Divagando

Divagar entre las letras es uno de los ejercicios más placenteros que existen. Lo escribo mientras divago por ellas lo cual no da certeza a mis palabras sino libertad.

Al divagar escribes lo primero que se te viene a la mente y ya está, como cuando escribí, unos segundos atrás, que divagar es placentero.

En la mayoría de las ocasiones, claro está, has de tomarte un tema en serio, que en mi caso es: buscar la anécdota que pegue con el mensaje o encontrar el mensaje que nace de la anécdota, el orden da igual.

Luego toca crear el orden en que he de compartir las ideas y considerar la forma más creativa de contar el tema, aunque exista el martirio constante de que lo que se dice es una obviedad.

Después paso a estructurar el artículo, así sea solo en mi cabeza, para de último dejar que las palabras comiencen a llenar la pantalla, con la esperanza de que aquello tenga sentido.

Cuando divagas es distinto. Escribes porque sí. Vas de un sitio a otro sin mucho preocuparte porque lo dicho sea claro, porque se mantengan las formas correctas (si tal cosa existe) o porque el mensaje genere impacto, así sea poco.

No procuras la frase que has de destacar, la metáfora brillante, el símil destacado o las palabras que se encargarán del “clic” en el artículo.

Es más, cuando divagas hasta te puedes engañar creyendo que tus artículos siempre tienen un “clic” que justo da en la parte sensible del lector.

Cuando divagas escribes de cielos verdes y montañas azules. Cuando divagas por las letras imaginas un mundo en blanco y negro que le huye a los colores o un mundo a colores que anhela ser en blanco y negro, da igual.

Imaginas que el silencio te habla o que bailas con el ritmo de las nubes.

Te precipitas a concluir o terminas sin conclusión alguna.

Sostengo que todos deberían comenzar escribiendo divagaciones cuando esto de escribir te llama la atención, pero lo sostengo en mis divagaciones, así que es tan válido como arremeter contra el precipicio por su altura y tan absurdo como intentar remover el ayer, suponer que alguien lo intentará, pues se nos da querer escribir un gran artículo desde la primera vez, cosa de no desmoralizarnos.

Las divagaciones no se publican, pero yo lo he hecho, quizá porque no hay reglas para divagar. Después de todo, las divagaciones no son para decir cosas serias, aunque ideas serias puedan surgir de ellas.

Todos debiésemos tomar un tiempo pada divagar de forma consciente, no como divaga el irresponsable.

Y ¿Quién lo diría? Quizá esto sea una verdad que surge de la informalidad de la divagación.

Y quizá debiésemos crear, para que sean válidas, divagaciones de 465 palabras, y ni una más.