Juguetes de madera

De lo que fuera su casa, un lugar no muy grande, pero bastante acogedor, que había conseguido a fuerza de trabajo y dedicación, quedaba una imagen de colores opacos, en donde el abandono era su principal protagonista. Hace ya muchos años se refugió en el sótano, lugar del que sale lo menos posible. Si uno tiene el valor y, por sobre todo, la agallas de un corazón duro, se le puede observar desde una pequeña ventana a nivel de suelo que, se dice, nunca voltea a ver.

Se casó como todos, con la ilusión de la felicidad eterna y de la dicha que agrega color a los caminos obscuros de la incertidumbre. Venía de luchar por hacer crecer un negocio que tenía en el centro de la ciudad, en donde su producto contrastaba con la modernidad que los tiempos ofrecían. Heredado el don de su papá, se dedicaba a trabajar la madera, específicamente juguetes que hacía a mano, con la paciencia del artista.

Nunca quiso invertir en maquinaria, su excusa era que en lo que recuperaba la inversión los juguetes de madera dejarían de tener mercado y terminaría con menos de lo que actualmente tenía y con máquinas viejas arrinconadas en casa.

Los juguetes ya no se vendían para niños, porque ahora los padres creen que un trozo de madera tallado ya no da la felicidad que antaño disfrutaban los pequeños. Se vendían sobre todo como curiosidades y adornos para aquellos nostálgicos que tuvieron padres con mejores creencias que los actuales.

Acordaron que pasarían los primeros cinco años de matrimonio dedicados al trabajo y al ahorro, para poder dar los primeros pagos de lo que convertirían en su hogar permanente. Lo que no acordaron fue que Regina, su esposa, muriera nueve meses después, en una sala de hospital, al momento de dar a luz.

La vida que se le fue en aquel instante, le volvió cuando tuvo en sus manos a la pequeña Regina, su hija, a quien no pudo nombrar de otra forma. Se aferró a ella con todas las fuerzas que le quedaron, convirtiéndola en el centro de su universo.

Se empeñó, como tantos, en hacer de aquel hogar de dos integrantes, un sitio acogedor e impecable, en el que reinara la alegría. Regina, como tantos, estaba convencida, a sus pocos años, que tenía el mejor papá del mundo.

Días después de celebrar su cumpleaños número diez, Regina enfermó.

La enfermedad fue fulminante, tanto que a él no le dio tiempo de quedar en bancarrota. Los doctores no supieron qué tenía. A las fiebres y dolores de cabeza, le sucedieron períodos de falta de lucidez. Regina balbuceaba sobre sus altas notas en el colegio, sobre su madre, sobre la casa de la pradera y sobre su mascota. Nunca tuvo ninguna de esas cosas.

Él solo se retiraba de su lado para buscar algo de ropa en casa, darse un baño apurado y bajaba aprisa al taller en su sótano, donde tomaba algún juguete y lo llevaba consigo, para regalarlo a su hija.

Al sexto día, recostado en la cama del hospital junto a Regina, sintió cómo esta le apretó la mano y sin abrir los ojos le dijo: “Papá, nunca dejes de hacer juguetes”.

Una lágrima recorrió su mejía mientras era testigo de cómo su hija exhalaba por última vez.

El juguetero del sótano, a quien ya solo se le conoce de esa forma, no tuvo a quién aferrarse en esta ocasión, así que se aferró a una promesa que nunca realizó.

Se encerró en el sótano de la casa, que ahora es del banco, porque dejó de pagarla, pero que por alguna razón no ha sido reclamada. Dedica casi todas sus horas a hacer juguetes de madera de buena calidad.

Él mismo sale en largas caminatas, hacha en mano, y regresa con madera, para encerrarse y trabajar. Cuando ha hecho una cantidad importante pone los juguetes en una caja y la deja enfrente de la casa, con un rótulo escrito en letra pequeña: “Son tuyos a cambio del dinero que quieras dejarme”.

Mi historia no es interesante como para que la relate, basta decir que terminé viviendo en la calle por malas decisiones y mi mal carácter. El hambre me enseñó a pedir dinero sin reparar en la vergüenza y el frío a preocuparme poco por el atuendo, despreocupándome por mi higiene.

Cuando junto unos pocos billetes y monedas llego a su casa a buscar alguna caja. Si la encuentro le dejo lo que tenga, que nunca es mucho. Luego vendo los juguetes en almacenes, tiendas de coleccionistas o jugueterías que insisten en abrir al público. Soy consciente de que saco bastante más de lo que pago por cada pieza.

Somos pocos quienes conocemos del juguetero del sótano, quien no tiene idea de lo mucho que dependemos de él.

En ocasiones, cuando no tengo dinero, vengo de noche y me quedo observando la tenue luz que sale del sótano de su vivienda, aterrado por pensar lo que pasaría conmigo si un día se va, si el banco le reclama la casa, si deja de dar casi regaladas sus creaciones o si de la nada olvidara la promesa que no hizo.

Debo decir que, con todo y lo fuerte que lo ha golpeado la vida, es un artista. Sus creaciones han mejorado de forma sustancial y no sé si esté planeando algo.

Todo lo que tengo son sus juguetes de madera y si el juguetero del sótano se va, no sabré a qué aferrarme para sobrevivir.

La casa del abuelo

No tengo muchos recuerdos de él porque le gustaba vivir aislado. Según la abuela no siempre fue así, pero el abuelo, decía ella, se metió en unas cosas raras, convencido por sus lecturas, y se fue apartando de todos o más bien logró hacer que todos se fueran apartando de él.

Falleció la abuela, papá nunca quiso saber más de él y lo mismo con mis tíos y primos. Al abuelo le quedé yo porque soy curioso y siempre quise saber en qué andaba y entender su comportamiento.

La vida y las obligaciones que esta impone me alejaron bastante de él, pero me mantuve a cierta distancia. En los últimos años le he visto cada uno o dos meses, por un par de horas, que es lo que considero que un solitario entiende como su espacio. Además, digo ver porque hablar, hablábamos poco, casi solo de la noticia del día.

Su paso aún era firme, pero su mirada era una mezcla entre cansancio y ausencia. Mantenía el porte altivo, pienso que porque se obligaba a ver hacia arriba como si estuviese en la búsqueda de algo, a lo mejor de una salida.

Quiero creer que no le molestaba mi presencia, pero sospecho que me dio copia de las llaves de su casa y me dejaba entrar sin llamar a la puerta para que lo encontrase en caso de que muriera ahí, amarrado a su soledad.

Hace dos años el abuelo desapareció. Lo reporté a las autoridades y se lo mencioné a algunos familiares, pero nadie hizo mucho por encontrarle. Para el mundo era como si el abuelo hubiese dejado de existir hacía mucho.

En su casa no había indicios de que se hubiese marchado a voluntad, más allá de que todo estaba bien ordenado. En esa casa no había un objeto fuera de lugar, una prenda de ropa por lavar o algo que diese la sensación de abandono.

Yo seguí yendo a hacer las visitas de siempre, quizá movido por la costumbre, hasta que me llegó a agradar la sensación de soledad. Me gustaba ese momento para mí, rodeado de todo aquello tan ordenado, tan quedo, tan ajeno. Limpiaba un poco y hurgaba entre sus posesiones. Casi siempre tomaba libros que no leía, fotografías que poco me revelaban y cuadernos de notas de los que entendía poco más allá de frases cargadas de angustia y su deseo de escapar de esta vida, acaso por lo que él entendería como un camino espiritual.

No encontré un solo indicio de que el suicidio le pasase por la cabeza.

Hace unos meses encontré una extraña foto cuya imagen me pareció conocida. Era un pedazo de pared que se me hacía muy familiar. No tardé mucho tiempo en dar con el porqué de la familiaridad. Era de la misma casa del abuelo. La foto era como si estuviera tomada desde el ángulo de una cámara de vigilancia, en tono sepia.

Llamó mi atención por ser una foto que aportaba tan poco. La dejé sobre la mesa de centro de la sala de estar antes de marcharme.

Para la siguiente visita tomé de nuevo la foto en mis manos, pero la imagen había cambiado, ahora tomaba la imagen de uno de los pasillos. Era la misma foto, o al menos eso parecía. Fue hasta entonces que me percaté de que tenía una fecha posterior a la desaparición del abuelo.

Un error al fecharla y una mala jugada de mi mente fue la única conclusión a la que pude llegar, o la que quise creer, pues nadie más, según yo, tenía llave de aquel lugar. Creo que incluso nadie más lo conocía.

