La Confesión de El Quijote

El olor a sudor y cerveza, aunado a lo obscuro y húmedo del ambiente y lo incómodo de las bancas de madera, no hacían de aquella taberna el mejor de los lugares para estar, pero era mi taberna, el lugar a donde me gustaba ir. Lo sentía como mi segundo hogar, porque yo era una cara conocida para todos y todos eran un rostro conocido para mí.

Antes de ponerse el sol, le vi entrar fatigado, muy cansado, como quien arrastra el propio cuerpo después de lidiar cruenta batalla con algún enemigo.

Alzó la vista hacia mi mesa y, como hizo siempre, se dirigió a ella. Tomó asiento a la vez que el cantinero le entregaba un tarro de cerveza.

—No hay sino amargura en el destino de todo Caballero Andante —dijo El Quijote—. Es a nuestra casta a quien toca el favor de cargar con el tormentoso peso de la incomprensión.

Pensé en cuestionarle, pero me di cuenta de que su discurso estaba por continuar.

—Vuestra merced comprenderá que ya es suficiente con el dolor de la soledad en el largo andar por tierras vacías y la insufrible opresión que se siente en cada suspiro que mana de uno, por la ausencia de la dama a la que se rindió la vida. Pero no contento el destino, hace sumar la vergüenza de tener que lidiar insensatas batallas para que sean añadidas como prueba de coraje y valor.

—¿De qué hablas? —Le cuestioné, intrigado.

—Lo supe todo el tiempo, pero el ímpetu me ganó. Me faltaban batallas, me faltaban victorias, me faltaban hazañas. ¡Aha! Cuánto habrá disfrutado Sancho verme caer en el ridículo. Su voz y sus gritos eran de preocupación, pero por dentro le doblegaría a golpes la risa.

» Y Rocinante, ¡Pobre Rocinante!

» No tuvo opción sino arremeter con valor y con furia contra aquella estructura, so pena de ser lanzado por los aires y caer malherido, sin entender el porqué de mis instrucciones. «

—¿Saber qué? ¿Qué era lo que sabías?

—Que aquellos no eran gigantes que merecían ser extintos de la faz de la tierra. Que aquella no era la maldad representada en inhumanos seres que la vida no merecían. Solo eran molinos, molinos del viento que hacían su trabajo. Molinos de viento condenados a la voluntad del aire, y nada más.

No supe que decir. Guardé silencio.

—Natural sería, amigo, que te preguntes por qué lo hice entonces —continuó.

—Tengo curiosidad, sí —le respondí.

—En aquel momento pensé que quizá nunca me cruzaría con gigantes en mi andar y que quizá nunca tuviera ocasión de lograr una batalla, con cualesquiera propósito, que me hiciera inmortal. Que quizá nunca lograría hazaña digna de ser recordada. Que existía la posibilidad de quedar sepultado en el olvido como tantos y tantos Caballeros Andantes que fueron antes, y tantos otros que serán después. Me invadió la idea de que nadie sabría quién fue Don Quijote de la Mancha y juro, por la eterna fermosura de Dulcinea, que esa idea me hirió como si una espada de doble filo atravesara mi cuerpo.

» En ese momento tuve claro que no nací para ser olvidado y que habría de valerme de cualquier método para cumplir con mi destino. Si la locura era el precio, con gallardía habría de pagarlo.

» Ahora os digo: que ninguno de vosotros dude de mi valentía, pues si no tuve oportunidad de derrotar gigantes, sí tuve el valor de enfrentar molinos de viento y el valor suficiente para ser recordado como un loco histérico, que se dejó perdida la cordura en medio de sus libros.

» A la sazón, estoy claro, tengo más oportunidad de ser recordado, que muchos otros que fueron cobardes en sus decisiones. «

—¿Y cómo fue pelear contra un molino? —le cuestioné, no sin algo de burla y maldad.

—Fue una batalla gloriosa. Caí derrotado a la primera embestida, pero con el mismo golpe y con la misma efectividad me derrotaba a mí mismo. El molino me noqueó y yo noqueé a mi destino.

Sus ojos se pusieron cristalinos.

—Me recordarán, amigo. Me recordarán, y eso es todo lo que cuenta.

Terminó su cerveza y se puso de pie para marcharse. Creo que esperó que le recriminara su forma de hablar, como hice siempre cuando se marchaba, pero esta vez no dije nada. Fue él quien pronunció la última frase.

—Cuando se es Caballero Andante, a falta de gigantes, buenos son molinos de viento.