Juguetes de madera

De lo que fuera su casa, un lugar no muy grande, pero bastante acogedor, que había conseguido a fuerza de trabajo y dedicación, quedaba una imagen de colores opacos, en donde el abandono era su principal protagonista. Hace ya muchos años se refugió en el sótano, lugar del que sale lo menos posible. Si uno tiene el valor y, por sobre todo, la agallas de un corazón duro, se le puede observar desde una pequeña ventana a nivel de suelo que, se dice, nunca voltea a ver.

Se casó como todos, con la ilusión de la felicidad eterna y de la dicha que agrega color a los caminos obscuros de la incertidumbre. Venía de luchar por hacer crecer un negocio que tenía en el centro de la ciudad, en donde su producto contrastaba con la modernidad que los tiempos ofrecían. Heredado el don de su papá, se dedicaba a trabajar la madera, específicamente juguetes que hacía a mano, con la paciencia del artista.

Nunca quiso invertir en maquinaria, su excusa era que en lo que recuperaba la inversión los juguetes de madera dejarían de tener mercado y terminaría con menos de lo que actualmente tenía y con máquinas viejas arrinconadas en casa.

Los juguetes ya no se vendían para niños, porque ahora los padres creen que un trozo de madera tallado ya no da la felicidad que antaño disfrutaban los pequeños. Se vendían sobre todo como curiosidades y adornos para aquellos nostálgicos que tuvieron padres con mejores creencias que los actuales.

Acordaron que pasarían los primeros cinco años de matrimonio dedicados al trabajo y al ahorro, para poder dar los primeros pagos de lo que convertirían en su hogar permanente. Lo que no acordaron fue que Regina, su esposa, muriera nueve meses después, en una sala de hospital, al momento de dar a luz.

La vida que se le fue en aquel instante, le volvió cuando tuvo en sus manos a la pequeña Regina, su hija, a quien no pudo nombrar de otra forma. Se aferró a ella con todas las fuerzas que le quedaron, convirtiéndola en el centro de su universo.

Se empeñó, como tantos, en hacer de aquel hogar de dos integrantes, un sitio acogedor e impecable, en el que reinara la alegría. Regina, como tantos, estaba convencida, a sus pocos años, que tenía el mejor papá del mundo.

Días después de celebrar su cumpleaños número diez, Regina enfermó.

La enfermedad fue fulminante, tanto que a él no le dio tiempo de quedar en bancarrota. Los doctores no supieron qué tenía. A las fiebres y dolores de cabeza, le sucedieron períodos de falta de lucidez. Regina balbuceaba sobre sus altas notas en el colegio, sobre su madre, sobre la casa de la pradera y sobre su mascota. Nunca tuvo ninguna de esas cosas.

Él solo se retiraba de su lado para buscar algo de ropa en casa, darse un baño apurado y bajaba aprisa al taller en su sótano, donde tomaba algún juguete y lo llevaba consigo, para regalarlo a su hija.

Al sexto día, recostado en la cama del hospital junto a Regina, sintió cómo esta le apretó la mano y sin abrir los ojos le dijo: “Papá, nunca dejes de hacer juguetes”.

Una lágrima recorrió su mejía mientras era testigo de cómo su hija exhalaba por última vez.

El juguetero del sótano, a quien ya solo se le conoce de esa forma, no tuvo a quién aferrarse en esta ocasión, así que se aferró a una promesa que nunca realizó.

Se encerró en el sótano de la casa, que ahora es del banco, porque dejó de pagarla, pero que por alguna razón no ha sido reclamada. Dedica casi todas sus horas a hacer juguetes de madera de buena calidad.

Él mismo sale en largas caminatas, hacha en mano, y regresa con madera, para encerrarse y trabajar. Cuando ha hecho una cantidad importante pone los juguetes en una caja y la deja enfrente de la casa, con un rótulo escrito en letra pequeña: “Son tuyos a cambio del dinero que quieras dejarme”.

Mi historia no es interesante como para que la relate, basta decir que terminé viviendo en la calle por malas decisiones y mi mal carácter. El hambre me enseñó a pedir dinero sin reparar en la vergüenza y el frío a preocuparme poco por el atuendo, despreocupándome por mi higiene.

Cuando junto unos pocos billetes y monedas llego a su casa a buscar alguna caja. Si la encuentro le dejo lo que tenga, que nunca es mucho. Luego vendo los juguetes en almacenes, tiendas de coleccionistas o jugueterías que insisten en abrir al público. Soy consciente de que saco bastante más de lo que pago por cada pieza.

Somos pocos quienes conocemos del juguetero del sótano, quien no tiene idea de lo mucho que dependemos de él.

En ocasiones, cuando no tengo dinero, vengo de noche y me quedo observando la tenue luz que sale del sótano de su vivienda, aterrado por pensar lo que pasaría conmigo si un día se va, si el banco le reclama la casa, si deja de dar casi regaladas sus creaciones o si de la nada olvidara la promesa que no hizo.

Debo decir que, con todo y lo fuerte que lo ha golpeado la vida, es un artista. Sus creaciones han mejorado de forma sustancial y no sé si esté planeando algo.

Todo lo que tengo son sus juguetes de madera y si el juguetero del sótano se va, no sabré a qué aferrarme para sobrevivir.