Anoté mi nombre en la parte posterior de la fotografía y la volví a dejar sobre la misma mesa, “por si acaso”.

Sé que no les será difícil deducir lo que pasó al día siguiente, porque mi intriga me obligó a llegar tan pronto como pude.

La fotografía en sepia estaba distinta y mi nombre seguía en ella.

Esa noche, aprovechando que era viernes, decidí quedarme en la casa del abuelo a dormir, con la foto a mi lado. Al amanecer había cambiado.

Días después me di cuenta de que la fotografía solo cambiaba si estaba en esa casa, luego de que la llevara conmigo para no tener que estar yendo cada poco a aquel inmueble.

Sé que pueden deducir cómo aquel objeto extraño se apoderó de mis pensamientos y de mis horas. Y sé que sabrán comprender que a las intrigas se las guarda por un tiempo, no se habla de ellas al instante ni con cualquiera, así que guardé todo aquello para mí.

Dediqué los días a buscar entre sus libros y sus notas tratando de encontrar entre todas sus rarezas alguna explicación. Aprovechaba cada oportunidad que tenía para ir ahí.

Todo aquello me abrumó hasta la semana pasada.

El martes pasado alcancé a ver una parte del abuelo en la fotografía, estaba de espaldas.

El miércoles pude completar su rostro por completo. Era una imagen del comedor. Él iba caminando, erguido como siempre, pero con el rostro taciturno.

Al día siguiente no estuvo, sin embargo el viernes estaba sentado en el sofá de la mesa de estar, viendo una fotografía. No estoy seguro, pero creo que alcancé a ver mi nombre escrito en ella.

Apareció después en otra habitación. Su rostro no es el de siempre. Yo le veo cansado, cargado, quizá harto. No logro estar seguro.

Unos días aparece, otros no. No siempre veo su rostro. Cuando lo logro me genera angustia. Un deseo desesperante por ayudarle.

La fotografía que hoy tengo en mis manos tiene el rostro de mi abuelo viendo directo a la cámara — o lo que sea que toma la imagen — . Yo lo veo mal. Quisiera poder hacer algo por él.

No obstante, sé que la soledad era lo que pregonaba, que estar aislado de todo era su más grande anhelo y que por todo esto fue por lo que tanto trabajó. No sé si necesita ayuda o alcanzó lo que tanto quería.

Llevo horas sin soltar la fotografía, no quiero que cambie.

No sé si debo romperla y quizá acabar con su sufrimiento o si debo olvidarme de todo esto y dejarle disfrutar su éxito.

Leaga debía morir – Nuevo libro

Nunca antes me entusiasmó tan poco la publicación de uno de mis libros. Llegó a mis manos el 22 de junio y solo verlo le desprecié. “Sos solo una compilación de historias contadas en un blog sin audiencia, con un formato decente, un título que dice poco y una portada que no se ve mal. Solo eso”.

Al principio lo esperé con ansia, pero el tiempo pasaba y pasaba y nomas no llegaba, porque la pandemia también se la toma contra los que publican libros y Amazon no considera esencial el trabajo de los escritores.

Para esa fecha el COVID-19 ya me había alcanzado y hacía estragos conmigo, no solo en lo físico, sino en lo mental: el miedo y la incertidumbre son inevitables para uno y por los de uno. De tal, terminé con un fuerte desgano por todo, un síntoma que me parece no está documentado.

Al libro lo tomaba, lo hojeaba, lo hallaba banal, lo tomaba de nuevo, lo ojeaba con poco interés y lo soltaba con desdén para abandonarlo por horas.

¡Qué raro es eso del coronavirus!

El otro día me lo encontré entra unas cosas que buscaba y el desdén ya no estaba. Me puse a leerlo y resulta que el libro se lee rápido, entretiene y me gustaron sus historias, pero puede ser que opine así porque yo las escribí.

Luego decidí que era importante tratar de convencerles de que vale la pena que dediquen algo de su tiempo para leerme y acá estoy, haciendo un pésimo trabajo por convencerles. Yo, al menos, con esta presentación no leería nada, pero no dudo que ustedes tienen mejor juicio que yo.

Así pues mi séptimo libro, al que ya quiero, está en Amazon en formato físico, que tarda mucho en llegar, y en formato electrónico que llega muy rápido, pero por ambos hay que pagar y eso siempre es una inversión arriesgada.

Hay menos riesgo si alguien me escribe y se lo mando gratis, en formato PDF, MOBI o EPUB. Yo me iría por esta opción, después de todo no hay obligación financiera por leer algo que no costó un centavo y el texto puede quedarse por ahí, olvidado.

Leaga debía morir es el cuento inédito que da nombre al libro. Y da cuenta del deber y el compromiso.

Qué debemos y a quién.

Quién nos obliga y por qué.

Yo por lo pronto ya escribí el artículo que sentí el deber de crear.

Gracias por leer… al menos este texto.

Veinticinco

A Ernesto se le podía encontrar en dos lugares. En una mesa de madera rústica sobre la cual descansaba una vieja máquina de escribir, en la que se pasaba las horas creando historias, o parado junto a la ventana, desde donde veía el mundo de fuera, ese al que quería conquistar con sus letras, pero del que huía y renegaba.

La casa era una pequeña, abandonada y pobre construcción de dos ambientes, que apenas daba para su cama, la mesa donde escribía y comía y algunas cosas que hacían las veces de cocina. Según Ernesto, que ya ronda los 59 años, no necesita más.

Fue a los veinte años, la edad de la ilusión, en la que decidió que se dedicaría a las letras. Luego de muchos intentos terminó un manuscrito y lo envió a varias editoriales. Ninguna decidió publicarle y solo una tuvo la gentileza de escribir y enviarle su rechazo.

La carta corta, amable y de buen gusto, le invitaba a seguir trabajando y mejorando, tras notificarle que no le consideraban listo para convertirse en autor.

El rechazo le destrozó, sobre todo porque a esa edad las cosas siempre duelen más.

Su hermana, siete años mayor, era quien se hacía cargo de él, luego de que el padre de familia les abandonara y desapareciera y la madre muriera sobre la cama de un quirófano.

Fue como a las dos semanas, cansada de verle sufrir, que le sentó y hablaron con seriedad de la escritura y de lo que implicaba dedicarse a ella.

Aquello se convirtió en un toma y daca interesante, en donde ambas partes estaban convencidas de tener la razón, pero a la vez querían condescender con el otro. Marián entendía la ilusión y el deseo de su hermano, pero le preocupaba su futuro, en especial el financiero. Ernesto, por su lado, quería dedicarse a aquello que tanto amaba, pero no quería ser una carga para su hermana.

— Tengo una idea — dijo finalmente Ernesto— Que sean los rechazos editoriales los que determinen mi futuro.

— ¿A qué te refieres?

— Has visto la carta que he recibido de la editorial.

— La del rechazo, sí.

— Pues que sean veinticinco.

— ¿Veinticinco qué?

— Veinticinco rechazos. Si no me han publicado, en el momento en que reciba mi carta de rechazo número veinticinco, abandono la escritura y me dedico a trabajar en lo que sea, para ayudarte al menos con mis gastos, hasta que pueda vivir por mi cuenta.

Marián sonrió.

— Lo digo en serio. Creo que es justo — insistió Ernesto.

— De acuerdo, pero… ¿veinticinco? Es mucho.

— Es lo justo. Por cada intento que realice puedo recibir entre una y cinco cartas. Podría terminar mi carrera casi al comenzarla.

— Está bien, pero… tienes que prometer que no lo dejarás de intentar.

— ¡Lo prometo! Y tú promete que serás leal a tu palabra.

— Veinticinco ¡Lo prometo!

Así quedó sellado su futuro.

Los años pasaron y la producción de Ernesto era inmensa, pero las cartas de rechazo aparecían muy poco. Atrás habían quedado los tiempos en que, con alarde de buenos modales, las editoriales se daban a la tarea de opinar y comentar sobre los trabajos que no estaban dispuestos a publicar.

Marián, que había seguido un camino más tradicional en su vida, ya contaba con esposo e hijos y se vio obligada a buscar un lugar para Ernesto, luego de que su esposo le diera un ultimátum, cuando el escritor cumplió los treinta.

Tras unas semanas de búsqueda, consiguió en alquiler la vivienda sencilla de dos ambientes, que fue lo que le alcanzó a pagar.

