Hablemos de libertad

Mi proceso de conversión al ateísmo no fue fácil. Nacido en una familia protestante, fui inculcado con la doctrina de aquella religión desde muy pequeño. De niño acepté varias veces a “Jesús como mi salvador” por el miedo a no haberlo hecho bien las veces anteriores y terminar lanzado a un lago de fuego en el que ardería por la eternidad. Me bauticé en agua a los siete años a petición mía, pues nacer de nuevo era casi lo único que me importaba en aquel entonces.

Cuento esto porque no es que me haya peleado con dios por alguna mala experiencia que tuve, ni ando en fase de rebeldía. Lo cuento para sentar base de que no hablo desde el desconocimiento ni desde la ignorancia. He tenido que consumir mucho para ir de un lado al otro de mis creencias y de mi filosofía de vida.

Visto lo visto, oído lo oído y vivido lo vivido, como ateo, basado en mis creencias, puedo detestar a curas y pastores —por mencionar las dos grandes religiones de nuestra área—, porque considero que abusan de la necesidad de creer de la gente, de su deseo de tener respuestas a toda costa y sí, de su inocencia, en aras de controlar masas y sacar provecho económico.

La libertad que poseo como ser humano me da el derecho de creer que es así, como a un creyente le da el derecho de creer en una deidad, sin que pueda mostrar evidencia de que exista.

La garantía de la libertad debe sostener que no porque yo deteste a los dirigentes religiosos soy propenso a hacerles daño físico, convirtiéndome en criminal. A la sazón, una idea o una creencia no convierte a un individuo en un transgresor de la ley y por ende el tal solo puede ser sujeto de juicio ético o moral, son las acciones las que hacen a la persona merecedora o no de juicio jurídico.

Yo por mi parte tendría que entender que mi ateísmo me hace propenso a ganarme el desprecio y hasta el odio de un creyente, sentimiento que no los convierte en criminales. Están juzgando mis ideas y creencias de forma moral.

La libertad nos otorga a todos el derecho a creer y a estar totalmente convencidos de que quien no piensa como uno se equivoca.

Pasa que nuestras sociedades han evolucionado de forma errada y hasta lamentable, llevándonos a un punto en donde la aceptación por parte de todos se convirtió en una necesidad básica.

El nivel de miedo al desprecio y al odio ha alcanzado niveles insufribles, porque estamos convencidos que el odio es malo y de que quien odia es malo y vivimos más con miedo que permitiéndonos odiar. Estos niveles llevan a la gente a demandar aceptación, a demandar formas de ser tratados, a demandar respeto por sus propias creencias sin importar las del otro, a demandar leyes que les protejan en total oposición a quien no cree como ellos.

Hoy día las personas tienen la necesidad de obligar al otro a aceptarles como son, preocupándose más del punto de vista del otro y a cambiarlo a toda costa si no le parece adecuado, en lugar de aprender a vivir su vida despreocupado del qué dirán ajeno.

No hablo, claro, de situaciones donde la violencia y el daño físico esté presente. Esos absurdos tienen que ver con la estupidez del ser humano y no con la libertad.

La libertad debería ser aplicada a todos, sin importar mayorías ni fuerzas, y debe darnos el derecho a estar equivocados. La libertad da derecho a creer tonteras como verdades, a aceptar como hechos reales cualquier ilusión. Es decir, la libertad da derecho a cualquiera a ser un tonto, juzgado moralmente desde cualquier punto de vista contrario.

De oídas supe que en la iglesia a la que asistí, una muchacha estaba hablando con el pastor porque un pretendiente que ella tenía, a quien no pensaba hacer caso, le dijo que había recibido en sueños divinos la instrucción de que ambos deberían casarse. Ella, confundida, no quería al soñador, pero tampoco se podría permitir desobedecer la voluntad de su dios. ¡Vaya dilema!

Nunca supe el final de la historia, pero, abuso o no, ella tiene derecho a creer que todo aquello era un dilema que su dios le ponía de frente como prueba de fe. El soñador tiene derecho a creer que aquel sueño que tuvo (si lo tuvo) era un mensaje de la divinidad en la que cree. Y el pastor, si no es de los que se dedica a engañar, tiene derecho a creer que dios ponía en sus manos un asunto importante que resolver, ya con su sabiduría como hacía Salomón o escuchando a su dios como cualquiera de los profetas.

La libertad a la creencia debe ser parte integral de cada uno de nosotros, como lo es el tener que asumir las consecuencias de los actos.

Si yo activamente predico en contra de las creencias de los creyentes —y tengo derecho a hacerlo como ellos a predicar que me iré al infierno por no creer—, es muy probable que me gane más y más el desprecio de quienes creen. Y yo tendré, sin más, que aceptarlo. Si bien un creyente debería despreciar mis ideas no a mi persona por sostenerlas, pero al final es libre de despreciar lo que desee.

Por mucho tiempo solía costarme escribir artículos sobre ateísmo y de crítica a las creencias. Miedo, sin duda, a poder ofender a las personas, que de hecho me ha costado más de alguna amistad. Es curioso que hoy día sienta más libertad de tratar el tema de la libertad con ejemplos y posiciones religiosas y de creencias, que tratarlo al hablar de razas, ideologías u orientaciones sexuales.

Es que piensen en lo que han leído, si con algo de lo escrito sobre la libertad están de acuerdo, por qué iba a ser distinto tener la libertad de creencia, recordemos, aunque sea una estupidez, cuando se habla de raza, ideología o de orientación sexual.

Yo tendría el derecho de predicar contra el feminismo o contra alguna raza, porque al final son solo ideas. Pero la gente quiere ganar la batalla de las ideas creando individuos carentes de individualidad, logrando que todos pensemos de una única manera.

Hablemos de libertad:

¿Hasta donde llega la libertad de creencia y cuánto hay que someterla debajo de los buenos modos o de las prédicas de moda?