Hoja en blanco

Enfrentar la página en blanco con teclado es la peor de las experiencias.

No hay fluidez. Se echa de menos los tachones, no existen las flechas, no hay saltos de espacio drásticos.

Se pierde el desorden propio de la creación, del bosquejo que nace del sinsentido y que se desarrolla en la incógnita.

Desaparece la letra mal escrita por la premura de que la idea no se escape.

No hay nada como trazar y eliminar lo escrito dejando evidencia. Nada como detener el lápiz en alto mientras se medita en lo escrito, en el absurdo, en la nada sin forma que yace frente a uno.

No está la sensación de voltear la página, ya para olvidar lo escrito, ya para desarrollar con fluidez.

No hay como crear un dibujo sencillo, que no esté en nada relacionado con las ideas plasmadas en tinta.

No queda la memoria en retazos de un trabajo hecho o al menos de su intento.

No quedan las frases al azar, las oraciones inconclusas, los inicios faltos de gracia, que serán las anécdotas de tiempos futuros, cuando se vuelve sobre los cuadernos de notas atorados de ilusiones de lo que pudo ser una historia, un ensayo, una novela o un escrito cualquiera.

A la hoja en blanco no se la enfrenta con teclado, porque la hoja en blanco demanda una forma.

Así ha sido. Así debería seguir siendo.