Desde entonces ella llega todos los viernes a visitar a Ernesto, a quien suele encontrar en la mesa, escribiendo, sin importar la hora a la que llegue. Le lleva víveres, productos de higiene, hojas en blanco y suministros para su máquina de escribir. Ordena un poco la cocina, que nunca está tan mal y le prepara una buena comida a su hermano. La única buena comida que tiene a la semana. Ernesto es muy práctico y solo piensa en escribir, para él lo de comer y dormir es más bien una pérdida de tiempo.

En cada visita conversan, sobre todo, de lo que Ernesto ha escrito, del papel de las editoriales y de la esperanza que tiene en el nuevo trabajo que está desarrollando. Cuando éste trata de tocar el tema de lo injusto que ha sido todo para Marián, ella la interrumpe y le dice que un trato es un trato y cambia la conversación.

De tanto en tanto Ernesto le entrega un sobre con un manuscrito dentro y con la dirección de su casa muy clara, por si la editorial decide escribirle un rechazo. Marián se lo lleva y se encarga de enviarla a las editoriales.

Hace siete años Ernesto, con lágrimas en los ojos, le mostró una carta de rechazo que llegó de una pequeña editorial que apenas tiene publicaciones. Con decoro le decían que no tenía el talento necesario para ser tomado en cuenta. Al escritor no le dolieron las palabras, sino el hecho de que aquella fuera la carta número veinticuatro que recibía. Esa misma tarde, sin poder evitar que le temblaran las manos, ni borrar la cara de miedo, entregó otro manuscrito a su hermana. Quizá es el rechazo veinticinco, le dijo, intentando una broma que a ninguno hizo reír.

Marián, como siempre, lavó los platos y cuando terminaron de compartir un café, se puso de pie y se despidió de su hermano, por quien sentía tanto amor como pena.

Contrario a lo que hacía siempre, quizá movido por la tristeza o el miedo, se dirigió a la ventana y vio a su hermana alejarse. Sobre la banqueta de la calle contraria vio cómo su hermana, pensando que no era observada, arrojaba el sobre con el manuscrito a la basura.

A Ernesto se le derrumbó el mundo pequeño que tenía para sí, al ver cómo su hermana se rendía con él. Tras la tristeza vino el desconsuelo y luego la ira. Fueron días duros, pero para la siguiente visita había comprendido que lo que Marián procuraba era mantener viva la ilusión de su hermano para siempre.

Desde entonces ambos mantienen la misma rutina y conversan sobre la falta de ética de las editoriales, de no poder mandar una carta de rechazo, que mucho trabajo no ha de dar.

Ernesto no ha dejado de escribir. Sigue creando historias, cuentos y novelas que ahora guarda para sí. En el sobre que entrega mete cualquier escrito viejo, hojas con palabras escritas porque sí y sin sentido o incluso hojas en blanco.

El escritor, a pesar de entender la buena intención de su hermana, sigue muriendo un poco más, cada que se asoma a la ventana y ve a Marián arrojar el nuevo sobre, siempre en el mismo bote de basura.

Una hora al día

Sostenía mi padre que uno va muriendo una hora cada día. No lo decía como ocurrencia sino más bien con cierta insistencia. Siendo que era un hombre dado a la formalidad y a lo tradicional, a todos parecía bien dejarle pasar una excentricidad como esa, sin indagar mucho en sus motivos.

Cada que mencionaba la frase yo, por compasión o por curiosidad, le preguntaba a qué se refería. El rostro se le descomponía, hablaba lento y no decía casi nada. Era como si en el momento que quisiera explicar, se le perdieran las palabras. Entendiendo que sufría dejé de preguntarle y fui testigo de cómo a papá lo iba envolviendo la soledad… o la ausencia, no lo tuve claro.

Cuando su estado físico empeoró le llevamos con médicos. El único que se atrevió a decir algo fue un doctor entrado en edad, que se ufanaba de saber más por la experiencia que por los libros. “Diría que su papá está muriendo de miedo”, fue su diagnóstico.

Terminó por encerrarse en su habitación. Tenía la fuerza necesaria para moverse, pero fue como si renunciara a ello. No se movía más de lo necesario y pasaba sus horas sentado en una silla o acostado en cama, siempre con la vista perdida.

Le visitaba unas dos o tres veces por semana. Entraba a su habitación, me sentaba y le veía. Algunas veces le contaba algo, pero él no escuchaba o no quería escuchar. Otras pocas veces era él quien hablaba, sin decir más de una o dos frases que no hacían sentido: “Será pronto”, “Ya llegó”, “Es detestable y huele mal”, “Es muy, muy lento”, “Es una cosa horrible”, “Son siete días”.

Un día antes de que muriera le visité. “Me dejará sin respirar”, me dijo y agregó: “Tú serás el siguiente. Es un proceso lento y desesperante. Lamento que te tocara, no fue mi culpa. Sé más fuerte que yo. Se muere una hora por día, todos los días”.

Papá murió con pánico en su rostro. Quizá coincidencia con el doctor.

Comenté con la familia lo último que me había dicho y todos acordamos que había perdido la razón.

Más allá de su ausencia, su muerte relajó a la familia. Le sabíamos sufriendo y la idea de su descanso nos hizo bien.

Mis siguientes días pasaron sin más novedad que tener que contar a una que otra persona que papá había muerto y recibir de otros el pésame que nace de la obligación.

Una tarde, siete días después de que murió papá, me encontraba en un restaurante con unos amigos. Celebrábamos un proyecto que habíamos cerrado por la mañana y entre risas y bebidas, se nos pasaron los minutos.

Fue en punto de las cuatro y cincuenta y siete minutos. En un instante me encontraba en un cuarto de paredes blancas, muy iluminado, sentado en un sofá, con los brazos sobre los descansabrazos sin poder mover más que el cuello para ver en distintos ángulos. Tampoco podía hablar. Frente a mí, hacia la derecha, estaba una puerta abierta tras la que solo alcanzaba a ver y a adivinar obscuridad total. Justo frente a mí, colgado de la pared, un reloj que marcaba la hora y que avanzaba a velocidad normal, por eso supe la hora. No había nada más.

Silencio, mucho silencio. Silencio y el andar del reloj.

Cuando el reloj marco las cinco y cincuenta y siete, estuve de vuelta en la mesa, en el restaurante, con mis amigos, en la misma charla. No perdí nada. Era justo la hora en que había desaparecido. Fue como si nunca me hubiera ido.

Por supuesto, mi primera reacción, fue creer que aquello lo había imaginado, que mi mente jugaba conmigo, que acaso el recuerdo de las palabras de mi padre me afectaba de alguna manera. Incluso a la noche, cuando estuve solo, me afligí pensando que quizá terminaría enfermo como él.

Al día siguiente para las cuatro y cincuenta y siente, estaba en la oficina, y de nuevo me fui por una hora. Regresé y todo estaba igual.

Así pasaron semanas. Terminé por aceptar que mis días en realidad eran de veinticinco horas y que una de ellas era de ausencia y silencio.

Claro que me asustaba, me asustaban las tardes, me asustaba la hora, me asustaba no regresar más, pero de a poco fui aprendiendo a vivir con aquello.

Otra tarde, la misma hora y de vuelta al cuarto que no me permite moverme. Hubo silencio, pero fue interrumpido. Escuché algo. Algo que se movía, pero no supe qué era. Fue un ruido largo, muy largo. Terminó la hora y regresé.

Al día siguiente, cuando volví a la habitación iluminada, continuó el ruido y así por varios días… semanas. Mi cerebro estaba que explotaba, necesitaba entender, interpretar. Hasta que como en una revelación repentina lo entendí. Junté los sonidos de todo lo que había escuchado y creí identificar lo que pasaba. El ruido pertenecía a alguien que se estuviera poniendo de pie. Alguien que cargara con muchas cosas encima. Alguien que yaciera en la obscuridad aletargado. Era eso. Tenía que ser eso o un juego muy maldito de mi mente que me hacía entender todo aquello con tanta claridad.

Para entonces la hora diaria que tenía que pasar en aquella habitación me daba miedo. Entendí que no estaba solo.

Tiempo después alcancé a deducir un bostezo. Tardó semanas en terminar, pero estaba claro. Algo dormía y despertó. Algo que se movía lento, muy lento.

Mi día a día se fue alterando. Los nervios los tenía a flor de piel. Me fui alejando de la gente. Procuraba estar siempre solo para las cuatro y cincuenta y siete de la tarde.

