Juguetes de madera

De lo que fuera su casa, un lugar no muy grande, pero bastante acogedor, que había conseguido a fuerza de trabajo y dedicación, quedaba una imagen de colores opacos, en donde el abandono era su principal protagonista. Hace ya muchos años se refugió en el sótano, lugar del que sale lo menos posible. Si uno tiene el valor y, por sobre todo, la agallas de un corazón duro, se le puede observar desde una pequeña ventana a nivel de suelo que, se dice, nunca voltea a ver.

Se casó como todos, con la ilusión de la felicidad eterna y de la dicha que agrega color a los caminos obscuros de la incertidumbre. Venía de luchar por hacer crecer un negocio que tenía en el centro de la ciudad, en donde su producto contrastaba con la modernidad que los tiempos ofrecían. Heredado el don de su papá, se dedicaba a trabajar la madera, específicamente juguetes que hacía a mano, con la paciencia del artista.

Nunca quiso invertir en maquinaria, su excusa era que en lo que recuperaba la inversión los juguetes de madera dejarían de tener mercado y terminaría con menos de lo que actualmente tenía y con máquinas viejas arrinconadas en casa.

Los juguetes ya no se vendían para niños, porque ahora los padres creen que un trozo de madera tallado ya no da la felicidad que antaño disfrutaban los pequeños. Se vendían sobre todo como curiosidades y adornos para aquellos nostálgicos que tuvieron padres con mejores creencias que los actuales.

Acordaron que pasarían los primeros cinco años de matrimonio dedicados al trabajo y al ahorro, para poder dar los primeros pagos de lo que convertirían en su hogar permanente. Lo que no acordaron fue que Regina, su esposa, muriera nueve meses después, en una sala de hospital, al momento de dar a luz.

La vida que se le fue en aquel instante, le volvió cuando tuvo en sus manos a la pequeña Regina, su hija, a quien no pudo nombrar de otra forma. Se aferró a ella con todas las fuerzas que le quedaron, convirtiéndola en el centro de su universo.

Se empeñó, como tantos, en hacer de aquel hogar de dos integrantes, un sitio acogedor e impecable, en el que reinara la alegría. Regina, como tantos, estaba convencida, a sus pocos años, que tenía el mejor papá del mundo.

Días después de celebrar su cumpleaños número diez, Regina enfermó.

La enfermedad fue fulminante, tanto que a él no le dio tiempo de quedar en bancarrota. Los doctores no supieron qué tenía. A las fiebres y dolores de cabeza, le sucedieron períodos de falta de lucidez. Regina balbuceaba sobre sus altas notas en el colegio, sobre su madre, sobre la casa de la pradera y sobre su mascota. Nunca tuvo ninguna de esas cosas.

Él solo se retiraba de su lado para buscar algo de ropa en casa, darse un baño apurado y bajaba aprisa al taller en su sótano, donde tomaba algún juguete y lo llevaba consigo, para regalarlo a su hija.

Al sexto día, recostado en la cama del hospital junto a Regina, sintió cómo esta le apretó la mano y sin abrir los ojos le dijo: “Papá, nunca dejes de hacer juguetes”.

Una lágrima recorrió su mejía mientras era testigo de cómo su hija exhalaba por última vez.

El juguetero del sótano, a quien ya solo se le conoce de esa forma, no tuvo a quién aferrarse en esta ocasión, así que se aferró a una promesa que nunca realizó.

Se encerró en el sótano de la casa, que ahora es del banco, porque dejó de pagarla, pero que por alguna razón no ha sido reclamada. Dedica casi todas sus horas a hacer juguetes de madera de buena calidad.

Él mismo sale en largas caminatas, hacha en mano, y regresa con madera, para encerrarse y trabajar. Cuando ha hecho una cantidad importante pone los juguetes en una caja y la deja enfrente de la casa, con un rótulo escrito en letra pequeña: “Son tuyos a cambio del dinero que quieras dejarme”.

Mi historia no es interesante como para que la relate, basta decir que terminé viviendo en la calle por malas decisiones y mi mal carácter. El hambre me enseñó a pedir dinero sin reparar en la vergüenza y el frío a preocuparme poco por el atuendo, despreocupándome por mi higiene.

Cuando junto unos pocos billetes y monedas llego a su casa a buscar alguna caja. Si la encuentro le dejo lo que tenga, que nunca es mucho. Luego vendo los juguetes en almacenes, tiendas de coleccionistas o jugueterías que insisten en abrir al público. Soy consciente de que saco bastante más de lo que pago por cada pieza.

Somos pocos quienes conocemos del juguetero del sótano, quien no tiene idea de lo mucho que dependemos de él.

En ocasiones, cuando no tengo dinero, vengo de noche y me quedo observando la tenue luz que sale del sótano de su vivienda, aterrado por pensar lo que pasaría conmigo si un día se va, si el banco le reclama la casa, si deja de dar casi regaladas sus creaciones o si de la nada olvidara la promesa que no hizo.

Debo decir que, con todo y lo fuerte que lo ha golpeado la vida, es un artista. Sus creaciones han mejorado de forma sustancial y no sé si esté planeando algo.

Todo lo que tengo son sus juguetes de madera y si el juguetero del sótano se va, no sabré a qué aferrarme para sobrevivir.

La casa del abuelo

No tengo muchos recuerdos de él porque le gustaba vivir aislado. Según la abuela no siempre fue así, pero el abuelo, decía ella, se metió en unas cosas raras, convencido por sus lecturas, y se fue apartando de todos o más bien logró hacer que todos se fueran apartando de él.

Falleció la abuela, papá nunca quiso saber más de él y lo mismo con mis tíos y primos. Al abuelo le quedé yo porque soy curioso y siempre quise saber en qué andaba y entender su comportamiento.

La vida y las obligaciones que esta impone me alejaron bastante de él, pero me mantuve a cierta distancia. En los últimos años le he visto cada uno o dos meses, por un par de horas, que es lo que considero que un solitario entiende como su espacio. Además, digo ver porque hablar, hablábamos poco, casi solo de la noticia del día.

Su paso aún era firme, pero su mirada era una mezcla entre cansancio y ausencia. Mantenía el porte altivo, pienso que porque se obligaba a ver hacia arriba como si estuviese en la búsqueda de algo, a lo mejor de una salida.

Quiero creer que no le molestaba mi presencia, pero sospecho que me dio copia de las llaves de su casa y me dejaba entrar sin llamar a la puerta para que lo encontrase en caso de que muriera ahí, amarrado a su soledad.

