El cerro

Llevaba catorce años de casado cuando heredó la casa de sus padres, una construcción firme de amplios espacios, rodeada por completo de verdes jardines abundante en plantas y adornados por varios árboles. Un lujo que los de la ciudad no pueden darse, solía comentar Mikael, cuando hablaba de las bondades del lugar en donde vivía y en el que vivió su infancia, y cuando recordaba las muchas veces que escaló el cerro que estaba enfrente de la casa, justo al cruzar la calle. A veces lo hacía por jugar, a veces por estar solo y a veces solo lo hacía por hacerlo, decía.

Acumularon años de matrimonio en esa vivienda, con las vicisitudes propias de la vida en pareja, ni más ni menos que eso. Si se les preguntaba, se definían como un matrimonio solido y feliz, aunque luego ninguno pudiera explicar lo que es la felicidad.

Un día se levantó muy temprano. Se abrigó, salió de casa y subió el cerro hasta la cima. Estuvo arriba unos pocos minutos y descendió a tiempo para alistarse, desayunar y retomar la rutina de su día. Matilde, su esposa, no dijo nada, creyendo que solo había sido un día en el que se levantó con vitalidad.

A la noche, luego de la cena, Mikael se cambió de ropa y volvió a subir el cerro hasta la cima, aguardó unos minutos y luego descendió.

Para Matilde aquello ya era mucho y se vio obligada a cuestionar, más solo alcanzó como respuesta un simple: “Es algo que debo hacer, al menos por un tiempo”.

A Matilde le pareció bien que se ejercitara un poco y se distrajera, así que no se opuso. Con el tiempo fue testigo de cómo aquellas dos actividades y la congoja en la mirada de Mikael, se convirtió en parte habitual de sus días, porque él no dejaba de subir así hubiera mal clima o estuviese enfermo.

Los años siempre pasan y para Mikael no fue distinto. Envejeció y la fuerza le fue abandonando. Insistió en su rutina, hasta que un día ya no pudo subir más. En esa ocasión Matilde le vio llorar como no lo hizo nunca, con dolor honesto, con tristeza real, con llanto que salía de lo más profundo de su impotencia. No le dijo nada, solo le tomó de la mano y con la otra le acariciaba, mientras le dejó desahogar.

A partir de entonces Mikael ya solo se paraba en la puerta a contemplar el cerro una vez por la mañana y una vez por la noche mientras suspiraba, pero su nueva rutina no duró mucho. Unas semanas después cayó enfermo y supo que aquello era el final.

Su despedida de Matilde fue contar lo que le ocurrió años atrás:

Una noche ya entrada en horas, Mikael no podía dormir y se levantó por un vaso de agua, pero nunca llegó a la cocina. Por la ventana contempló el cerro y decidió descansar sobre el marco de la puerta de entrada para apreciarlo aún con más calma, recordando y reviviendo aquellos días de infancia en los que la felicidad también le rodeaba, pero en los que no necesitaba una definición de ella.

Perdido entre recuerdos e ideas alcanzó a ver algo que se movía hacia la cima del cerro. Una sombra, una silueta, un cabello largo ondeando por el viento. Estaba seguro que no era un animal, más bien parecía una mujer. La contempló llegar a la cima y ¿sentarse?

Lo que más mueve al ser humano es la curiosidad, y apoyado en esta Mikael emprendió la escalada hasta la cima, con decisión en el pecho y temor en las piernas.

La subida no fue tan fácil como lo era cuando los años no le pesaban en la espalda. Desde que se había marchado de casa no había vuelto a escalar el lugar, aunque siempre pregonaba que pronto lo haría.

Casi llegando, fatigado y sudado, no supo si hacer ruido para hacerse notar o aparecer con cuidado para no asustar a la mujer que seguía sentada en el suelo viendo hacia la nada que la obscuridad envolvía en la distancia.

—No quiero asustarte, solo me dio curiosidad que alguien subiera a esta hora y…

Guardó silencio esperando alguna reacción, pero no la hubo.

Cuando consideró que había esperado lo suficiente, insistió.

—Perdón, es que, no me explico por qué vienes acá a esta hora yo solo…

De nuevo la pausa y de nuevo no hubo reacción.

La escena se tornó incómoda para Mikael. Pensaba en marcharse cuando la mujer golpeó con la palma de su mano el suelo que estaba a su lado, en clara señal de que le invitaba a sentarse a la par de ella.

Mikael obedeció y hasta ese momento contempló un rostro de mujer de rasgos firmes y no particularmente bellos, pero de unos ojos encendidos, que parecían querer absorber todo cuanto les rodeaba. A Mikael le gustaron tanto que solo la veía ver, sin pronunciar palabra. Luego sintió vergüenza de sí mismo y se obligó a ver hacia donde ella veía.

Así quedaron por muchos minutos hasta que ella volteó su mirada y con un gesto que Mikael no supo interpretar si era de duda, de fastidio o de asombro, le hizo una pregunta:

—¿Por qué escalamos los cerros?

Se puso de pie y descendió corriendo.

Mikael ni siquiera hizo por seguirla.

—Esa noche tu sueño fue profundo —dijo Mikael a Matilde, continuando con su historia— no sentiste cuando me levanté, ni cuando me volví a acostar. Tardé en dormir y antes de hacerlo decidí que tenía que encontrar la respuesta a la pregunta que me hizo.

» A la mañana siguiente me levanté y decidí que subiría una y otra vez el cerro hasta dar con la respuesta… pero no pude Matilde, por más que insistí no encontré una respuesta. ¡No pude! ¡No pude! «

Exclamó esto último elevando la voz.

Tres días después Mikael falleció.

Una noche de viento, luego de cenar sola, como siempre, Matilde se acercó a la puerta y se puso a contemplar el cerro y se dijo a sí misma: “También se puede intentar deducir por que se escalan los cerros, sin tener que escalarlos”.