Lo siguiente que deduje de los ruidos es que aquello daba pasos. Un solo paso duraba días y días, pero estaba claro para mí, era un paso, un paso de algo que arrastraba cosas. También entendí que respiraba. Su respiración era fuerte, como la respiración de alguien que hace mucho esfuerzo o de alguien que está entusiasmado.

Terminé por perder mi trabajo. Comencé a vivir de lo que tenía ahorrado y eventualmente me mudé a casa de mamá. Ahora duermo y me mantengo en el cuarto que ocupaba mi papá. Paso los días a media luz, sin hacer la cama, esperando la hora deseando que no llegue. No me lo dicen pero todos creen que tengo la misma enfermedad que él. Mamá llora mucho.

Ya han pasado años. Quiero explicarles lo que me pasa, pero no sé cómo.

No sé explicarles que cada tarde, en punto de las cuatro y cincuenta y siete, me transporto a un sofá en una habitación iluminada, en donde no puedo mover más que el cuello. Una habitación en donde todo pasa lento, muy lento y que en la puerta que está enfrente ahora alcanzo a ver los dedos de una mano arrugada que se asoma, la piel es verde y las uñas largas, como toda mano presta a hacer daño. No sé decirles que por encima de ella ha aparecido ladeada la mitad de la cabeza de un ser horrible y despreciable, cuyo único ojo que alcanzo a ver me ve con odio, con burla y con deseo de causarme dolor. No sé cómo decirles que es como si todos los días tuviera que contemplar una horrible fotografía que me da pánico y qué tal foto cambia muy poco a poco, que pasan días para que lo note, pero que cambia con mi destino en sus manos. Cómo decirles que sé que vendrá por mí, que acabará con mi vida y que me ha estado matando de miedo todos los días, por una hora en cada uno de ellos.

Detesto su olor nauseabundo y odio su lento mover. Paso el día imaginando el momento en que me ponga una mano encima. Pienso en todo el tiempo que pasará para que use su fuerza o lo que sea que vaya a hacer conmigo. A papá le cortó la respiración, pero no me dijo de qué forma.

Ya son las cuatro y cincuenta. En unos minutos me toca ir a morir otra hora, pero hay algo que me inquieta: ¿cómo supo papá que yo era el siguiente?

La cueva

Fue en mi cumpleaños número diecisiete. Mis papás habían organizado la celebración en casa y a regañadientes invité a mis amigos, no sin dejar de ser objeto de la burla de todos ellos que, lo acepto, merecía.

Familiares, amigos y conocidos almorzamos, comimos pastel luego de que soplara las velas, abrí los regalos, de los que ninguno me emocionó y, con molestia de mis padres, les abandoné, seguido por mis amigos. En el grupo éramos siete hombres de toda la vida y más adelante se nos habían sumado Marcela y Carolina.

Los nueve salimos sin un rumbo fijado.

Tras unas cuadras caminadas, Manuel hizo memoria de cuando solíamos bajar al barranco en nuestras expediciones hacia lo desconocido. Marcela, que igual que Carolina, nunca fueron, insistió en que hiciéramos una en ese mismo momento. Como no encontramos un buen argumento en contra, aceptamos.

Seguro que la imagen resultaba graciosa: nueve jovencitos, vestidos para fiesta, caminando entre matorrales, árboles, tierra, lodo y precipitaciones. Aquel no era un lugar particularmente peligroso, pero su riesgo sí que tenía.

No anduvimos por caminos hechos. Intentamos senderos propios. Era como si todos hubiéramos acordado, sin hacerlo, que una buena aventura tenía como requisito que nos perdiéramos.

Cuando la tarde estaba por ocultarse, decidimos descansar. Manuel andaba cigarros y a los nueve se nos hizo el momento ideal para inhalar humo, incluso a Rafael, que no perdía oportunidad para echarnos en cara lo estúpidos que éramos al hacernos daño porque sí.

Fue un momento maravilloso, casi épico en nuestras cortas vidas. Yo pensaba en la amistad que nos llevaba hasta ese lugar, hasta ese momento, en donde ni siquiera era necesario decir palabra.

El silencio fue interrumpido por los gritos de Gabriel, quien nos llamaba con prisa.

Corrimos todos guiados por el sonido de su voz. Lo encontramos frente a la entrada de una cueva que se plantaba delante de nosotros, firme, retadora y obscura.

No tuvimos que decir nada, todos supimos que teníamos que entrar.

Ya a los pocos metros la obscuridad nos abrazó. Fue como si nos abrazara por la espalda, respirando en nuestro cuello el miedo que terminaría por invadirnos. Caminábamos a tientas, aferrados a las paredes hasta que fue imposible distinguir nada. Manuel sacó su encendedor para alumbrar. Por unos segundos pudimos ver hacia dónde íbamos y luego de nuevo obscuridad. El encendedor se calentaba y Manuel tenía que apagarlo.

Así seguimos caminando sin encontrar nada más que la sensación de estar en donde no teníamos que estar. Igual seguimos hasta que Manuel encendió su encendedor una vez más y Julián notó algo sobre la pared. Nos acercamos y era una vieja antorcha, colgada a propósito en su base de hierro. Parecía que aún podía prenderse y Manuel lo intentó. En efecto el lugar quedó iluminado y pudimos ver la nada que nos rodeaba.

Nada.

Nada y nada más.

Solo estaba la antorcha que iluminaba el recinto.

Ahora veíamos claro el sendero por donde veníamos y uno hacia donde podíamos continuar.

Era necesario decidir.

Rafael sugirió que siguiéramos, que aquel no podía ser un lugar tan grande y que debíamos terminar lo que habíamos empezado.

Raúl dijo que aquello era suficiente como aventura y que más valía regresar por un camino que ya sabíamos seguro, a sabiendas de que afuera era la noche la que nos esperaba y aún teníamos un buen trayecto por caminar.

Raúl ganó por siete votos a dos.

Antes de salir Marcela insistió en que aquello no podía ser una caminata y ya. Que debíamos hacer algo que hiciera de ese día una experiencia para toda la vida. Sugirió que todos los años, por la misma fecha, regresáramos los nueve a encender la antorchar. Aquel simbolismo se ganó el aplauso de todos y quedó hecho el trato. Todos los años regresaríamos.

Dos semanas después Manuel murió de insuficiencia pulmonar.

Todos lo resentimos, pero decidimos que aquello no podía alejarnos y que más bien nos tenía que mantener unidos.

En todo el año nadie mencionó la cueva, hasta que Marcela habló con todos. Acordamos que iríamos el fin de semana luego de mi cumpleaños, y que lo haríamos en honor a Manuel.

El camino ya no fue difícil, se nos hizo familiar, e íbamos preparados con linternas y bebidas. Llegamos pronto hasta la antorcha que seguía ahí, apagada, pero como esperando por nosotros.

El momento fue emotivo. Guardamos silencio y fue Oscar, quien era el más cercano a Manuel, el que se puso al frente y encendió la antorcha.

La solemnidad, que nos salió de forma natural, nos conmovió a todos. Casi todos lloramos.

Alrededor de un mes y medio después, un automovilista perdió el control de su vehículo y pasó encima de Oscar y de su bicicleta. Su muerde fue inmediata, dijeron los paramédicos.

Dolidos y estupefactos, no dábamos crédito a aquellas dos tragedias y en tan poco tiempo. Estábamos de acuerdo en que no era algo común en un grupo de amigos de nuestra edad.

Para el siguiente año ya solo fuimos siete a la cueva. Llevamos fotos de Manuel y de Oscar, que dejamos al pie de la antorcha. Hicimos silencio, lloramos y ahora fue Raúl quien quiso encender el fuego.

Los siete que estábamos nos sentimos más unidos que nunca.

De Raúl nos despedimos tres semanas después, luego de que quisiera intervenir en un asalto que presenció. El asaltante soltó un tiro y le atravesó el hígado.

Hasta entonces lo vimos. Todos lo vimos con claridad.

Hablamos en el funeral de Raúl. No había duda de que quien encendiera la antorcha sería el próximo. Estaba claro para todos menos para Rafael, quien dijo que él sería el siguiente, si le acompañábamos. Solo Julián y yo aceptamos.

Al año siguiente fuimos solo los tres. No hubo ceremonia, pero sí dejamos la foto de Raúl junto a las otras, que se conservaban bien para estar en aquel ambiente.

Rafael encendió la antorcha y salimos de ahí.