Hace dos años el abuelo desapareció. Lo reporté a las autoridades y se lo mencioné a algunos familiares, pero nadie hizo mucho por encontrarle. Para el mundo era como si el abuelo hubiese dejado de existir hacía mucho.

En su casa no había indicios de que se hubiese marchado a voluntad, más allá de que todo estaba bien ordenado. En esa casa no había un objeto fuera de lugar, una prenda de ropa por lavar o algo que diese la sensación de abandono.

Yo seguí yendo a hacer las visitas de siempre, quizá movido por la costumbre, hasta que me llegó a agradar la sensación de soledad. Me gustaba ese momento para mí, rodeado de todo aquello tan ordenado, tan quedo, tan ajeno. Limpiaba un poco y hurgaba entre sus posesiones. Casi siempre tomaba libros que no leía, fotografías que poco me revelaban y cuadernos de notas de los que entendía poco más allá de frases cargadas de angustia y su deseo de escapar de esta vida, acaso por lo que él entendería como un camino espiritual.

No encontré un solo indicio de que el suicidio le pasase por la cabeza.

Hace unos meses encontré una extraña foto cuya imagen me pareció conocida. Era un pedazo de pared que se me hacía muy familiar. No tardé mucho tiempo en dar con el porqué de la familiaridad. Era de la misma casa del abuelo. La foto era como si estuviera tomada desde el ángulo de una cámara de vigilancia, en tono sepia.

Llamó mi atención por ser una foto que aportaba tan poco. La dejé sobre la mesa de centro de la sala de estar antes de marcharme.

Para la siguiente visita tomé de nuevo la foto en mis manos, pero la imagen había cambiado, ahora tomaba la imagen de uno de los pasillos. Era la misma foto, o al menos eso parecía. Fue hasta entonces que me percaté de que tenía una fecha posterior a la desaparición del abuelo.

Un error al fecharla y una mala jugada de mi mente fue la única conclusión a la que pude llegar, o la que quise creer, pues nadie más, según yo, tenía llave de aquel lugar. Creo que incluso nadie más lo conocía.

Anoté mi nombre en la parte posterior de la fotografía y la volví a dejar sobre la misma mesa, “por si acaso”.

Sé que no les será difícil deducir lo que pasó al día siguiente, porque mi intriga me obligó a llegar tan pronto como pude.

La fotografía en sepia estaba distinta y mi nombre seguía en ella.

Esa noche, aprovechando que era viernes, decidí quedarme en la casa del abuelo a dormir, con la foto a mi lado. Al amanecer había cambiado.

Días después me di cuenta de que la fotografía solo cambiaba si estaba en esa casa, luego de que la llevara conmigo para no tener que estar yendo cada poco a aquel inmueble.

Sé que pueden deducir cómo aquel objeto extraño se apoderó de mis pensamientos y de mis horas. Y sé que sabrán comprender que a las intrigas se las guarda por un tiempo, no se habla de ellas al instante ni con cualquiera, así que guardé todo aquello para mí.

Dediqué los días a buscar entre sus libros y sus notas tratando de encontrar entre todas sus rarezas alguna explicación. Aprovechaba cada oportunidad que tenía para ir ahí.

Todo aquello me abrumó hasta la semana pasada.

El martes pasado alcancé a ver una parte del abuelo en la fotografía, estaba de espaldas.

El miércoles pude completar su rostro por completo. Era una imagen del comedor. Él iba caminando, erguido como siempre, pero con el rostro taciturno.

Al día siguiente no estuvo, sin embargo el viernes estaba sentado en el sofá de la mesa de estar, viendo una fotografía. No estoy seguro, pero creo que alcancé a ver mi nombre escrito en ella.

Apareció después en otra habitación. Su rostro no es el de siempre. Yo le veo cansado, cargado, quizá harto. No logro estar seguro.

Unos días aparece, otros no. No siempre veo su rostro. Cuando lo logro me genera angustia. Un deseo desesperante por ayudarle.

La fotografía que hoy tengo en mis manos tiene el rostro de mi abuelo viendo directo a la cámara — o lo que sea que toma la imagen — . Yo lo veo mal. Quisiera poder hacer algo por él.

No obstante, sé que la soledad era lo que pregonaba, que estar aislado de todo era su más grande anhelo y que por todo esto fue por lo que tanto trabajó. No sé si necesita ayuda o alcanzó lo que tanto quería.

Llevo horas sin soltar la fotografía, no quiero que cambie.

No sé si debo romperla y quizá acabar con su sufrimiento o si debo olvidarme de todo esto y dejarle disfrutar su éxito.

Luisiano

Desde que conocí a Luisiano supe, por sus gestos y ademanes, que era de estas personas sin ínfulas de grandeza, que en la cara se les ve como a alguien incapaz de ser interesante, pero que si se la llegaba a conocer igual podría dar preciadas lecciones. 

Luisiano, era el conserje del edificio donde hace años instalé mi oficina. Fue fumando en las gradas que daba a la salida trasera del inmueble, que intercambiamos las primeras palabras. Hice un pequeño chiste de lo mal que se veía que un par de hombres de nuestra edad estuvieran ahí, frente a un estacionamiento solitario, un viernes por la noche. En seguida me dijo que le diera un minuto, sacó de su overol una libreta roja, un lapicero y se puso a escribir. Luego continuamos la pequeña charla que dio inicio una peculiar amistad. 

Nuestras charlas se hicieron frecuentes y verle escribir se convirtió en una rutina que me parecía fascinante. 

Cuando ya le tuve confianza le pregunté qué era lo que escribía y me contó que de todo, desde chistes hasta proyectos, desde anécdotas hasta los secretos que iba juntando en su día a día. 

Apuntaba en ella sus sueños, sus metas y hasta sus miedos. 

Apuntaba sus ideas y todo lo nuevo que iba aprendiendo. 

Lo apuntaba todo, porque uno no sabe lo importante de una nota, hasta que llega a necesitarla, decía. 

Luisiano fue el amigo apreciado del que no me acordaba que existía, hasta que lo tenía enfrente. Algo como la sombra, que solo hasta que se la contempla uno piensa en ella. 

No obstante lo consideré siempre un amigo de verdad. 

Fueron muchos los años que compartimos. Yo nunca me moví de aquella oficina y Luisiano, pese a tanto proyecto e idea, nunca dejó de ser el conserje del edificio. 

