La casa del abuelo

No tengo muchos recuerdos de él porque le gustaba vivir aislado. Según la abuela no siempre fue así, pero el abuelo, decía ella, se metió en unas cosas raras, convencido por sus lecturas, y se fue apartando de todos o más bien logró hacer que todos se fueran apartando de él.

Falleció la abuela, papá nunca quiso saber más de él y lo mismo con mis tíos y primos. Al abuelo le quedé yo porque soy curioso y siempre quise saber en qué andaba y entender su comportamiento.

La vida y las obligaciones que esta impone me alejaron bastante de él, pero me mantuve a cierta distancia. En los últimos años le he visto cada uno o dos meses, por un par de horas, que es lo que considero que un solitario entiende como su espacio. Además, digo ver porque hablar, hablábamos poco, casi solo de la noticia del día.

Su paso aún era firme, pero su mirada era una mezcla entre cansancio y ausencia. Mantenía el porte altivo, pienso que porque se obligaba a ver hacia arriba como si estuviese en la búsqueda de algo, a lo mejor de una salida.

Quiero creer que no le molestaba mi presencia, pero sospecho que me dio copia de las llaves de su casa y me dejaba entrar sin llamar a la puerta para que lo encontrase en caso de que muriera ahí, amarrado a su soledad.

Hace dos años el abuelo desapareció. Lo reporté a las autoridades y se lo mencioné a algunos familiares, pero nadie hizo mucho por encontrarle. Para el mundo era como si el abuelo hubiese dejado de existir hacía mucho.

En su casa no había indicios de que se hubiese marchado a voluntad, más allá de que todo estaba bien ordenado. En esa casa no había un objeto fuera de lugar, una prenda de ropa por lavar o algo que diese la sensación de abandono.

Yo seguí yendo a hacer las visitas de siempre, quizá movido por la costumbre, hasta que me llegó a agradar la sensación de soledad. Me gustaba ese momento para mí, rodeado de todo aquello tan ordenado, tan quedo, tan ajeno. Limpiaba un poco y hurgaba entre sus posesiones. Casi siempre tomaba libros que no leía, fotografías que poco me revelaban y cuadernos de notas de los que entendía poco más allá de frases cargadas de angustia y su deseo de escapar de esta vida, acaso por lo que él entendería como un camino espiritual.

No encontré un solo indicio de que el suicidio le pasase por la cabeza.

Hace unos meses encontré una extraña foto cuya imagen me pareció conocida. Era un pedazo de pared que se me hacía muy familiar. No tardé mucho tiempo en dar con el porqué de la familiaridad. Era de la misma casa del abuelo. La foto era como si estuviera tomada desde el ángulo de una cámara de vigilancia, en tono sepia.

Llamó mi atención por ser una foto que aportaba tan poco. La dejé sobre la mesa de centro de la sala de estar antes de marcharme.

Para la siguiente visita tomé de nuevo la foto en mis manos, pero la imagen había cambiado, ahora tomaba la imagen de uno de los pasillos. Era la misma foto, o al menos eso parecía. Fue hasta entonces que me percaté de que tenía una fecha posterior a la desaparición del abuelo.

Un error al fecharla y una mala jugada de mi mente fue la única conclusión a la que pude llegar, o la que quise creer, pues nadie más, según yo, tenía llave de aquel lugar. Creo que incluso nadie más lo conocía.

Anoté mi nombre en la parte posterior de la fotografía y la volví a dejar sobre la misma mesa, “por si acaso”.

Sé que no les será difícil deducir lo que pasó al día siguiente, porque mi intriga me obligó a llegar tan pronto como pude.

La fotografía en sepia estaba distinta y mi nombre seguía en ella.

Esa noche, aprovechando que era viernes, decidí quedarme en la casa del abuelo a dormir, con la foto a mi lado. Al amanecer había cambiado.

Días después me di cuenta de que la fotografía solo cambiaba si estaba en esa casa, luego de que la llevara conmigo para no tener que estar yendo cada poco a aquel inmueble.