Tres días enteros vomitando por lo que parecía una infección severa. Los doctores no llegaron a determinar la causa. Treinta y tres días fue todo lo que duró Rafael.

Por la circunstancia extraña y el miedo, los cinco comenzamos a separarnos. Para entonces ya teníamos como pretexto el estudio o el trabajo. Sin embargo mantenía comunicación constante con Marcela, quien procuraba hablar con todos, empecinada en que el grupo no terminara por disolverse.

Carolina y Julián se casaron. Nos vimos en la boda. Resulta que ya eramos adultos. Creo que fue la última vez que estuvimos juntos.

Años después Carolina moría en un accidente de tránsito al filo de la medianoche. Venía de una fiesta con sus amigas. Semanas antes le contó a Marcela que las cosas con Julián no funcionaban, que quizá la falta de un hijo les hacía sentir incompletos. Cansada de aquello, fue a la cueva sola, encendió la antorcha, dejó una foto de Rafael y se dedicó a rumbear sin descanso.

A Marcela le pesaba cada vez más la culpa. Si no hubiera sugerido que regresáramos cada año, se decía, todo aquello no hubiera pasado. Quizá por la misma culpa le contó a Julián la confesión de Carolina, quien, enamorado como estaba, fue a encender la antorcha y a dejar la foto de ella. Pensamos que quizá como no había pasado el año la cadena se rompería… pero no.

Julián nos contó que en la cueva había encontrado cinco fotografías. La foto de Gabriel también estaba ahí.

Averiguamos y la familia nos contó que hacía más de dos años que no sabían nada de él. Que se habían cansado de buscar y que le habían dado por muerto. Incluso Marcela le había perdido la pista, pero como no era una muerte, no le dio importancia. Hicimos un paupérrimo intento por encontrarle en Internet y por redes sociales, sabiendo que había decidido quitarse la vida y que dejar su foto en la cueva era la manera de contarnos que había sido su decisión.

Julián murió en su cama. Un paro cardíaco por una afección que padecía desde pequeño, que no fue detectada, dijeron los doctores.

Marcela terminó destruida. Se convenció de que todas aquellas tragedias habían sido culpa suya. Los siguientes meses se comieron sus deseos por vivir. La vi envejecer en un santiamén. Aquella alma amargada me dejó una nota:

Me voy. Me voy para librar la culpa. Me voy como pago de una deuda. Ojalá mi muerte recuperara la vida de los otros. Me voy porque es mi turno. Así lo veo. Así lo creo. Me voy de la forma en que debo irme. Me falta valor para arrebatarme la vida por mí misma y romper el ciclo. Voy a la cueva a encender la antorcha y ya no sabrás de mí. Quizá tome algunas semanas, pero no te quiero a mi lado mientras esté condenada a morir. Quiero cargar con este dolor por los días que me queden. Quiero que ese dolor me dañe, que me carcoma, quiero pagar lo que es justo.

Al día siguiente de recibir la nota, encontraron un cuerpo al fondo del río. Marcela se había arrojado.

Ha pasado justo un año desde que Marcela se quitó la vida. Hoy día me pregunto cómo se consigue tanto deseo por abandonar la vida a los 31 años. De dónde se saca la prisa porque todo termine. Cómo es que siendo tan joven alguien se puede sentir tan viejo, tan cansado. Cómo se hace para alcanzar a tan corta edad la idea de que la vida no vale la pena.

Estoy de pie en aquel lugar donde los nueve fumamos juntos, sin decir palabra. Acabo de salir de la cueva. Tuve que venir porque Marcela no mencionó en la nota si había dejado su fotografía. Encendí la antorcha y comprobé que, en efecto, faltaba.

Ahora estamos los nueve. He dejado la mía junto a la de ella.

Hoja en blanco

Enfrentar la página en blanco con teclado es la peor de las experiencias.

No hay fluidez. Se echa de menos los tachones, no existen las flechas, no hay saltos de espacio drásticos.

Se pierde el desorden propio de la creación, del bosquejo que nace del sinsentido y que se desarrolla en la incógnita.

Desaparece la letra mal escrita por la premura de que la idea no se escape.

No hay nada como trazar y eliminar lo escrito dejando evidencia. Nada como detener el lápiz en alto mientras se medita en lo escrito, en el absurdo, en la nada sin forma que yace frente a uno.

No está la sensación de voltear la página, ya para olvidar lo escrito, ya para desarrollar con fluidez.

No hay como crear un dibujo sencillo, que no esté en nada relacionado con las ideas plasmadas en tinta.

No queda la memoria en retazos de un trabajo hecho o al menos de su intento.

No quedan las frases al azar, las oraciones inconclusas, los inicios faltos de gracia, que serán las anécdotas de tiempos futuros, cuando se vuelve sobre los cuadernos de notas atorados de ilusiones de lo que pudo ser una historia, un ensayo, una novela o un escrito cualquiera.

A la hoja en blanco no se la enfrenta con teclado, porque la hoja en blanco demanda una forma.

Así ha sido. Así debería seguir siendo.

Cariño

A García me lo topaba frecuentemente en la cafetería de la oficina, a la hora de la refacción. Si tuviera que describirlo diría que era una persona apagada, alguien quien respira porque no tenía más opción. No se relacionaba con nadie, pero de a poco me comenzó a hacer gestos de saludo y sin darnos cuenta un día estábamos hablando del clima y del trabajo, que siempre abunda. Pura verborrea sin sentido.

Hace unas semanas le noté inquieto, y es que a García se le notaba fácil, porque nunca se le movía un pelo. Era como si nadie le hubiese presentado las emociones, como si le fueran ajenas.

Su notoria inquietud era algo que no me importaba, pero igual le pregunté y me contó una historia:

“Desde hace seis semanas me pasa algo extraño. Los viernes por la mañana siempre hay un sobre en mi buzón. Antes de salir para el trabajo paso por él. Todo lo que hay dentro es una hoja pequeña con una palabra. La primera decía “Compañerismo”. Aparte de lo curioso de una carta así, no le presté mayor importancia, creyendo que se habrían equivocado de dirección. Hasta ahí nada extraño, pero hay un pero enorme.

Ese día, contrario a como ha sido toda mi vida, la gente fue compañera conmigo, es decir, alguien detuvo la puerta para que pasara, me saludaron, en una reunión me ofrecieron café y hasta me preguntaron cuánto de azúcar. Alguien me dijo que me veía cansado, que seguro no estaba descansando bien. Sé que no es cosa de otro mundo, pero a mí eso nunca me pasa, así que fue un día particular.

Claro, no vi la relación entre la carta y mi día sino hasta el viernes siguiente. Recibí otra carta. Esta tenía escrita la palabra “Educación” y, en efecto, como habrás deducido ya, ese día todos fueron educados conmigo. Me dejaban pasar primero, me trataban de forma amable. Hasta los correos electrónicos que recibía iban con un formalismo más allá de lo normal.

Eso se ha repetido una y otra vez, cada viernes desde entonces. Aparte de las que te mencioné he recibido las palabras cuidado, ameno y hoy recibí la palabra atención, y acá estás vos, diciendo que me ves inquieto y queriendo saber qué me pasa. ¿Ves? Estás siendo atento.”

No le tenía la confianza para decirle que no le creía o que exageraba, así que solo asentí y puse rostro de consternado.

— ¿Qué o quién crees que sea? —le pregunté.

—No lo sé, ni me importa. Pensé quedarme a velar para ver llegar el sobre, pero todo esto tiene su encanto y me da curiosidad. ¿Por qué iba a querer arruinarlo?

Cuando dejó de hablar entró Gertrudis a la cafetería, se dirigió a García y le dijo: “Que maravilla de correo la que enviaste a producción, me fijé en cada punto y cada coma que utilizaste. El énfasis quedó perfecto. ¡Buen trabajo!”. Y se marchó.

García me volteó a ver con ojos de: ¿Ves?

En efecto, nunca había visto a nadie siquiera hablar con él.

—Ya me pasó temprano y si me siguieras te darías cuenta de que todo el día será así. La gente será atenta —me dijo.

No dije nada.

—¿Te confieso algo? —insistió— Cansa. No estoy acostumbrado al buen trato de la gente. Sigo esperando que en el sobre aparezca alguna palabra menos exhausta, tipo enojo, indiferencia, rencor, pero nada. Con ellas podría lidiar mejor.