Cuando me enteré de que había enfermado de gravedad, estuve mucho tiempo haciéndole compañía. No le iba a visitar todos los días, pero casi. 

No duró mucho. Fueron tres semanas y unos días los que lucharon por arrancarle la vida a Luisiano, quien creo que no puso mucha resistencia. 

En nuestra última charla, porque después quedó inconsciente, me dijo que tenía algo para mí. Sacó de entre sus sábanas su libreta roja y la puso en mis manos. 

Yo quedé conmovido. Me estaba entregando su vida completa, pensé. 

Cuando la hojeé me di cuenta que estaba vacía. Todas las hojas estaban en blanco excepto la primera, que decía: “No vivas la vida de Luisiano”. 

Le pedí que me explicara la frase y por qué me daba una libreta en blanco. También le pregunté que qué había sido de sus libretas. Me salieron todas las preguntas en un exabrupto.

— En realidad no es una libreta en blanco, es mi libreta, me dijo, porque siempre fueron así. Por las noches, cuando llegaba a casa, revisaba lo que había anotado. Claro que me reía con algún chiste o me agradaba alguna anécdota anotada, pero cuando me tocaba evaluar mis ideas, mis proyectos, mis metas y mis sueños, siempre encontré todo como insípido. Todo era tan falto de valor o tan soñador o tan inalcanzable o tan tonto, así que todas las noches me convencía de que aquello no valía la pena y la tiraba. 

»A la mañana siguiente, con la esperanza de que fuera un mejor día, tomaba una nueva libreta en blanco para llevarla conmigo y anotar todo.«

Nunca llegué a guardar una. Las tiré todas y le confieso que también iba a tirar esta, pero pensé que usted seguro podría darle un mejor uso, ahora que estoy por irme.

En su entierro estuve a punto de tirar su libreta dentro de su ataúd, pero pensé que al menos un apunte y una libreta de Luisiano tendría que trascenderle. 

Han pasado poco más de tres años desde que falleció y no he podido encontrar algo de mí mismo que me parezca que valga la pena anotar en su libreta.

Esa libreta que permanece en mi escritorio, cada vez pesa más.

Charla de madrugada

Papá se acercó sin hacer ruido, se sentó en el sillón que tenía al frente y ambos nos dispusimos a charlar. El amanecer no tardaría en aparecer.

La última vez que conversamos fue hace tres años, aunque en realidad en esa ocasión él no dijo nada. Recién había fallecido y se dedicó solo a escuchar. Me despedí de él dándole las gracias por haber sido el padre que fue, por sus enseñanzas y por su esfuerzo. Aquella fue una buena conversación colmada de recuerdos, nostalgia y minutos estancados en el tiempo.

Por el contrario, en esta ocasión se le veía fuerte. Su piel parecía haber rejuvenecido aunque no tenía brillo, estaba más bien opaca. Su mirar no era aquel ver cálido de antaño, que invitaba a bajar la guardia. Era una mirada como extraviada.

Inició la plática sin formalismos, como hicimos siempre:

— Vine porque estoy seguro de que hallarás interesante lo que pasa después de la muerte.

— ¿Para quién podría no ser interesante? — le cuestioné.

— A la mayoría de las personas no les interesa más que sus propias versiones de lo que pasa — respondió, y comenzó a hablar mientras yo me ponía en posición de atento — Lo peor que le puede pasar a un individuo es afanarse por su legado. La post vida, a la que no sé de qué otra forma llamar, se cobra caro la altanería de querer trascender la muerte.

Por supuesto no entendí nada, pero no quise interrumpir. Él continuó:

— Estoy en un lugar acompañado de muchísimos otros que no pueden irse de ese sitio o que son incapaces, como yo, de terminar de morir. No lo tengo del todo claro, pero resulta ser que se sigue ahí mientras se es recordado de este lado.

— ¿De qué lado?

— Este. Del tuyo. El de la humanidad. El de la vida.

— Como en la película animada.

— Igual, pero a diferencia de aquella, uno no quiere estar.

— ¿Por qué?

— Porque no se siente bien, no hay placer, no hay nada que haga sentir bien. Es como si al llegar a uno le apagaran los sentires y las ilusiones. Solo hay pesadez, aburrimiento, desdén por todo, así que en general uno lo que quisiera es no estar. Se equivocaron los estoicos. Uno lo que quiere es dejar de ser. Acaso humanidad es ese chispazo de deseo e ilusión que hace a los seres humanos perseverar para alcanzar algo que ninguno tiene realmente claro. La gente vive como para lograr algo, aunque no tenga nada por lograr. Sí, apuesto que a uno lo que se le muere es la humanidad.

— Lo del castigo eterno, entonces, no era mentira.

— No es eterno, constantemente desaparecen muchos. Como te digo, pasa cuando ya nadie les recuerda.

— Eso tomará una o dos generaciones ¿no?

— No si sos Hitler, Stalin o Churchill. No si sos Borges, a quien dicho sea de paso, es curioso verlo callado. La imagen que tuve siempre de él es que siempre tenía algo que decir sobre todo.

— ¿Has conversado con Borges? ¿Con todos ellos? ¿Con famosos?

— A nadie le gusta hablar, la interacción es muy poca, pero sí, en ocasiones se habla de uno o de otro o alguien alza la voz porque sí.

— Hitler la ha de tener difícil — comenté.

— En efecto. Se cree que Stalin se irá primero. Irónico ¿no?

— Curioso al menos.

Guardamos silencio. Yo intentaba hacerme una idea realista de aquello que papá contaba. Al final él rompió la pausa:

— ¿Qué estás pensando?

— En quién será aquel que está peor en su condena.

— ¿Quién creés que sea?

— Jesús. Eso, si acaso existió.

— Existió, pero puesto que está ahí con el resto de nosotros, resultó ser solo un mortal más.

— Solo un mortal ¡Lo sabía! — dije, sin tener claro qué quise expresar.

— Un mortal al que hicieron dios. Cuentan que alguna vez confesó que se creyó todo eso de ser dios mismo, por eso aceptó de buena gana el castigo y las humillaciones, para luego dejarse matar. Sin duda lo tiene complicado. Mientras exista cristianismo no podrá salir de todo esto.

— Ha de ser el más desdichado de todos.

— No, hay alguien que está peor.

— ¿Cómo? ¿Alguien trascendió más que aquel sobre el que se fundaron religiones, mitos, leyendas y por quien se han aniquilado vidas?

