara les mostraría. Pero, como en casa de Gloria, el celular no interrumpió la velada.

Frustrada, pasó sola la noche siguiente en un hotel, para ver cómo aparecían los mensajes con la misma insistencia de que tenía que irse, sin saber de dónde o para qué.

Pasaron varios días más y el cansancio fue ganando al miedo. No se acostumbraba. Dormía por intervalos. Evitaba todo lo que podía regresar a casa y buscaba siempre la compañía de alguien. Pensó que su solución era encontrar pareja y que vivieran juntos, pero eso tomaría tiempo. Quizá si aceptaba la invitación a pasar la noche con quien se lo propusiera podría… pero ella no era así.

Sin muchas opciones decidió, muy a pesar suyo, ir con el dueño del inmueble, tras encontrar un apartamento no muy lejos de ahí, a rescindir el contrato. Se mudaría el próximo sábado.

Sus cosas eran pocas, en unas horas estaba instalada y exhausta, durmió como hacía mucho tiempo no lo hacía, por la tarde.

A la noche, luego de cenar se dirigió a su nueva habitación, inundada de miedo. Apagó la luz, se metió en la cama y esperó. Los minutos pasaban y seguía esperando. Cuando estaba por celebrar su victoria el celular sonó. Lo tomó con la esperanza de que fuera el mensaje de alguien conocido, pero en las notificaciones vio un mensaje de origen desconocido que decía: “GRACIAS”.