Los siguientes días transcurrieron como si nada. Nuestra dinámica fue la de siempre. Aunque en realidad yo disimulaba mi ansia porque llegara el viernes y averiguar con qué salía para entonces.

Ese día, al llegar a mi escritorio, me puse a revisar los correos. Había uno de García que decía:

Nunca recibí afectos y me acostumbré a ello. Nunca nadie tuvo muestras de amor o de interés por mí y así mis días transcurrían tranquilos, sin altibajos que me alteraran. Nunca nadie tuvo un gesto más allá de la cordialidad de la que el ser humano debe vivir rodeado y eso funcionaba para mí. Hoy recibí una carta y la palabra escrita es “Cariño”, y no, yo no puedo con eso, no sé reaccionar a eso, no sé tratarlo, no sé cargarlo. No lo quiero, no lo pedí. No quiero una sola muestra de amor, en cualquiera de sus variables. Esto no es para mí.

García no se presentó a trabajar y no supimos de él en toda la semana. Pocos se dieron cuenta de su ausencia, de hecho se enteraron porque Recursos Humanos hizo un comunicado hablando de su extraña desaparición, a la que no llamaron así, y decían que se solidarizaba con los compañeros de trabajo y demás palabrería que no hizo mella en nadie.

Averigüé en el sistema su dirección. El jueves por la noche pasé por su casa. Todo estaba apagado y el buzón, vacío.

A la mañana siguiente pasé de nuevo, antes de ir para mi trabajo. Primero llamé a su puerta. No había nadie. Luego abrí el buzón y tomé el sobre.

Antes de salir de mi casa vi en la prensa que habían rescatado un cuerpo del río. Estaba sin identificar, pero yo no tenía duda. García se habría quitado la vida.

Ya en el auto abrí el sobre y ahí estaba la palabra. Decía “Felicidad”.

Mi día fue normal. Nada se alteró y nada me dio felicidad. Ni ese viernes, ni nunca. Seguí buscando cada viernes pero no aparecieron más sobres en el buzón de García.

Hoy día sigo siendo infeliz.

¡Eres un idiota García! ¡Eres un idiota!

Caminata nocturna

Me encontraba caminando a eso de las tres de la mañana por las calles abandonadas de mi barrio. Venía de reunirme y pasarla bien con unos amigos. También venía de perder todo el dinero que me quedaba para terminar el mes. ¡Maldito diez de espadas!

A pesar del alcohol, que se adueñaba de parte de mi funcionar físico, mi mente iba preocupada porque no tenía idea de cómo haría para alcanzar el fin de mes.
Creo que lloraba. No estoy seguro.

Trataba de convencerme de que ya antes había estado en estos apuros y de que ya más bien esto era un hábito, pero es que siempre es humillante tener que recurrir a pedir ayuda a la gente, porque pesa en el “Mi vida va de maravilla” que todos deseamos presumir.

Fue entonces que vi cómo una porción del viento tomaba forma y se apresuraba a correr, pasando frente a mí. Apenas pude verle. La figura desaparecía cuando intentaba seguirla con la vista. Di tres pasos más y de nuevo pasó frente a mí. Su velocidad era vertiginosa, pero alcancé a ver que sí era alguien que corría frente a mí.

Ocurrió una vez más. Esa vez me rodeó, siempre a gran velocidad. Dio tres vueltas a mi alrededor y desapareció hacia mi derecha.

Dejé de caminar, ya no pude, el miedo no me lo permitía. Solo esperaba.

Entonces la forma, a la distancia, se hizo más grande. La vi correr aprisa directo hacia mí. Vi sus ojos, era toda la maldad en una mirada. Venía por mí. Me haría daño. Me atacaría y yo no tendría ninguna oportunidad… pero tropezó.

Le vi trastabillar. Con sus manos intentaba no dar de lleno con el suelo. Sus pasos eran descompuestos, asincrónicos. Ahora sus movimientos eran como en cámara lenta. Escuché el gemido como de quien siente el dolor antes de tiempo. El ser, ahora desarticulado, terminó por caer de bruces, con el rostro enterrado y las articulaciones en una posición nada decorosa.

¡Qué carcajada! No recuerdo la última vez que reí así. Me dolió el estómago. Terminé sentado en el suelo gimoteando de risa.

Se puso de pie y su aspecto era por demás desagradable. Su rostro era como de quien carga un dolor muy grande encima. Me hizo pensar en su mirada de antes, como si se librara de su peso al atacarme. Ahora se veía devastado.

A pesar de su esfuerzo, soltó una risa que creció y creció.

Ahí estábamos los dos, en una calle solitaria, riendo a carcajadas el infortunio de uno de los dos, y no era el mío.

Se incorporó y se acercó con paso lento. Mi miedo había desaparecido. Ha de ser que uno tiene la idea de que no se hace daño a aquel con quien se comparten carcajadas.

Se sentó a la par mía y me vio como sin saber por dónde iniciar la conversación. Yo quería preguntar que qué era él, pero no encontraba la forma. No vale la pena enojar a alguien tan mal encarado, rápido y capaz de aquel papel de malo.

—Ya deberías estar muerto —Fue la primera frase que soltó—. Soy un demonio y vengo por tu alma —agregó con calma.

Tuve problema en articular alguna frase.

—Tranquilízate, ya arruiné el show —insistió.

En realidad intenté tranquilizarme.

—¿Qué show?

—Mi trabajo…

Hizo una pausa.

—… Más bien, mi condena, que es dedicarme a recoger las almas de la gente para llevarlas al infierno. Debo hacerlo con estilo, con clase, respetando ciertas normas, pero lo arruiné.

—¿El show?

—El show. Debo parecer malo. Debo dejar una experiencia desagradable en aquel que se topa conmigo.

—¿Para qué? —pregunté, respirando con más calma.

—No lo tengo claro. Creo que hay quienes logran escapar y luego hacen que se perpetúe esa idea del infierno al que tanto miedo le tiene la humanidad. Ha de ser que así les tienen controlados. ¡Ya sabés! El bien y el mal y todo eso.

—¿Entonces existe el cielo, el infierno, dios, el diablo…?

—No, nada de eso es cierto —rió—. La gente se muere y ya.

—¿Así sin más?

—Así sin más.

—Pero estás acá… ¿Cómo explicás que estés aquí?

—Explicá que vos estés aquí.

No pude.

—Yo soy. Y soy para esto. Asusto y la gente se muere.

—¿Cómo? —Interrumpí.

—Lo verás a su tiempo.

—¿Y cuál es tu recompensa?

—Supongo que ser. Ser lo que soy. No hay más. Tampoco aspiro a más.

—¿Nunca te lo cuestionás?

—Todo el tiempo. Como algunos de ustedes lo hacen.

—¿Y los tuyos?

—No hay. No los veo. No sé si están.

—¿Pero existen?

—Más personas mueren. Han de existir.

—Tu existencia parece triste ¿Cómo es que…

—¿Mi existencia? No tenés para llegar a fin de mes. Lo fuiste a despilfarrar todo en un juego de cartas. No tenés ni a quién pedir ayuda. Andás solo por la calle a esta hora sin que nadie se preocupe por vos ¿y mi existencia es la triste?

Parecía exaltado.

—Se les da tan bien juzgar —continuó—. Tienen tres datos y deducen la historia. Ven un acto de alguien y la tolerancia se les esfuma. No comparten una opinión y ya tienen enemigos. Su especie sí que da tristeza.

—Yo solo…

—No mi amigo, no. Aprendieron tan poco. ¡Qué bueno que su existir se corta de tajo y de ustedes no queda nada!

Guardamos silencio.

—¿Y ahora qué pasará conmigo? —dije, con miedo de la respuesta.

—Por ahora nada. No voy a matarte. Quedarás vivo y seguro hablarás de lo que te pasó, ya porque confíes en alguien o porque bebas de más.

—¿Solo me voy?

—Como lo haré yo. Igual en algún momento vendré por vos.

—¿Pronto?

Me vio con desdén y no contestó.

Se puso de pie y se marchó por donde yo venía. Me puse de pie y encaminé hacia mi casa, apenas creyendo lo que me había pasado.

Al día siguiente me desperté sobresaltado. Quise recordar lo acontecido, incluyendo la cantidad de licor que había ingerido. ¿En realidad había salvado la vida por un tropezón?

Pasaron los días y las semanas y de a poco fui restando importancia a aquella noche, convencido de que había sido exceso de alcohol o un sueño. Incluso lo conté alguna vez en reunión con amigos como eso, como un sueño curioso.