— Varios, de hecho.

Era mucho para procesar. Yo quería sacarle toda la información que pudiera, pero solo dejé que me contara:

— ¿Y de quién hablás? — le cuestioné.

— De uno al que llaman Adán.

— ¿Qué Adán? ¿¡El de la Biblia!? — pregunté sorprendido e intrigado.

— No sé si es el de la Biblia, pero dicen que fue el primer hombre y que nunca ha contado cómo apareció en la tierra.

— ¿Lo has visto?

— Lo vi una vez. Si el cansancio tiene ojos, son aquellos. La desdicha está dibujada en su rostro. Pareciera que sobre sus hombros carga el peso de la rabia. No sé bien si se puede estar enojado, pero esa impresión da.

— Como famoso es famoso — comenté.

— Claro, todos en algún momento de la existencia pensaremos en aquel que fue el primero. El desdichado carga con la tortura del recuerdo eterno, o más bien del recuerdo innato. De la pesadez de la inquietud y la curiosidad. Ningún ser humano escapa a la duda sobre el origen de todo cuanto ve.

— Pero… la evolución… el creacionismo. Ahí está la respuesta a todo. ¿Fuimos creados entonces?

— ¡Qué va! Seguiremos con la duda. Pensá que en todo caso tendríamos solo la versión de Adán, a la cual tendríamos que creer sin miramiento, y que él hablaría solo de aquello que haya podido ver o creer que vio. Que yo sepa no mencionó nunca a un dios o a una creación, solo ha dicho que fue el primero. Después de todo alguien tuvo que serlo ¿no?

— Cierto.

— En fin. Creí que te gustaría saber de todo esto.

— Por supuesto, y tengo más preguntas.

— Y yo no muchas ganas de contestar.

— Vamos, solo decíme…

— Te diré esto: la esperanza de aquel lugar es que la humanidad se extinga. Si no están ustedes no estamos nosotros y la nada reinaría.

— Y en cambio acá nos aferramos tanto a existir para siempre.

— Ya no recuerdo cómo era esa sensación, la de sentirnos protagonistas tan importantes en la historia de la humanidad. Creímos en trascender, en hacer algo para los tiempos de los tiempos. En cambiar el rumbo de todo aquello con lo que no estábamos de acuerdo.

Papá quedo como con la vista hacia arriba, totalmente perdida. Yo esperé.

— En fin, debo irme — dijo, volviendo a la conversación.

— ¿Te volveré a ver?

— Lo dudo. Creo que cada vez encontraré menos sentido a las cosas. No querré nada y me esconderé en el sinsabor de una existencia sin un porqué y sin un hasta cuándo.

Me dolieron sus palabras, no por la idea de no volver a verle, sino por lo trágico de su desdicha.

— Sabés que si yo pudiera te olvidaría ¿cierto? Pero me es imposible. Tantos recuerdos, tantos momentos, tant…

— Lo sé — me interrumpió — lo sé.

Se puso de pie y caminó con paso firme hacia la salida de la sala de estar. Se perdió en la obscuridad, creo que ahora sí para siempre.

Una hora al día

Sostenía mi padre que uno va muriendo una hora cada día. No lo decía como ocurrencia sino más bien con cierta insistencia. Siendo que era un hombre dado a la formalidad y a lo tradicional, a todos parecía bien dejarle pasar una excentricidad como esa, sin indagar mucho en sus motivos.

Cada que mencionaba la frase yo, por compasión o por curiosidad, le preguntaba a qué se refería. El rostro se le descomponía, hablaba lento y no decía casi nada. Era como si en el momento que quisiera explicar, se le perdieran las palabras. Entendiendo que sufría dejé de preguntarle y fui testigo de cómo a papá lo iba envolviendo la soledad… o la ausencia, no lo tuve claro.

Cuando su estado físico empeoró le llevamos con médicos. El único que se atrevió a decir algo fue un doctor entrado en edad, que se ufanaba de saber más por la experiencia que por los libros. “Diría que su papá está muriendo de miedo”, fue su diagnóstico.

Terminó por encerrarse en su habitación. Tenía la fuerza necesaria para moverse, pero fue como si renunciara a ello. No se movía más de lo necesario y pasaba sus horas sentado en una silla o acostado en cama, siempre con la vista perdida.

Le visitaba unas dos o tres veces por semana. Entraba a su habitación, me sentaba y le veía. Algunas veces le contaba algo, pero él no escuchaba o no quería escuchar. Otras pocas veces era él quien hablaba, sin decir más de una o dos frases que no hacían sentido: “Será pronto”, “Ya llegó”, “Es detestable y huele mal”, “Es muy, muy lento”, “Es una cosa horrible”, “Son siete días”.

Un día antes de que muriera le visité. “Me dejará sin respirar”, me dijo y agregó: “Tú serás el siguiente. Es un proceso lento y desesperante. Lamento que te tocara, no fue mi culpa. Sé más fuerte que yo. Se muere una hora por día, todos los días”.

Papá murió con pánico en su rostro. Quizá coincidencia con el doctor.

Comenté con la familia lo último que me había dicho y todos acordamos que había perdido la razón.

Más allá de su ausencia, su muerte relajó a la familia. Le sabíamos sufriendo y la idea de su descanso nos hizo bien.

Mis siguientes días pasaron sin más novedad que tener que contar a una que otra persona que papá había muerto y recibir de otros el pésame que nace de la obligación.

Una tarde, siete días después de que murió papá, me encontraba en un restaurante con unos amigos. Celebrábamos un proyecto que habíamos cerrado por la mañana y entre risas y bebidas, se nos pasaron los minutos.

Fue en punto de las cuatro y cincuenta y siete minutos. En un instante me encontraba en un cuarto de paredes blancas, muy iluminado, sentado en un sofá, con los brazos sobre los descansabrazos sin poder mover más que el cuello para ver en distintos ángulos. Tampoco podía hablar. Frente a mí, hacia la derecha, estaba una puerta abierta tras la que solo alcanzaba a ver y a adivinar obscuridad total. Justo frente a mí, colgado de la pared, un reloj que marcaba la hora y que avanzaba a velocidad normal, por eso supe la hora. No había nada más.

Silencio, mucho silencio. Silencio y el andar del reloj.

Cuando el reloj marco las cinco y cincuenta y siete, estuve de vuelta en la mesa, en el restaurante, con mis amigos, en la misma charla. No perdí nada. Era justo la hora en que había desaparecido. Fue como si nunca me hubiera ido.