Sé que pueden deducir cómo aquel objeto extraño se apoderó de mis pensamientos y de mis horas. Y sé que sabrán comprender que a las intrigas se las guarda por un tiempo, no se habla de ellas al instante ni con cualquiera, así que guardé todo aquello para mí.

Dediqué los días a buscar entre sus libros y sus notas tratando de encontrar entre todas sus rarezas alguna explicación. Aprovechaba cada oportunidad que tenía para ir ahí.

Todo aquello me abrumó hasta la semana pasada.

El martes pasado alcancé a ver una parte del abuelo en la fotografía, estaba de espaldas.

El miércoles pude completar su rostro por completo. Era una imagen del comedor. Él iba caminando, erguido como siempre, pero con el rostro taciturno.

Al día siguiente no estuvo, sin embargo el viernes estaba sentado en el sofá de la mesa de estar, viendo una fotografía. No estoy seguro, pero creo que alcancé a ver mi nombre escrito en ella.

Apareció después en otra habitación. Su rostro no es el de siempre. Yo le veo cansado, cargado, quizá harto. No logro estar seguro.

Unos días aparece, otros no. No siempre veo su rostro. Cuando lo logro me genera angustia. Un deseo desesperante por ayudarle.

La fotografía que hoy tengo en mis manos tiene el rostro de mi abuelo viendo directo a la cámara — o lo que sea que toma la imagen — . Yo lo veo mal. Quisiera poder hacer algo por él.

No obstante, sé que la soledad era lo que pregonaba, que estar aislado de todo era su más grande anhelo y que por todo esto fue por lo que tanto trabajó. No sé si necesita ayuda o alcanzó lo que tanto quería.

Llevo horas sin soltar la fotografía, no quiero que cambie.

No sé si debo romperla y quizá acabar con su sufrimiento o si debo olvidarme de todo esto y dejarle disfrutar su éxito.

La cueva

Fue en mi cumpleaños número diecisiete. Mis papás habían organizado la celebración en casa y a regañadientes invité a mis amigos, no sin dejar de ser objeto de la burla de todos ellos que, lo acepto, merecía.

Familiares, amigos y conocidos almorzamos, comimos pastel luego de que soplara las velas, abrí los regalos, de los que ninguno me emocionó y, con molestia de mis padres, les abandoné, seguido por mis amigos. En el grupo éramos siete hombres de toda la vida y más adelante se nos habían sumado Marcela y Carolina.

Los nueve salimos sin un rumbo fijado.

Tras unas cuadras caminadas, Manuel hizo memoria de cuando solíamos bajar al barranco en nuestras expediciones hacia lo desconocido. Marcela, que igual que Carolina, nunca fueron, insistió en que hiciéramos una en ese mismo momento. Como no encontramos un buen argumento en contra, aceptamos.

Seguro que la imagen resultaba graciosa: nueve jovencitos, vestidos para fiesta, caminando entre matorrales, árboles, tierra, lodo y precipitaciones. Aquel no era un lugar particularmente peligroso, pero su riesgo sí que tenía.

No anduvimos por caminos hechos. Intentamos senderos propios. Era como si todos hubiéramos acordado, sin hacerlo, que una buena aventura tenía como requisito que nos perdiéramos.

Cuando la tarde estaba por ocultarse, decidimos descansar. Manuel andaba cigarros y a los nueve se nos hizo el momento ideal para inhalar humo, incluso a Rafael, que no perdía oportunidad para echarnos en cara lo estúpidos que éramos al hacernos daño porque sí.

Fue un momento maravilloso, casi épico en nuestras cortas vidas. Yo pensaba en la amistad que nos llevaba hasta ese lugar, hasta ese momento, en donde ni siquiera era necesario decir palabra.

El silencio fue interrumpido por los gritos de Gabriel, quien nos llamaba con prisa.

Corrimos todos guiados por el sonido de su voz. Lo encontramos frente a la entrada de una cueva que se plantaba delante de nosotros, firme, retadora y obscura.

