Puntería

Acertar no siempre está bueno.

Y no, no lo digo porque en ocasiones hay consecuencias que no se anticipan y que terminan convirtiendo aquello que anhelábamos en un fracaso. Hablo de lo mal que se puede pasar en el mismo momento en que estamos acertando.

La casa donde vivíamos estaba situada en una rotonda cuyo paisaje frente a nuestro portón estaba formado por un barranco que anteponía a su aterradora presentación, algunos árboles donde solíamos jugar a los cincos o por donde pasábamos, valientes y arriesgados, con las bicicletas.

Siendo chicos y con ese escenario tan cercano, tenemos más de alguna anécdota de aquel lugar, quizá más que la cantidad de pelotas que perdimos en esas profundidades.

Aquella fue la mañana de un día más de vacaciones, de esos que comienzan lento y que carecen de propósito. Luego del trajín del colegio, queda levantarse un poco más tarde, desayunar como siempre, aprisa, y salir a la calle solo “a ver qué sale”.

Soy mayor que mi hermano solo por dos años, pero ese tiempo y nuestras distintas formas de ser, fueron suficiente para que compartiéramos poco de niños. No fuimos los clásicos cómplices de travesuras —o de aventuras, que suena mejor—. Algo hicimos, pero fue poco.

A mi hermano, por alguna razón, le dieron ganas de sacarme de quicio, y tampoco fue que tuviera que hacer mucho esfuerzo. La paciencia, sobre todo en esa época, no se me daba bien.

Como obvio resultado, terminó mi hermano corriendo mientras yo le perseguía, sin tener ni la menor idea de lo que haría como venganza, porque así es como se corre cuando se es niño, sin mucho plan a futuro.

Fue extraño, pero no le alcancé. Quizá es que la mañana seguía lenta para mí.

Él, con poco tino, terminó refugiándose en el barranco.

Yo sabía que aquel no era lugar para correr y no nos pondría en riesgo, así que me quede frente al portón de casa viendo cómo se mofaba, ya no con lo mismo de antes, ahora se burlaba por no haberle alcanzado y por rendirme en la persecución.

Yo era más moreno que ahora, gracias al mucho sol que solía llevar, pero imagino que estaba rojo de coraje, que con la mirada era capaz de hacer daño a quien se atravesara (menos a mi hermano) y que, si los improperios hubieran dolido, mi hermano hubiese terminado desmayado por la paliza.

Cansado, o más bien harto, vi al suelo y tomé la única piedra que había cerca. Primero le amenacé y él se rió desde aquella trinchera de la cual solo asomaba la cabeza para reírse de mí y para retarme a que le lanzara la piedra.

Con destreza, lo que no suele definirme, comencé a analizar su ciclo. A calcular cada cuánto asomaba su rostro y cuánto tardaba diciendo de cosas, antes de ocultarse de nuevo.

Cuando estuve satisfecho del cálculo lo hice.

No recuerdo mucho cómo fueron mis movimientos para el lanzamiento, tengo borrada esa imagen, pero tengo muy claro ver la piedra desde el momento que abandonó mi mano.

Fue como verla en cámara lenta, dando vueltas sobre su propio eje y haciendo una curva perfecta que llevaba el destino deseado.

Llámenme exagerado, pero qué elegancia de lanzamiento fue aquel.

Claro que… el deseo de acertar terminó a medio camino. Enojado, como estaba, tampoco encontraba gusto en hacerle daño a mi hermano, y menos con una piedra.

Aún contemplando el lanzamiento, pensé en la improbabilidad de acertar.

Mi hermano había asomado la cabeza y seguía con su risa y sus burlas.

¡Acerté nomas!

Mi mal humor se desvaneció al instante, mi coraje cambió a preocupación y sus burlas me parecieron insignificantes.

Lo último que vi fue cómo desaparecía su cabeza tras el impacto y pensé lo peor, podía haberle hecho mucho daño, pero más me preocupaba que hubiera hecho que cayera al fondo del barranco.

Corrí, corrí y grité, esperando escucharle, pero nada.

Cuando llegué solo estaba agachado y se tomaba el rostro. Estaba a salvo.

Aquel día comprendí que no todo acierto sabe a victoria, que la impulsividad no suele ser buena idea y que hay momentos de gloria que jamás vuelven, porque nunca volví a acertar a nada, con la puntería de ese día.

Por cierto, cuando llegué le dije alterado y preocupado:

—¡Habláme! ¡Decí algo!

Y respondió:

—¡Hoy sí le voy a decir a mis papás!