Por supuesto, mi primera reacción, fue creer que aquello lo había imaginado, que mi mente jugaba conmigo, que acaso el recuerdo de las palabras de mi padre me afectaba de alguna manera. Incluso a la noche, cuando estuve solo, me afligí pensando que quizá terminaría enfermo como él.

Al día siguiente para las cuatro y cincuenta y siente, estaba en la oficina, y de nuevo me fui por una hora. Regresé y todo estaba igual.

Así pasaron semanas. Terminé por aceptar que mis días en realidad eran de veinticinco horas y que una de ellas era de ausencia y silencio.

Claro que me asustaba, me asustaban las tardes, me asustaba la hora, me asustaba no regresar más, pero de a poco fui aprendiendo a vivir con aquello.

Otra tarde, la misma hora y de vuelta al cuarto que no me permite moverme. Hubo silencio, pero fue interrumpido. Escuché algo. Algo que se movía, pero no supe qué era. Fue un ruido largo, muy largo. Terminó la hora y regresé.

Al día siguiente, cuando volví a la habitación iluminada, continuó el ruido y así por varios días… semanas. Mi cerebro estaba que explotaba, necesitaba entender, interpretar. Hasta que como en una revelación repentina lo entendí. Junté los sonidos de todo lo que había escuchado y creí identificar lo que pasaba. El ruido pertenecía a alguien que se estuviera poniendo de pie. Alguien que cargara con muchas cosas encima. Alguien que yaciera en la obscuridad aletargado. Era eso. Tenía que ser eso o un juego muy maldito de mi mente que me hacía entender todo aquello con tanta claridad.

Para entonces la hora diaria que tenía que pasar en aquella habitación me daba miedo. Entendí que no estaba solo.

Tiempo después alcancé a deducir un bostezo. Tardó semanas en terminar, pero estaba claro. Algo dormía y despertó. Algo que se movía lento, muy lento.

Mi día a día se fue alterando. Los nervios los tenía a flor de piel. Me fui alejando de la gente. Procuraba estar siempre solo para las cuatro y cincuenta y siete de la tarde.

Lo siguiente que deduje de los ruidos es que aquello daba pasos. Un solo paso duraba días y días, pero estaba claro para mí, era un paso, un paso de algo que arrastraba cosas. También entendí que respiraba. Su respiración era fuerte, como la respiración de alguien que hace mucho esfuerzo o de alguien que está entusiasmado.

Terminé por perder mi trabajo. Comencé a vivir de lo que tenía ahorrado y eventualmente me mudé a casa de mamá. Ahora duermo y me mantengo en el cuarto que ocupaba mi papá. Paso los días a media luz, sin hacer la cama, esperando la hora deseando que no llegue. No me lo dicen pero todos creen que tengo la misma enfermedad que él. Mamá llora mucho.

Ya han pasado años. Quiero explicarles lo que me pasa, pero no sé cómo.

No sé explicarles que cada tarde, en punto de las cuatro y cincuenta y siete, me transporto a un sofá en una habitación iluminada, en donde no puedo mover más que el cuello. Una habitación en donde todo pasa lento, muy lento y que en la puerta que está enfrente ahora alcanzo a ver los dedos de una mano arrugada que se asoma, la piel es verde y las uñas largas, como toda mano presta a hacer daño. No sé decirles que por encima de ella ha aparecido ladeada la mitad de la cabeza de un ser horrible y despreciable, cuyo único ojo que alcanzo a ver me ve con odio, con burla y con deseo de causarme dolor. No sé cómo decirles que es como si todos los días tuviera que contemplar una horrible fotografía que me da pánico y qué tal foto cambia muy poco a poco, que pasan días para que lo note, pero que cambia con mi destino en sus manos. Cómo decirles que sé que vendrá por mí, que acabará con mi vida y que me ha estado matando de miedo todos los días, por una hora en cada uno de ellos.

Detesto su olor nauseabundo y odio su lento mover. Paso el día imaginando el momento en que me ponga una mano encima. Pienso en todo el tiempo que pasará para que use su fuerza o lo que sea que vaya a hacer conmigo. A papá le cortó la respiración, pero no me dijo de qué forma.

Ya son las cuatro y cincuenta. En unos minutos me toca ir a morir otra hora, pero hay algo que me inquieta: ¿cómo supo papá que yo era el siguiente?

La cueva

Fue en mi cumpleaños número diecisiete. Mis papás habían organizado la celebración en casa y a regañadientes invité a mis amigos, no sin dejar de ser objeto de la burla de todos ellos que, lo acepto, merecía.

Familiares, amigos y conocidos almorzamos, comimos pastel luego de que soplara las velas, abrí los regalos, de los que ninguno me emocionó y, con molestia de mis padres, les abandoné, seguido por mis amigos. En el grupo éramos siete hombres de toda la vida y más adelante se nos habían sumado Marcela y Carolina.

Los nueve salimos sin un rumbo fijado.

Tras unas cuadras caminadas, Manuel hizo memoria de cuando solíamos bajar al barranco en nuestras expediciones hacia lo desconocido. Marcela, que igual que Carolina, nunca fueron, insistió en que hiciéramos una en ese mismo momento. Como no encontramos un buen argumento en contra, aceptamos.

Seguro que la imagen resultaba graciosa: nueve jovencitos, vestidos para fiesta, caminando entre matorrales, árboles, tierra, lodo y precipitaciones. Aquel no era un lugar particularmente peligroso, pero su riesgo sí que tenía.

No anduvimos por caminos hechos. Intentamos senderos propios. Era como si todos hubiéramos acordado, sin hacerlo, que una buena aventura tenía como requisito que nos perdiéramos.

Cuando la tarde estaba por ocultarse, decidimos descansar. Manuel andaba cigarros y a los nueve se nos hizo el momento ideal para inhalar humo, incluso a Rafael, que no perdía oportunidad para echarnos en cara lo estúpidos que éramos al hacernos daño porque sí.

Fue un momento maravilloso, casi épico en nuestras cortas vidas. Yo pensaba en la amistad que nos llevaba hasta ese lugar, hasta ese momento, en donde ni siquiera era necesario decir palabra.

El silencio fue interrumpido por los gritos de Gabriel, quien nos llamaba con prisa.

Corrimos todos guiados por el sonido de su voz. Lo encontramos frente a la entrada de una cueva que se plantaba delante de nosotros, firme, retadora y obscura.

