¡Por favor, que alguien me encierre!

¡Por favor, quitáme el Play! Fue la súplica de mi hijo, cuando se vio incapaz de renunciar a él por sí solo. Un par de días antes habíamos tenido una charla, donde yo le insistía en que sus decisiones no podían tener como eje central su gusto por los videojuegos y que los mismos no deberían comprometer su rendimiento académico.

Me negué. Le dije que parte de su crecimiento como persona era aprender a controlar aquello que puede ser controlable. Que sus decisiones deben estar en función de lo importante y no solo de lo que gusta. De lo que le aporta valor y no solo de lo que le entretiene. Y que esas valoraciones debían venir de él. También le dije que aprender a perseguir lo que le interesa es parte de su crecimiento como persona.


Hoy que el miedo ronda por la calle y la incertidumbre carcome hasta nuestros más mediatos planes, las demandas son muchas, sobre todo ahora que gracias a las redes sociales todos tenemos una opinión y todos sabemos cómo lidiar con una pandemia.

Uno de los clamores que más han llamado mi atención es aquel que demanda al gobierno el encierro obligatorio, el estar atrapados en nuestra casa a modo de cárcel, cómoda en algunos casos y poco en muchos otros.

¿La justificación? Que los seres humanos por nosotros mismos no obedecemos, que tiene que existir una pena, un castigo, una amenaza, una fuerza superior que delimite nuestro rango de acción.

Para quienes pregonamos la libertad esto supone un interesante dilema, pues sostenemos que es el individuo quien conoce lo que más le conviene, o quien, sabiendo lo que hace, decide igual actuar en su contra. Por eso es que la venta de cigarros sigue siendo un gran negocio.

No deberíamos estar encerrados porque nos lo ordenan, ni porque corremos el riesgo de ser castigados. Lo deberíamos hacer por el sentido común. Deberíamos hacerlo porque deseamos nuestro bienestar.

No, pregonará alguien, porque el problema no es la persona y su decisión de correr el riesgo de morir ella misma, el problema es que pone en riesgo a otros.

No, dire yo, porque si en la calle hay un descuidado que pone a otros en riesgo, igual no me contagia si yo no estoy afuera, si yo no busco aglomeraciones o si hago por protegerme.

Pero qué pasa con los mayores, podrían preguntar. Lo mismo, el ser mayores no les obliga, por ejemplo, a recibir la visita de cualquiera, ni siquiera de hijos o nietos. Serán sus propias decisiones las que les pongan en riesgo.

Así pues debería de ser yo quien decida cuánto riesgo quiero correr, cuánto tiempo deseo trabajar y cuánto tiempo quiero estar encerrado. Por norma general, yo sé más de lo que me conviene que un montón de burócratas que tienden a pensar más en ellos mismos.

En mi país los supermercados han decidido no dejar entrar a nadie si no se tiene una mascarilla puesta. Esto supone dos cosas, primero que no puedo protestar, son sus negocios y sus reglas y yo las cumplo o no compro con ellos. En realidad no están obligados a venderme, porque son libres.

Lo segundo es que conseguir una mascarilla se hace cada vez más difícil y más caro. Supongo que eso será así hasta que no hayan más mascarillas y los supermercados se den cuenta que están dejando de vender.

Ellos, al poner sus reglas, actúan con libertad y hacen uso de su sentido común. Una persona al ir a comprar con ellos, actúa con libertad y de acuerdo a lo que su sentido común le dicta, quizá que conseguir víveres vale el riesgo de contagio.

La libertad bien entendida no es un tema de caprichos, ni de lo que cada quien considera justo, es de eso, de libertad de acción de todas las partes.


Los radicalismos tienden a ser nocivos. Ejemplos sobran.

Así pues, soy capaz de entender que el hecho de que el gobierno encierre beneficia a aquel empleado que, urgido del ingreso, se ve en la necesidad de ir a trabajar aunque lo que quisiera fuera encerrarse.

Claro que, a no ser que sea una cuarentena total, el riesgo siempre está. Renunciar es una opción, pero no muchos están dispuestos a ello.

La vida no es un paseo alado alrededor de un arcoíris. Nunca lo fue y nunca lo será.

Veremos mucho drama e injusticia en esta crisis.

Sin embargo quiero ir un paso más allá.

Si es decisión propia correr el riesgo a enfermar, tal persona no debería llegar a ocupar la cama y el respirador de una que deseaba protegerse.

Que todos pagamos la salud pública con nuestros impuestos es un hecho, pero eso no da derecho a malgastar los recursos, menos en una emergencia y menos a costa de la vida de otro que quizá cometió el error de enfermar después, pero que estaba uniendo esfuerzos para que todos salgamos adelante.

La libertad es un bien preciado, pero tiene su costo y, como en todo, las decisiones que se tomen dentro de ella, debiesen tener consecuencias justas y a medida de los hechos.


A mi hijo el PlaySation le ha costado puntos y notas en el colegio. Es algo que ha ido dejando atrás y de lo que, sin duda, saldrá adelante, sobre todo porque sospecho que nunca más me pedirá que le quite algo con lo que piense que no puede lidiar.

La libertad y el encierro, en cambio, se mueve entre vidas y comida. Cosas harto más delicadas.

Mal harías, si no quieres enfermar, en no encerrarte porque el gobierno no te manda a hacerlo.

Por mi parte sueño con un mundo en donde el individuo se dirija a sí mismo y en donde su futuro no dependa de un gobierno, pero también sueño con uno en donde la irresponsabilidad y la estupidez, tengan un precio si se afecta a terceros.