No tuvimos que decir nada, todos supimos que teníamos que entrar.

Ya a los pocos metros la obscuridad nos abrazó. Fue como si nos abrazara por la espalda, respirando en nuestro cuello el miedo que terminaría por invadirnos. Caminábamos a tientas, aferrados a las paredes hasta que fue imposible distinguir nada. Manuel sacó su encendedor para alumbrar. Por unos segundos pudimos ver hacia dónde íbamos y luego de nuevo obscuridad. El encendedor se calentaba y Manuel tenía que apagarlo.

Así seguimos caminando sin encontrar nada más que la sensación de estar en donde no teníamos que estar. Igual seguimos hasta que Manuel encendió su encendedor una vez más y Julián notó algo sobre la pared. Nos acercamos y era una vieja antorcha, colgada a propósito en su base de hierro. Parecía que aún podía prenderse y Manuel lo intentó. En efecto el lugar quedó iluminado y pudimos ver la nada que nos rodeaba.

Nada.

Nada y nada más.

Solo estaba la antorcha que iluminaba el recinto.

Ahora veíamos claro el sendero por donde veníamos y uno hacia donde podíamos continuar.

Era necesario decidir.

Rafael sugirió que siguiéramos, que aquel no podía ser un lugar tan grande y que debíamos terminar lo que habíamos empezado.

Raúl dijo que aquello era suficiente como aventura y que más valía regresar por un camino que ya sabíamos seguro, a sabiendas de que afuera era la noche la que nos esperaba y aún teníamos un buen trayecto por caminar.

Raúl ganó por siete votos a dos.

Antes de salir Marcela insistió en que aquello no podía ser una caminata y ya. Que debíamos hacer algo que hiciera de ese día una experiencia para toda la vida. Sugirió que todos los años, por la misma fecha, regresáramos los nueve a encender la antorchar. Aquel simbolismo se ganó el aplauso de todos y quedó hecho el trato. Todos los años regresaríamos.

Dos semanas después Manuel murió de insuficiencia pulmonar.

Todos lo resentimos, pero decidimos que aquello no podía alejarnos y que más bien nos tenía que mantener unidos.

En todo el año nadie mencionó la cueva, hasta que Marcela habló con todos. Acordamos que iríamos el fin de semana luego de mi cumpleaños, y que lo haríamos en honor a Manuel.

El camino ya no fue difícil, se nos hizo familiar, e íbamos preparados con linternas y bebidas. Llegamos pronto hasta la antorcha que seguía ahí, apagada, pero como esperando por nosotros.

El momento fue emotivo. Guardamos silencio y fue Oscar, quien era el más cercano a Manuel, el que se puso al frente y encendió la antorcha.

La solemnidad, que nos salió de forma natural, nos conmovió a todos. Casi todos lloramos.

Alrededor de un mes y medio después, un automovilista perdió el control de su vehículo y pasó encima de Oscar y de su bicicleta. Su muerde fue inmediata, dijeron los paramédicos.

Dolidos y estupefactos, no dábamos crédito a aquellas dos tragedias y en tan poco tiempo. Estábamos de acuerdo en que no era algo común en un grupo de amigos de nuestra edad.

Para el siguiente año ya solo fuimos siete a la cueva. Llevamos fotos de Manuel y de Oscar, que dejamos al pie de la antorcha. Hicimos silencio, lloramos y ahora fue Raúl quien quiso encender el fuego.

Los siete que estábamos nos sentimos más unidos que nunca.

De Raúl nos despedimos tres semanas después, luego de que quisiera intervenir en un asalto que presenció. El asaltante soltó un tiro y le atravesó el hígado.

Hasta entonces lo vimos. Todos lo vimos con claridad.

Hablamos en el funeral de Raúl. No había duda de que quien encendiera la antorcha sería el próximo. Estaba claro para todos menos para Rafael, quien dijo que él sería el siguiente, si le acompañábamos. Solo Julián y yo aceptamos.