Hoy que desperté, junto a mi almohada había una nota:

“A lo mejor el alma, dios, el diablo, el cielo y el infierno sí existen. Quizá solo quise jugar con vos y con tus creencias. A lo mejor mi caída fue parte del show. Quizá lo que me proponía era crear un ser cínico, que despreciara la vida o al menos que no se afanara por ella, porque vería en su muerte un final sin más consecuencia que el final mismo. Es posible que desaprovecharas esa oportunidad racionalizando todo, culpando a la imaginación o a la bebida. A lo mejor de lo que dije solo la mitad es cierta, pero ¿qué mitad será? Quizá te toque morir pronto y venga por tu alma con otro show”.

La firma de la nota dice: Tu demonio.

Mi puerta

Hastiado del insomnio y de la vida, que me tenía en vela cuando debería estar durmiendo, me puse de pie procurando no hacer ni el menor ruido para no despertar a nadie. Tomé un abrigo que tenía a mano, porque aunque la vida no importe el frío se sufre, y fuera estaba helado. Caminé zapatos en mano. Abrí la puerta de la entrada, salí y volví a cerrarla con llave por seguridad, porque mi desajustada vida no tendría que pasarles factura a aquellos que, cómodos, descansaban en sus habitaciones.

Vi la hora hasta que estuve en la calle. Eran casi las tres de la mañana. La noche vestía un manto negro que lo arropaba todo. La luna descansaba. Los faroles apenas alzaban la vista. Las calles habían ahuyentado todo dejo de vida.

Caminé por caminar, sin fijarme mucho hacia dónde, con el rostro bajo, contemplando solo las zancadas que daba. Creo que disfruté el rítmico sonido de las suelas de mis zapatos chocando contra el asfalto, pero hace tanto que no disfruto algo, que no puedo estar seguro.

No sé cuánto tiempo estuve caminando, pero de pronto me inundó el miedo porque me alcanzara la mañana. No quería dar explicaciones. No quería contar mis porqués, o en todo caso, no quería verme en la necesidad de tener que inventar alguno. No quería ver sus rostros de sorpresa o de fingida preocupación. Quería regresar como me fui, solo, sin testigos, sin motivos.

Fui consciente de dónde andaba y aceleré el paso sin ver el reloj. Podía verlo, pero la duda mantenía mi paso apurado.

Cuando llegué a la calle de mi casa tomé la llave y como siempre jugué un poco con ella en mi mano, hasta alcanzar la puerta. Cuando estuve de frente no la reconocí. No era mi puerta.

Retrocedí mis pasos para ubicarme. Pensé que habría confundido la calle o la casa, pero su fachada era muy particular. Nada por los alrededores se parecía a aquella vieja construcción tipo victoriano que daba la impresión de que caería en cualquier momento.

Me acerqué de nuevo.

La puerta de casa era de madera robusta, dañada sí, pero era la parte más robusta del frente de la casa. Era de un café claro, que no quedaba bien con los tonos celestes y blancos de las paredes y ventanas. La nueva puerta era de metal, un metal negro con remaches alrededor. Estaba fría, muy fría.

Me alejé de nuevo. Fui hasta la esquina. Buscaba rótulos o algo que me indicara mi equivocación. La noche seguía obscura. No cambiaba. Me alejé aún más. Todo igual. Todo familiar. Aquella era sin duda mi calle y sin duda esa era mi casa.

Regresé y me senté en la banqueta de enfrente. Decidí que lo mejor era esperar a que llegara la mañana y a que alguno saliera. Tendría que reconocer a alguien o por el contrario, darme cuenta de que estaba en un error. Vi la hora, faltaban quince para las cinco de la mañana. Amanecería en media hora y las calles volverían a tener vida, la noche se esfumaría, los faroles dormirían y los sonidos inundarían el lugar.

Aguardé.

Aguardé una eternidad.

Vi mi reloj y marcaba quince para las cinco. Lo maldije. ¡Vaya momento para arruinarse o quedarse sin batería!

Aguardé más, ahora de pie. Caminaba de un lado a otro.

Seguía la noche.

Seguía el silencio.

Seguía la ausencia de vida.

Desesperé. Estaba seguro de que habían pasado horas desde que me puse a esperar por el amanecer. No era mi reloj el que fallaba.

Corrí hasta la puerta y puse mis manos sobre ella. El frío me llegó profundo y lloré. Lloré de angustia. Lloré de desconsuelo. Lloré, quizá de rabia. Tomé la llave de mi bolsillo y la puse en la puerta y… y la llave entró sin problema.

Sentí cómo un temblor inundó mi cuerpo, comenzando por mi mano derecha, la que sostenía la llave.

Respiré profundo. Quise engañarme. Hacerme creer que mi puerta era de metal, que siempre había sido de metal, pero no, mi puerta siempre fue de madera. Recuerdo hasta el sonido que hacía cuando la somataba, mientras partía encolerizado de casa.

Saqué la llave y la introduje de nuevo. Hice eso varias veces. No recuerdo cuántas.

En una de esas oportunidades me armé de valor y muy despacio intenté girar la llave… y giró. Mi llave abrió la puerta sin problema, ya solo tenía que empujarla… pero… pero no pude… Lento regresé el giro, como esperando que nadie de adentro escuchase. Una vez asegurada, saqué la llave y me alejé unos pasos.

Aún es de noche. No sé cuántas horas habrán pasado ya. Según yo han de ser meses. Me dedico a caminar por estas calles sin vida, por este sitio sin luna, contemplando estos faroles adormitados.

De vez en vez regreso a mi casa, veo la puerta de metal y me acerco decidido a abrirla, pero no logro empujarla. Me aterra lo que pueda haber dentro. Me gana el miedo, así que retiro la llave y sigo caminando.

¡Tengo frío!

He pensado que quizá deba deshacerme de esta llave, aventarla lejos pero… ¿Y si nunca más logro encontrar mi puerta?

Búsqueda

Recibí la llamada y salí tan rápido como pude. Papá había salido de casa a comprar una medicina y ahora yacía en una cama de hospital. Un conductor perdió el control de su auto, se subió a la banqueta, se llevó consigo unos vitrales, algunos rótulos y estaba a punto de llevarse la vida de mi progenitor.

Lo encontré como ausente. No hablaba. Veía como sin enfocar. Solo verlo supe que la vida de papá le había abandonado. Cuando me miró puso cara de angustia, lo que hizo que me acercara con prisa. Con mucho esfuerzo me tomó del brazo y me jaló hacia sí. Me dio la sensación de que había estado esperando por mí. Le llevó un tiempo y luego con esfuerzo logró pronunciar unas pocas frases: “Encuéntralo. En mi otra casa. ¡Encuéntralo!”.

Extendió la última sílaba y exhaló por última vez.

Dar con su otra casa no fue difícil. El inmueble estaba a su nombre en el Registro de Propiedad. Lo complicado fue tomar valor de presentarme a un lugar del que hasta hace poco desconocía su existencia y presentarme a buscar algo sin saber qué debería encontrar. Es algo así como buscar la felicidad cuando no se sabe lo que eso es.

Un jueves por la tarde me salí de la oficina y fui a la dirección. Una casa bien conservada con un jardín cargado de colores y una cerca que no ponía ninguna seguridad. Toqué el timbre y al poco salió una señora, no anciana, tampoco joven, de modos amables. Se acercó hasta la puerta con la frase: “Tú debes ser el hijo de Danilo”.

Recuperado de la impresión, Silvina me invitó a pasar. Dentro el ambiente estaba cargado de luz artificial y con todo, no dejaba de ser un sitio acogedor. Me senté y acepté la taza de café que me ofreció.

Mientras traía el café comenzó a hablar:

— Sé que no lo sabes, así que es más fácil empezar por acá: por muchos años yo fui la amante de tu padre. — No esperó a que reaccionara, solo continuó hablando — Era un buen hombre y nunca quiso hacerle daño a tu madre, quien nunca llegó a enterarse. Con él manteníamos comunicación constante, pero venía poco, cosa de no despertar alarmas en su matrimonio, al que nunca descuidó. Yo no era exigente y él era relajado. Incluso después de la muerte de tu madre no hicimos por formalizar nada. Llevábamos muchos años con nuestra misma dinámica y eso nos sentaba bien.

No supe bien cómo reaccionar. Sentí que debía sentirme ofendido, pero hubiese sido actuado. Así que solo sonreí.