No tuvimos que decir nada, todos supimos que teníamos que entrar.

Ya a los pocos metros la obscuridad nos abrazó. Fue como si nos abrazara por la espalda, respirando en nuestro cuello el miedo que terminaría por invadirnos. Caminábamos a tientas, aferrados a las paredes hasta que fue imposible distinguir nada. Manuel sacó su encendedor para alumbrar. Por unos segundos pudimos ver hacia dónde íbamos y luego de nuevo obscuridad. El encendedor se calentaba y Manuel tenía que apagarlo.

Así seguimos caminando sin encontrar nada más que la sensación de estar en donde no teníamos que estar. Igual seguimos hasta que Manuel encendió su encendedor una vez más y Julián notó algo sobre la pared. Nos acercamos y era una vieja antorcha, colgada a propósito en su base de hierro. Parecía que aún podía prenderse y Manuel lo intentó. En efecto el lugar quedó iluminado y pudimos ver la nada que nos rodeaba.

Nada.

Nada y nada más.

Solo estaba la antorcha que iluminaba el recinto.

Ahora veíamos claro el sendero por donde veníamos y uno hacia donde podíamos continuar.

Era necesario decidir.

Rafael sugirió que siguiéramos, que aquel no podía ser un lugar tan grande y que debíamos terminar lo que habíamos empezado.

Raúl dijo que aquello era suficiente como aventura y que más valía regresar por un camino que ya sabíamos seguro, a sabiendas de que afuera era la noche la que nos esperaba y aún teníamos un buen trayecto por caminar.

Raúl ganó por siete votos a dos.

Antes de salir Marcela insistió en que aquello no podía ser una caminata y ya. Que debíamos hacer algo que hiciera de ese día una experiencia para toda la vida. Sugirió que todos los años, por la misma fecha, regresáramos los nueve a encender la antorchar. Aquel simbolismo se ganó el aplauso de todos y quedó hecho el trato. Todos los años regresaríamos.

Dos semanas después Manuel murió de insuficiencia pulmonar.

Todos lo resentimos, pero decidimos que aquello no podía alejarnos y que más bien nos tenía que mantener unidos.

En todo el año nadie mencionó la cueva, hasta que Marcela habló con todos. Acordamos que iríamos el fin de semana luego de mi cumpleaños, y que lo haríamos en honor a Manuel.

El camino ya no fue difícil, se nos hizo familiar, e íbamos preparados con linternas y bebidas. Llegamos pronto hasta la antorcha que seguía ahí, apagada, pero como esperando por nosotros.

El momento fue emotivo. Guardamos silencio y fue Oscar, quien era el más cercano a Manuel, el que se puso al frente y encendió la antorcha.

La solemnidad, que nos salió de forma natural, nos conmovió a todos. Casi todos lloramos.

Alrededor de un mes y medio después, un automovilista perdió el control de su vehículo y pasó encima de Oscar y de su bicicleta. Su muerde fue inmediata, dijeron los paramédicos.

Dolidos y estupefactos, no dábamos crédito a aquellas dos tragedias y en tan poco tiempo. Estábamos de acuerdo en que no era algo común en un grupo de amigos de nuestra edad.

Para el siguiente año ya solo fuimos siete a la cueva. Llevamos fotos de Manuel y de Oscar, que dejamos al pie de la antorcha. Hicimos silencio, lloramos y ahora fue Raúl quien quiso encender el fuego.

Los siete que estábamos nos sentimos más unidos que nunca.

De Raúl nos despedimos tres semanas después, luego de que quisiera intervenir en un asalto que presenció. El asaltante soltó un tiro y le atravesó el hígado.

Hasta entonces lo vimos. Todos lo vimos con claridad.

Hablamos en el funeral de Raúl. No había duda de que quien encendiera la antorcha sería el próximo. Estaba claro para todos menos para Rafael, quien dijo que él sería el siguiente, si le acompañábamos. Solo Julián y yo aceptamos.

Al año siguiente fuimos solo los tres. No hubo ceremonia, pero sí dejamos la foto de Raúl junto a las otras, que se conservaban bien para estar en aquel ambiente.

Rafael encendió la antorcha y salimos de ahí.

Tres días enteros vomitando por lo que parecía una infección severa. Los doctores no llegaron a determinar la causa. Treinta y tres días fue todo lo que duró Rafael.

Por la circunstancia extraña y el miedo, los cinco comenzamos a separarnos. Para entonces ya teníamos como pretexto el estudio o el trabajo. Sin embargo mantenía comunicación constante con Marcela, quien procuraba hablar con todos, empecinada en que el grupo no terminara por disolverse.

Carolina y Julián se casaron. Nos vimos en la boda. Resulta que ya eramos adultos. Creo que fue la última vez que estuvimos juntos.

Años después Carolina moría en un accidente de tránsito al filo de la medianoche. Venía de una fiesta con sus amigas. Semanas antes le contó a Marcela que las cosas con Julián no funcionaban, que quizá la falta de un hijo les hacía sentir incompletos. Cansada de aquello, fue a la cueva sola, encendió la antorcha, dejó una foto de Rafael y se dedicó a rumbear sin descanso.

A Marcela le pesaba cada vez más la culpa. Si no hubiera sugerido que regresáramos cada año, se decía, todo aquello no hubiera pasado. Quizá por la misma culpa le contó a Julián la confesión de Carolina, quien, enamorado como estaba, fue a encender la antorcha y a dejar la foto de ella. Pensamos que quizá como no había pasado el año la cadena se rompería… pero no.

Julián nos contó que en la cueva había encontrado cinco fotografías. La foto de Gabriel también estaba ahí.

Averiguamos y la familia nos contó que hacía más de dos años que no sabían nada de él. Que se habían cansado de buscar y que le habían dado por muerto. Incluso Marcela le había perdido la pista, pero como no era una muerte, no le dio importancia. Hicimos un paupérrimo intento por encontrarle en Internet y por redes sociales, sabiendo que había decidido quitarse la vida y que dejar su foto en la cueva era la manera de contarnos que había sido su decisión.

Julián murió en su cama. Un paro cardíaco por una afección que padecía desde pequeño, que no fue detectada, dijeron los doctores.