Al año siguiente fuimos solo los tres. No hubo ceremonia, pero sí dejamos la foto de Raúl junto a las otras, que se conservaban bien para estar en aquel ambiente.

Rafael encendió la antorcha y salimos de ahí.

Tres días enteros vomitando por lo que parecía una infección severa. Los doctores no llegaron a determinar la causa. Treinta y tres días fue todo lo que duró Rafael.

Por la circunstancia extraña y el miedo, los cinco comenzamos a separarnos. Para entonces ya teníamos como pretexto el estudio o el trabajo. Sin embargo mantenía comunicación constante con Marcela, quien procuraba hablar con todos, empecinada en que el grupo no terminara por disolverse.

Carolina y Julián se casaron. Nos vimos en la boda. Resulta que ya eramos adultos. Creo que fue la última vez que estuvimos juntos.

Años después Carolina moría en un accidente de tránsito al filo de la medianoche. Venía de una fiesta con sus amigas. Semanas antes le contó a Marcela que las cosas con Julián no funcionaban, que quizá la falta de un hijo les hacía sentir incompletos. Cansada de aquello, fue a la cueva sola, encendió la antorcha, dejó una foto de Rafael y se dedicó a rumbear sin descanso.

A Marcela le pesaba cada vez más la culpa. Si no hubiera sugerido que regresáramos cada año, se decía, todo aquello no hubiera pasado. Quizá por la misma culpa le contó a Julián la confesión de Carolina, quien, enamorado como estaba, fue a encender la antorcha y a dejar la foto de ella. Pensamos que quizá como no había pasado el año la cadena se rompería… pero no.

Julián nos contó que en la cueva había encontrado cinco fotografías. La foto de Gabriel también estaba ahí.

Averiguamos y la familia nos contó que hacía más de dos años que no sabían nada de él. Que se habían cansado de buscar y que le habían dado por muerto. Incluso Marcela le había perdido la pista, pero como no era una muerte, no le dio importancia. Hicimos un paupérrimo intento por encontrarle en Internet y por redes sociales, sabiendo que había decidido quitarse la vida y que dejar su foto en la cueva era la manera de contarnos que había sido su decisión.

Julián murió en su cama. Un paro cardíaco por una afección que padecía desde pequeño, que no fue detectada, dijeron los doctores.

Marcela terminó destruida. Se convenció de que todas aquellas tragedias habían sido culpa suya. Los siguientes meses se comieron sus deseos por vivir. La vi envejecer en un santiamén. Aquella alma amargada me dejó una nota:

Me voy. Me voy para librar la culpa. Me voy como pago de una deuda. Ojalá mi muerte recuperara la vida de los otros. Me voy porque es mi turno. Así lo veo. Así lo creo. Me voy de la forma en que debo irme. Me falta valor para arrebatarme la vida por mí misma y romper el ciclo. Voy a la cueva a encender la antorcha y ya no sabrás de mí. Quizá tome algunas semanas, pero no te quiero a mi lado mientras esté condenada a morir. Quiero cargar con este dolor por los días que me queden. Quiero que ese dolor me dañe, que me carcoma, quiero pagar lo que es justo.

Al día siguiente de recibir la nota, encontraron un cuerpo al fondo del río. Marcela se había arrojado.

Ha pasado justo un año desde que Marcela se quitó la vida. Hoy día me pregunto cómo se consigue tanto deseo por abandonar la vida a los 31 años. De dónde se saca la prisa porque todo termine. Cómo es que siendo tan joven alguien se puede sentir tan viejo, tan cansado. Cómo se hace para alcanzar a tan corta edad la idea de que la vida no vale la pena.

Estoy de pie en aquel lugar donde los nueve fumamos juntos, sin decir palabra. Acabo de salir de la cueva. Tuve que venir porque Marcela no mencionó en la nota si había dejado su fotografía. Encendí la antorcha y comprobé que, en efecto, faltaba.

Ahora estamos los nueve. He dejado la mía junto a la de ella.