— Mi padre… ¡Quién lo diría! —dije, esbozando una sonrisa.
— Haces bien en no juzgarlo. Y en no juzgar a una desconocida como yo.
— El accidente…
— Sí, el accidente. Me dolió mucho. Me sigue doliendo. En realidad lo quería y… Bueno, hay poco que decir al respecto, no te preocupes.
— Antes de morir me dijo que encontrara algo y que lo buscara acá, en su otra casa.
— Dijo que vendrías. Ven.

Me llevó a una sala más pequeña que estaba al lado. Había un par de sofás, una pequeña librera con varios libros, un equipo de sonido y una lámpara muy particular.

— Compartimos mucho de nuestro tiempo aquí. Las horas se nos iban entre café, música y libros. Casi todos son de él. Tienen su nombre. Si quieres llevártelos…

Insistí en que no, que aquello era algo que había compartido con ella y que aquel era su lugar. Pero sí me permití tomar algunos para ver los títulos y su nombre escrito con su propia letra.

— Creo que lo que buscas es esto — me dijo.

Era un cuaderno. Dentro tenía anécdotas o historias escritas por papá. Leí un par y no me parecieron particularmente buenas. Hubiera querido leerlas todas, pero lo encontré descortés, así que solo hojeé hasta la última página escrita. En ella estaba escrita una frase, con letras grandes: “LA GENTE SE EMPEÑA EN BUSCAR LUGARES Y SE OLVIDA DE BUSCAR TIEMPOS”.

Sonreí y al mismo tiempo sentí cómo una lágrima se situaba en mi ojo. No tuve duda, aquello era lo que papá me dejaba. Una gran verdad. Una frase de sabiduría. Algo que pudiera usar por el resto de mi vida.

Con júbilo y acelerado abracé a Silvina y le di las gracia. Le prometí que volvería para que me contara más de papá, aunque sabía que nunca cumpliría esa promesa. Quiso decir algo, pero no la dejé. Salí de la casa casi corriendo y llegué a la mía entre sonrisas y llanto.

Mi matrimonio atravesaba problemas, la rutina, que no pudimos entender, nos estaba consumiendo. Cuando llegué le pedí a mi esposa el divorcio, empaqué algunas cosas y me fui de casa, dejándola a ella atrás, y con ella a los niños. No me desentendería de ellos, le di mi palabra. Lo que quería era mi libertad a cualquier precio. Lo que quería era buscar mis tiempos y dejar de desperdiciarlos.

Fue hasta el lunes que presenté mi renuncia de aquel trabajo que nunca me satisfizo. Cambié de número de celular y así perdí a casi todos mis amigos y conocidos. Si la vida que llevaba no me gustaba era porque los ingredientes en ella eran defectuosos y tenía que cambiarlos sin perder tiempo, estaba seguro.

Papá murió hace siete años. Ahora vivo en un pequeño y desordenado apartamento, con muy pocas obligaciones.

Hoy por la mañana quise contactar con Silvina, pero fui a su casa a enterarme de que falleció hace un par de años. Y es que… encontré lo que papá me dijo pero, ahora no sé qué hacer con tanto tiempo libre.

“La gente se empeña en buscar lugares y se olvida de buscar tiempos”. Quizá Silvina tenía algo que aportar a eso o yo lo entendí mal… Quizá no era eso lo que papá quería que encontrara.

¡Maldición! ¡Cómo diantres se busca algo que no se sabe lo que es!

¿Por qué escribo ficción y por qué creo que es importante?

La persona que más ha desalentado mi andar literario ha tenido acceso a todos mis libros, ha leído algunos de ellos y ha criticado más por suposición que porque en realidad haya hecho un esfuerzo por sumergirse en mis intenciones e ideas. Sus criticas van de decir que saber qué tengo en la cabeza, que solo yo entiendo lo que escribo, que no es necesario hacer cosas complicadas y que saber por qué dedico mi tiempo a algo tan banal como eso.

Ahora que tuvo acceso a mi última novela ya me ha dicho en dos ocasiones, sin haber leído el texto, que debería dedicarme a escribir algo para la gente, que no sea egoísta, que ayude al crecimiento de las personas, que si se tiene talento ese es el tipo de cosas a las que uno debiera dedicarse.


La ficción, más allá de sus variantes, tiene, por norma general, propósito y función, más allá de la visión simplista que suele ponerse en ella, sobre todo por quienes no se acercan a esas historias.

Aunque la discusión pudiese ser profunda, larga, extenuante y acaso docta, yo divido sus propósitos en tres:

Entretenimiento

Este es, por norma general, el propósito que todos ven: entretenerse con algo. Paisajes, mundos, personajes, circunstancias son creados para deleite y placer del lector.

He escuchado que algunos consideran que la literatura es un escapismo del mundo en el que vivimos. Me opongo rotundamente a tal aseveración. Si la ficción lo fuera, todo lo sería. Trabajar sería un escapismo, hacer deporte lo sería también, el teatro, la música, la cocina, el juego… lo sería todo aquello que fuera más allá de comer y dormir, siempre que estos últimos no fueran en exceso. Total que la vida misma sería un completo escape saber de qué, porque nada sería la vida misma. Leer no es un escape de la vida, es parte de ella, como lo es todo.

Mensaje

La ficción es una excusa para decir algo, un canal para un mensaje, un medio para expresar una idea. Los personajes, los lugares, las circunstancias son creadas porque hay algo que se desea transmitir al lector, ya sea un concepto o la acción misma de meditar en algo.

Ideas filosóficas son discutidas en la ficción. Cosas que juzgan o ponen en aprietos nuestras propias creencias o que las refuerzan.

A través de la historia imaginamos o creamos una situación para que el cerebro del lector piense, analice, reaccione y, con suerte, saque sus propias conclusiones.

Entretenimiento + Mensaje

Cuando un escritor tiene nivel se ocupa de ambos aspectos. Son estas obras que mantienen al lector entusiasmado con la historia y a la vez le están haciendo trabajar la mente, no solo por la circunstancia que los personajes viven, sino porque logran dar un mensaje, muchas veces sin que el mismo lector se de cuenta.

Estas obras no abundan.


Entre sus funciones logro identificar también tres principales:

Sentir

Una obra artística respetable se caracteriza por hacer mover los sentimientos. Una historia contada debería hacer sentir, si es arte. Y no necesariamente debe hacer sentir tristeza. Puede ser enojo, coraje, alegría, euforia y todo aquello que uno logre experimentar en el interior.

Conocer

La ficción arroja datos que aportan al saber del lector, ya porque la historia sea histórica, porque hable de lugares o personas, ya porque arroje información sobre alguna investigación, un hecho o un proceso. La ficción da conocimiento, no como lo pretenden otros libros cuyo objetivo es enseñar como tal. Es conocimiento disfrazado.

Empatía

Siempre he pregonado que la ficción ayuda a hacer mejor a las personas, esto es porque al ser empático con los personajes se analiza o medita, así sea por instantes, lo que se decidiría si se estuviera en lugar de aquel. El lector imagina lo que sentiría, lo que haría, lo que creería y considera las propias reacciones. El lector comprende o está en contra de lo que alguien en la historia hizo. Este suma y suma a su propia experiencia, infinidad de circunstancias que no le tocan vivir en el día a día.

Es aprender de los errores y aciertos de otros.


Para cualquier lector sería fácil no estar de acuerdo con mis listas y modificar o agregar sus propios elementos, después de todo cada lector se inclina más por unas cosas que por otras. Unos sienten más que otros, otros analizan más, otros se afanan por el conocimiento, en fin.

También entiendo que la literatura de ficción puede sorprender, asustar, inquietar, revelar, hace imaginar, desarrolla la creatividad y crear un sinfín de reacciones más, por eso es tan maravillosa y valiosa.

No he tratado de cubrir todos los aspectos positivos de la ficción sino los que a mí me parecen clave.


Como escritor lo tengo claro, a pesar de las críticas que pueda recibir: busco dar un mensaje y crear empatía en el lector. Luego si logro una buena historia, si hago sentir o si aporto conocimiento, son extras que estaré encantado de compartir, pero no parten como mi objetivo cuando escribo el primer párrafo.

Sostengo que todo escritor que se jacte de serlo debería partir de ahí, de tener claro su objetivo.

Quizá algún día escriba un libro que aporte; uno que no me haga ser egoísta; uno que ayude al crecimiento personal del prójimo… O quizá ya lo estoy haciendo.