Marcela terminó destruida. Se convenció de que todas aquellas tragedias habían sido culpa suya. Los siguientes meses se comieron sus deseos por vivir. La vi envejecer en un santiamén. Aquella alma amargada me dejó una nota:

Me voy. Me voy para librar la culpa. Me voy como pago de una deuda. Ojalá mi muerte recuperara la vida de los otros. Me voy porque es mi turno. Así lo veo. Así lo creo. Me voy de la forma en que debo irme. Me falta valor para arrebatarme la vida por mí misma y romper el ciclo. Voy a la cueva a encender la antorcha y ya no sabrás de mí. Quizá tome algunas semanas, pero no te quiero a mi lado mientras esté condenada a morir. Quiero cargar con este dolor por los días que me queden. Quiero que ese dolor me dañe, que me carcoma, quiero pagar lo que es justo.

Al día siguiente de recibir la nota, encontraron un cuerpo al fondo del río. Marcela se había arrojado.

Ha pasado justo un año desde que Marcela se quitó la vida. Hoy día me pregunto cómo se consigue tanto deseo por abandonar la vida a los 31 años. De dónde se saca la prisa porque todo termine. Cómo es que siendo tan joven alguien se puede sentir tan viejo, tan cansado. Cómo se hace para alcanzar a tan corta edad la idea de que la vida no vale la pena.

Estoy de pie en aquel lugar donde los nueve fumamos juntos, sin decir palabra. Acabo de salir de la cueva. Tuve que venir porque Marcela no mencionó en la nota si había dejado su fotografía. Encendí la antorcha y comprobé que, en efecto, faltaba.

Ahora estamos los nueve. He dejado la mía junto a la de ella.

Cariño

A García me lo topaba frecuentemente en la cafetería de la oficina, a la hora de la refacción. Si tuviera que describirlo diría que era una persona apagada, alguien quien respira porque no tenía más opción. No se relacionaba con nadie, pero de a poco me comenzó a hacer gestos de saludo y sin darnos cuenta un día estábamos hablando del clima y del trabajo, que siempre abunda. Pura verborrea sin sentido.

Hace unas semanas le noté inquieto, y es que a García se le notaba fácil, porque nunca se le movía un pelo. Era como si nadie le hubiese presentado las emociones, como si le fueran ajenas.

Su notoria inquietud era algo que no me importaba, pero igual le pregunté y me contó una historia:

“Desde hace seis semanas me pasa algo extraño. Los viernes por la mañana siempre hay un sobre en mi buzón. Antes de salir para el trabajo paso por él. Todo lo que hay dentro es una hoja pequeña con una palabra. La primera decía “Compañerismo”. Aparte de lo curioso de una carta así, no le presté mayor importancia, creyendo que se habrían equivocado de dirección. Hasta ahí nada extraño, pero hay un pero enorme.

Ese día, contrario a como ha sido toda mi vida, la gente fue compañera conmigo, es decir, alguien detuvo la puerta para que pasara, me saludaron, en una reunión me ofrecieron café y hasta me preguntaron cuánto de azúcar. Alguien me dijo que me veía cansado, que seguro no estaba descansando bien. Sé que no es cosa de otro mundo, pero a mí eso nunca me pasa, así que fue un día particular.

Claro, no vi la relación entre la carta y mi día sino hasta el viernes siguiente. Recibí otra carta. Esta tenía escrita la palabra “Educación” y, en efecto, como habrás deducido ya, ese día todos fueron educados conmigo. Me dejaban pasar primero, me trataban de forma amable. Hasta los correos electrónicos que recibía iban con un formalismo más allá de lo normal.

Eso se ha repetido una y otra vez, cada viernes desde entonces. Aparte de las que te mencioné he recibido las palabras cuidado, ameno y hoy recibí la palabra atención, y acá estás vos, diciendo que me ves inquieto y queriendo saber qué me pasa. ¿Ves? Estás siendo atento.”

No le tenía la confianza para decirle que no le creía o que exageraba, así que solo asentí y puse rostro de consternado.

— ¿Qué o quién crees que sea? —le pregunté.

—No lo sé, ni me importa. Pensé quedarme a velar para ver llegar el sobre, pero todo esto tiene su encanto y me da curiosidad. ¿Por qué iba a querer arruinarlo?

Cuando dejó de hablar entró Gertrudis a la cafetería, se dirigió a García y le dijo: “Que maravilla de correo la que enviaste a producción, me fijé en cada punto y cada coma que utilizaste. El énfasis quedó perfecto. ¡Buen trabajo!”. Y se marchó.

García me volteó a ver con ojos de: ¿Ves?

En efecto, nunca había visto a nadie siquiera hablar con él.

—Ya me pasó temprano y si me siguieras te darías cuenta de que todo el día será así. La gente será atenta —me dijo.

No dije nada.

—¿Te confieso algo? —insistió— Cansa. No estoy acostumbrado al buen trato de la gente. Sigo esperando que en el sobre aparezca alguna palabra menos exhausta, tipo enojo, indiferencia, rencor, pero nada. Con ellas podría lidiar mejor.

Los siguientes días transcurrieron como si nada. Nuestra dinámica fue la de siempre. Aunque en realidad yo disimulaba mi ansia porque llegara el viernes y averiguar con qué salía para entonces.

Ese día, al llegar a mi escritorio, me puse a revisar los correos. Había uno de García que decía:

Nunca recibí afectos y me acostumbré a ello. Nunca nadie tuvo muestras de amor o de interés por mí y así mis días transcurrían tranquilos, sin altibajos que me alteraran. Nunca nadie tuvo un gesto más allá de la cordialidad de la que el ser humano debe vivir rodeado y eso funcionaba para mí. Hoy recibí una carta y la palabra escrita es “Cariño”, y no, yo no puedo con eso, no sé reaccionar a eso, no sé tratarlo, no sé cargarlo. No lo quiero, no lo pedí. No quiero una sola muestra de amor, en cualquiera de sus variables. Esto no es para mí.

García no se presentó a trabajar y no supimos de él en toda la semana. Pocos se dieron cuenta de su ausencia, de hecho se enteraron porque Recursos Humanos hizo un comunicado hablando de su extraña desaparición, a la que no llamaron así, y decían que se solidarizaba con los compañeros de trabajo y demás palabrería que no hizo mella en nadie.

Averigüé en el sistema su dirección. El jueves por la noche pasé por su casa. Todo estaba apagado y el buzón, vacío.

A la mañana siguiente pasé de nuevo, antes de ir para mi trabajo. Primero llamé a su puerta. No había nadie. Luego abrí el buzón y tomé el sobre.