Búsqueda

Recibí la llamada y salí tan rápido como pude. Papá había salido de casa a comprar una medicina y ahora yacía en una cama de hospital. Un conductor perdió el control de su auto, se subió a la banqueta, se llevó consigo unos vitrales, algunos rótulos y estaba a punto de llevarse la vida de mi progenitor.

Lo encontré como ausente. No hablaba. Veía como sin enfocar. Solo verlo supe que la vida de papá le había abandonado. Cuando me miró puso cara de angustia, lo que hizo que me acercara con prisa. Con mucho esfuerzo me tomó del brazo y me jaló hacia sí. Me dio la sensación de que había estado esperando por mí. Le llevó un tiempo y luego con esfuerzo logró pronunciar unas pocas frases: “Encuéntralo. En mi otra casa. ¡Encuéntralo!”.

Extendió la última sílaba y exhaló por última vez.

Dar con su otra casa no fue difícil. El inmueble estaba a su nombre en el Registro de Propiedad. Lo complicado fue tomar valor de presentarme a un lugar del que hasta hace poco desconocía su existencia y presentarme a buscar algo sin saber qué debería encontrar. Es algo así como buscar la felicidad cuando no se sabe lo que eso es.

Un jueves por la tarde me salí de la oficina y fui a la dirección. Una casa bien conservada con un jardín cargado de colores y una cerca que no ponía ninguna seguridad. Toqué el timbre y al poco salió una señora, no anciana, tampoco joven, de modos amables. Se acercó hasta la puerta con la frase: “Tú debes ser el hijo de Danilo”.

Recuperado de la impresión, Silvina me invitó a pasar. Dentro el ambiente estaba cargado de luz artificial y con todo, no dejaba de ser un sitio acogedor. Me senté y acepté la taza de café que me ofreció.

Mientras traía el café comenzó a hablar:

— Sé que no lo sabes, así que es más fácil empezar por acá: por muchos años yo fui la amante de tu padre. — No esperó a que reaccionara, solo continuó hablando — Era un buen hombre y nunca quiso hacerle daño a tu madre, quien nunca llegó a enterarse. Con él manteníamos comunicación constante, pero venía poco, cosa de no despertar alarmas en su matrimonio, al que nunca descuidó. Yo no era exigente y él era relajado. Incluso después de la muerte de tu madre no hicimos por formalizar nada. Llevábamos muchos años con nuestra misma dinámica y eso nos sentaba bien.

No supe bien cómo reaccionar. Sentí que debía sentirme ofendido, pero hubiese sido actuado. Así que solo sonreí.

— Mi padre… ¡Quién lo diría! —dije, esbozando una sonrisa.
— Haces bien en no juzgarlo. Y en no juzgar a una desconocida como yo.
— El accidente…
— Sí, el accidente. Me dolió mucho. Me sigue doliendo. En realidad lo quería y… Bueno, hay poco que decir al respecto, no te preocupes.
— Antes de morir me dijo que encontrara algo y que lo buscara acá, en su otra casa.
— Dijo que vendrías. Ven.

Me llevó a una sala más pequeña que estaba al lado. Había un par de sofás, una pequeña librera con varios libros, un equipo de sonido y una lámpara muy particular.

— Compartimos mucho de nuestro tiempo aquí. Las horas se nos iban entre café, música y libros. Casi todos son de él. Tienen su nombre. Si quieres llevártelos…

Insistí en que no, que aquello era algo que había compartido con ella y que aquel era su lugar. Pero sí me permití tomar algunos para ver los títulos y su nombre escrito con su propia letra.

— Creo que lo que buscas es esto — me dijo.

Era un cuaderno. Dentro tenía anécdotas o historias escritas por papá. Leí un par y no me parecieron particularmente buenas. Hubiera querido leerlas todas, pero lo encontré descortés, así que solo hojeé hasta la última página escrita. En ella estaba escrita una frase, con letras grandes: “LA GENTE SE EMPEÑA EN BUSCAR LUGARES Y SE OLVIDA DE BUSCAR TIEMPOS”.

