No existe una nueva normalidad

Contaba mi padre, mientras nosotros disfrutábamos a las risas, que cuando era chico y hacía algo malo, mi abuelo lo llevaba a su cuarto y le daba no dos ni tres chicotazos, sino muchos, mientras le hablaba a los gritos para que no volviera a cometer la falta por la que le castigaba. Cuando lo consideraba suficiente le decía, siempre gritando, que fuera a barrer la casa. Cuando papá, con miedo, hacía por salir del cuarto para ir a barrer, mi abuelo por alguna extraña razón, consideraba que aquel lo que intentaba era huir. Le tomaba del brazo, lo jalaba hacia sí y le gritaba un “¿¡Para dónde cree que va!?” Que solo era la antesala de una nueva tanda de chicotazos. Eso, según papá, se repetía varias veces hasta que el abuelo, ya cansado, lo dejaba ir a barrer.

Papá lo contaba con humor y todos, a pesar de lo trágico, nos reíamos del infortunio que tenía que vivir durante su infancia.

Según mi padre nunca hubo abuso, lo que existió fue deseo de corregirle, porque así se corregía entonces.

Hoy día las cosas no son como antes. Muchos verían en aquel comportamiento abuso y maltrato infantil. Muchos sostendrían que no es manera de educar, que la violencia es innecesaria y que lo único que se logra con ella es hacer daño en los niños, daño que puede acompañarle por siempre.

La norma de entonces era otra. La norma de hoy día nos impide a muchos siquiera pensar en los métodos correctivos que se empleaba con los hijos.

Traigo a colación la historia de papá porque se me hace jocosa, pero en realidad podría haber utilizado muchos ejemplos más graves y conocidos, para demostrar que la norma no convierte a algo en normal.

La mutilación genital femenina, la esclavitud, la trata de personas, el matrimonio infantil, por mencionar unos pocos, son ejemplos claros que las costumbres y normas no pueden ni deben llegar a ser consideradas como normales.

El discurso de la nueva normalidad no es sino una forma de los gobiernos de vender un remedio que es agua azucarada.

No es normal que no tengamos libertad de salir de casa. No es normal que tengamos que andar con los rostros tapados. No es normal que sean los gobiernos quienes dispongan qué lugares abren y cuáles no y en qué horarios deben hacerlo.

No estamos en camino a una nueva normalidad porque estemos obligados a hacer trabajo desde casa. No estamos en camino a una nueva normalidad porque no podamos visitar a las personas con las que deseamos compartir.

Lo único que estamos haciendo, ya porque acatemos las normas o no, es adaptándonos a una forma de convivir que, todos tenemos la esperanza, sea solo temporal.

¿Por qué me parece que es un tema digno de mención?

Porque ese es el tipo de discurso que los políticos se acostumbraron a vendernos. Porque esa es la forma en que tratan de domesticar las opiniones y los criterios. Porque nos hacen tragarnos cualquier frase y luego terminamos votando por ellos, aunque esté de sobra comprobado que no son personas idóneas para los cargos con los que ya no sólo llegan a enriquecerse, sino a hacer estragos.

Pensá en eso. Ya no importa mucho si un político roba, ahora importa que en el período que esté en el poder no haga mucho daño a la población a la que se supone que sirve. ¿Es eso normal? No, pero terminamos por aceptar las cosas. Nos comemos los discursos sazonados con un poco de sal y la insistencia de querer creer en las buenas intenciones.

Adaptémonos a convivir por un tiempo de cierta forma, pero no compremos discursos.

No porque suene bonito es válido y no porque suene lógico, es necesariamente lógico.

La palabra normal tiene varias acepciones. Una es que es general y mayoritario y que por tanto ya no causa asombro. La otra es que algo sea lógico.

No es normal que los sistemas de salud de los países colapsen con la facilidad y prontitud que muchos de nuestros sistemas lo han hecho.

Claro, ya no causa asombro, pero no es lógico.

No era lógico que a papá le pegaran de aquella manera y sí debió causar asombro en las personas de aquel tiempo y en nosotros que nos abandonamos a las risas.

No caminemos, pues, con los ojos cerrados hacia una mal llamada nueva normalidad.