La plaza

Cansado de estar despierto en cama, se puso de pie y salió a caminar. La ciudad, vestida de negro y de frío, le esperaba con la soledad que la caracteriza a las dos de la mañana.

Enfiló hacia una plaza cercana, que en tiempos pasados solía buscar cuando algo le atormentaba, temiendo la recepción de aquella, ahora que ningún tormento le aquejaba.

De pie, frente a una banca, tomó uno de los dos cigarrillos que le quedaban en su paquete y dejó que el calor amargo del humo invadiera su ser.

La plaza, como lo temía, se mostró indiferente ante su presencia.

Pensó en Sara, porque siempre que tenía que pensar en el pasado era ella quien acudía a sus recuerdos.

La recordaba joven y hermosa, aunque no lo fue tanto. La recordaba valiente y cariñosa, aunque le abandonó y nunca fue amable en su trato. La recordaba alegre y carismática, aunque momentos puntuales de felicidad con ella no tenía.

Sara era el recuerdo de algo que no fue, era el recuerdo dibujado de la forma como debió ser en los deseos que entonces tuvo Camilo.

Sus pocos recuerdos no eran escenas, eran fotografías pasadas por Photoshop.

Suspiraba de tanto en tanto y en cada calada al cigarro anhelaba aquellos tiempos mejores que nunca ocurrieron.

El suyo fue un matrimonio de siete años, que alcanzó su fin cuando Sara anunció que se iba sin más, sin explicaciones, sin causa alguna más que el deseo de irse. Le quería, aseguró, pero aquello había sido un error, no de escogencia, sino el haber caído en la estúpida trampa de unirse a alguien más para siempre.

Camilo la contradijo: Para siempre no es mucho insistió, sino un todo finito que es un excesivo precio para cualquier cosa. Y como si tal cosa, la dejó ir sin protestar, sin renegar, sin reclamar y sin odiar.

Después de aquel día a Camilo se le perdieron los tormentos y no supo volver a dar con ellos.

Tomó la vida con actitud y se desentendió de ambiciones, de anhelos y de sueños. Se enemistó con los conflictos y dejó de dar importancia a opiniones, reclamos y decires.

La semana pasada cumplió setenta y dos años de vida y ayer le dieron los resultados de unos exámenes, en donde le informaron que pronto morirá.

Creyó estar listo para morir, pero tiene en la mente una idea extraña.

Nada le atormenta, no tiene nada que arreglar de su vida, no tiene nada que reclamar a alguien, y no tiene nada para dejar al mundo, pero siente haber equivocado la forma, siente haber tirado sus años y siente que se hace uno con la plaza y con la noche, como si pudiera verse en la inexistencia que le ha acompañado desde que Sara se fue.

Buscó un espacio en el amplio jardín de la plaza, se agachó y con una rama ha escrito en el suelo: ¡Debí odiarte, Sara!

Tiró la rama y tomó el camino de regreso a casa pensando que su cama quizá no era el mejor lugar para fallecer.