Sonreí y al mismo tiempo sentí cómo una lágrima se situaba en mi ojo. No tuve duda, aquello era lo que papá me dejaba. Una gran verdad. Una frase de sabiduría. Algo que pudiera usar por el resto de mi vida.

Con júbilo y acelerado abracé a Silvina y le di las gracia. Le prometí que volvería para que me contara más de papá, aunque sabía que nunca cumpliría esa promesa. Quiso decir algo, pero no la dejé. Salí de la casa casi corriendo y llegué a la mía entre sonrisas y llanto.

Mi matrimonio atravesaba problemas, la rutina, que no pudimos entender, nos estaba consumiendo. Cuando llegué le pedí a mi esposa el divorcio, empaqué algunas cosas y me fui de casa, dejándola a ella atrás, y con ella a los niños. No me desentendería de ellos, le di mi palabra. Lo que quería era mi libertad a cualquier precio. Lo que quería era buscar mis tiempos y dejar de desperdiciarlos.

Fue hasta el lunes que presenté mi renuncia de aquel trabajo que nunca me satisfizo. Cambié de número de celular y así perdí a casi todos mis amigos y conocidos. Si la vida que llevaba no me gustaba era porque los ingredientes en ella eran defectuosos y tenía que cambiarlos sin perder tiempo, estaba seguro.

Papá murió hace siete años. Ahora vivo en un pequeño y desordenado apartamento, con muy pocas obligaciones.

Hoy por la mañana quise contactar con Silvina, pero fui a su casa a enterarme de que falleció hace un par de años. Y es que… encontré lo que papá me dijo pero, ahora no sé qué hacer con tanto tiempo libre.

“La gente se empeña en buscar lugares y se olvida de buscar tiempos”. Quizá Silvina tenía algo que aportar a eso o yo lo entendí mal… Quizá no era eso lo que papá quería que encontrara.

¡Maldición! ¡Cómo diantres se busca algo que no se sabe lo que es!

El cerro

Llevaba catorce años de casado cuando heredó la casa de sus padres, una construcción firme de amplios espacios, rodeada por completo de verdes jardines abundante en plantas y adornados por varios árboles. Un lujo que los de la ciudad no pueden darse, solía comentar Mikael, cuando hablaba de las bondades del lugar en donde vivía y en el que vivió su infancia, y cuando recordaba las muchas veces que escaló el cerro que estaba enfrente de la casa, justo al cruzar la calle. A veces lo hacía por jugar, a veces por estar solo y a veces solo lo hacía por hacerlo, decía.

Acumularon años de matrimonio en esa vivienda, con las vicisitudes propias de la vida en pareja, ni más ni menos que eso. Si se les preguntaba, se definían como un matrimonio solido y feliz, aunque luego ninguno pudiera explicar lo que es la felicidad.

Un día se levantó muy temprano. Se abrigó, salió de casa y subió el cerro hasta la cima. Estuvo arriba unos pocos minutos y descendió a tiempo para alistarse, desayunar y retomar la rutina de su día. Matilde, su esposa, no dijo nada, creyendo que solo había sido un día en el que se levantó con vitalidad.

A la noche, luego de la cena, Mikael se cambió de ropa y volvió a subir el cerro hasta la cima, aguardó unos minutos y luego descendió.

Para Matilde aquello ya era mucho y se vio obligada a cuestionar, más solo alcanzó como respuesta un simple: “Es algo que debo hacer, al menos por un tiempo”.

A Matilde le pareció bien que se ejercitara un poco y se distrajera, así que no se opuso. Con el tiempo fue testigo de cómo aquellas dos actividades y la congoja en la mirada de Mikael, se convirtió en parte habitual de sus días, porque él no dejaba de subir así hubiera mal clima o estuviese enfermo.

Los años siempre pasan y para Mikael no fue distinto. Envejeció y la fuerza le fue abandonando. Insistió en su rutina, hasta que un día ya no pudo subir más. En esa ocasión Matilde le vio llorar como no lo hizo nunca, con dolor honesto, con tristeza real, con llanto que salía de lo más profundo de su impotencia. No le dijo nada, solo le tomó de la mano y con la otra le acariciaba, mientras le dejó desahogar.

A partir de entonces Mikael ya solo se paraba en la puerta a contemplar el cerro una vez por la mañana y una vez por la noche mientras suspiraba, pero su nueva rutina no duró mucho. Unas semanas después cayó enfermo y supo que aquello era el final.

Su despedida de Matilde fue contar lo que le ocurrió años atrás:

Una noche ya entrada en horas, Mikael no podía dormir y se levantó por un vaso de agua, pero nunca llegó a la cocina. Por la ventana contempló el cerro y decidió descansar sobre el marco de la puerta de entrada para apreciarlo aún con más calma, recordando y reviviendo aquellos días de infancia en los que la felicidad también le rodeaba, pero en los que no necesitaba una definición de ella.

Perdido entre recuerdos e ideas alcanzó a ver algo que se movía hacia la cima del cerro. Una sombra, una silueta, un cabello largo ondeando por el viento. Estaba seguro que no era un animal, más bien parecía una mujer. La contempló llegar a la cima y ¿sentarse?

Lo que más mueve al ser humano es la curiosidad, y apoyado en esta Mikael emprendió la escalada hasta la cima, con decisión en el pecho y temor en las piernas.

La subida no fue tan fácil como lo era cuando los años no le pesaban en la espalda. Desde que se había marchado de casa no había vuelto a escalar el lugar, aunque siempre pregonaba que pronto lo haría.

Casi llegando, fatigado y sudado, no supo si hacer ruido para hacerse notar o aparecer con cuidado para no asustar a la mujer que seguía sentada en el suelo viendo hacia la nada que la obscuridad envolvía en la distancia.

—No quiero asustarte, solo me dio curiosidad que alguien subiera a esta hora y…

Guardó silencio esperando alguna reacción, pero no la hubo.

Cuando consideró que había esperado lo suficiente, insistió.

—Perdón, es que, no me explico por qué vienes acá a esta hora yo solo…

De nuevo la pausa y de nuevo no hubo reacción.

La escena se tornó incómoda para Mikael. Pensaba en marcharse cuando la mujer golpeó con la palma de su mano el suelo que estaba a su lado, en clara señal de que le invitaba a sentarse a la par de ella.

Mikael obedeció y hasta ese momento contempló un rostro de mujer de rasgos firmes y no particularmente bellos, pero de unos ojos encendidos, que parecían querer absorber todo cuanto les rodeaba. A Mikael le gustaron tanto que solo la veía ver, sin pronunciar palabra. Luego sintió vergüenza de sí mismo y se obligó a ver hacia donde ella veía.

Así quedaron por muchos minutos hasta que ella volteó su mirada y con un gesto que Mikael no supo interpretar si era de duda, de fastidio o de asombro, le hizo una pregunta:

—¿Por qué escalamos los cerros?

Se puso de pie y descendió corriendo.

Mikael ni siquiera hizo por seguirla.

—Esa noche tu sueño fue profundo —dijo Mikael a Matilde, continuando con su historia— no sentiste cuando me levanté, ni cuando me volví a acostar. Tardé en dormir y antes de hacerlo decidí que tenía que encontrar la respuesta a la pregunta que me hizo.

» A la mañana siguiente me levanté y decidí que subiría una y otra vez el cerro hasta dar con la respuesta… pero no pude Matilde, por más que insistí no encontré una respuesta. ¡No pude! ¡No pude! «

Exclamó esto último elevando la voz.

Tres días después Mikael falleció.

Una noche de viento, luego de cenar sola, como siempre, Matilde se acercó a la puerta y se puso a contemplar el cerro y se dijo a sí misma: “También se puede intentar deducir por que se escalan los cerros, sin tener que escalarlos”.