Antes de salir de mi casa vi en la prensa que habían rescatado un cuerpo del río. Estaba sin identificar, pero yo no tenía duda. García se habría quitado la vida.

Ya en el auto abrí el sobre y ahí estaba la palabra. Decía “Felicidad”.

Mi día fue normal. Nada se alteró y nada me dio felicidad. Ni ese viernes, ni nunca. Seguí buscando cada viernes pero no aparecieron más sobres en el buzón de García.

Hoy día sigo siendo infeliz.

¡Eres un idiota García! ¡Eres un idiota!

Caminata nocturna

Me encontraba caminando a eso de las tres de la mañana por las calles abandonadas de mi barrio. Venía de reunirme y pasarla bien con unos amigos. También venía de perder todo el dinero que me quedaba para terminar el mes. ¡Maldito diez de espadas!

A pesar del alcohol, que se adueñaba de parte de mi funcionar físico, mi mente iba preocupada porque no tenía idea de cómo haría para alcanzar el fin de mes.
Creo que lloraba. No estoy seguro.

Trataba de convencerme de que ya antes había estado en estos apuros y de que ya más bien esto era un hábito, pero es que siempre es humillante tener que recurrir a pedir ayuda a la gente, porque pesa en el “Mi vida va de maravilla” que todos deseamos presumir.

Fue entonces que vi cómo una porción del viento tomaba forma y se apresuraba a correr, pasando frente a mí. Apenas pude verle. La figura desaparecía cuando intentaba seguirla con la vista. Di tres pasos más y de nuevo pasó frente a mí. Su velocidad era vertiginosa, pero alcancé a ver que sí era alguien que corría frente a mí.

Ocurrió una vez más. Esa vez me rodeó, siempre a gran velocidad. Dio tres vueltas a mi alrededor y desapareció hacia mi derecha.

Dejé de caminar, ya no pude, el miedo no me lo permitía. Solo esperaba.

Entonces la forma, a la distancia, se hizo más grande. La vi correr aprisa directo hacia mí. Vi sus ojos, era toda la maldad en una mirada. Venía por mí. Me haría daño. Me atacaría y yo no tendría ninguna oportunidad… pero tropezó.

Le vi trastabillar. Con sus manos intentaba no dar de lleno con el suelo. Sus pasos eran descompuestos, asincrónicos. Ahora sus movimientos eran como en cámara lenta. Escuché el gemido como de quien siente el dolor antes de tiempo. El ser, ahora desarticulado, terminó por caer de bruces, con el rostro enterrado y las articulaciones en una posición nada decorosa.

¡Qué carcajada! No recuerdo la última vez que reí así. Me dolió el estómago. Terminé sentado en el suelo gimoteando de risa.

Se puso de pie y su aspecto era por demás desagradable. Su rostro era como de quien carga un dolor muy grande encima. Me hizo pensar en su mirada de antes, como si se librara de su peso al atacarme. Ahora se veía devastado.

A pesar de su esfuerzo, soltó una risa que creció y creció.

Ahí estábamos los dos, en una calle solitaria, riendo a carcajadas el infortunio de uno de los dos, y no era el mío.

Se incorporó y se acercó con paso lento. Mi miedo había desaparecido. Ha de ser que uno tiene la idea de que no se hace daño a aquel con quien se comparten carcajadas.

Se sentó a la par mía y me vio como sin saber por dónde iniciar la conversación. Yo quería preguntar que qué era él, pero no encontraba la forma. No vale la pena enojar a alguien tan mal encarado, rápido y capaz de aquel papel de malo.

—Ya deberías estar muerto —Fue la primera frase que soltó—. Soy un demonio y vengo por tu alma —agregó con calma.

Tuve problema en articular alguna frase.

—Tranquilízate, ya arruiné el show —insistió.

En realidad intenté tranquilizarme.

—¿Qué show?

—Mi trabajo…

Hizo una pausa.

—… Más bien, mi condena, que es dedicarme a recoger las almas de la gente para llevarlas al infierno. Debo hacerlo con estilo, con clase, respetando ciertas normas, pero lo arruiné.

—¿El show?

—El show. Debo parecer malo. Debo dejar una experiencia desagradable en aquel que se topa conmigo.

—¿Para qué? —pregunté, respirando con más calma.

—No lo tengo claro. Creo que hay quienes logran escapar y luego hacen que se perpetúe esa idea del infierno al que tanto miedo le tiene la humanidad. Ha de ser que así les tienen controlados. ¡Ya sabés! El bien y el mal y todo eso.

—¿Entonces existe el cielo, el infierno, dios, el diablo…?

—No, nada de eso es cierto —rió—. La gente se muere y ya.

—¿Así sin más?

—Así sin más.

—Pero estás acá… ¿Cómo explicás que estés aquí?

—Explicá que vos estés aquí.

No pude.

—Yo soy. Y soy para esto. Asusto y la gente se muere.

—¿Cómo? —Interrumpí.

—Lo verás a su tiempo.

—¿Y cuál es tu recompensa?

—Supongo que ser. Ser lo que soy. No hay más. Tampoco aspiro a más.

—¿Nunca te lo cuestionás?

—Todo el tiempo. Como algunos de ustedes lo hacen.

—¿Y los tuyos?

—No hay. No los veo. No sé si están.

—¿Pero existen?

—Más personas mueren. Han de existir.

—Tu existencia parece triste ¿Cómo es que…

—¿Mi existencia? No tenés para llegar a fin de mes. Lo fuiste a despilfarrar todo en un juego de cartas. No tenés ni a quién pedir ayuda. Andás solo por la calle a esta hora sin que nadie se preocupe por vos ¿y mi existencia es la triste?

Parecía exaltado.

—Se les da tan bien juzgar —continuó—. Tienen tres datos y deducen la historia. Ven un acto de alguien y la tolerancia se les esfuma. No comparten una opinión y ya tienen enemigos. Su especie sí que da tristeza.

—Yo solo…

—No mi amigo, no. Aprendieron tan poco. ¡Qué bueno que su existir se corta de tajo y de ustedes no queda nada!

Guardamos silencio.

—¿Y ahora qué pasará conmigo? —dije, con miedo de la respuesta.

—Por ahora nada. No voy a matarte. Quedarás vivo y seguro hablarás de lo que te pasó, ya porque confíes en alguien o porque bebas de más.

—¿Solo me voy?

—Como lo haré yo. Igual en algún momento vendré por vos.

—¿Pronto?

Me vio con desdén y no contestó.

Se puso de pie y se marchó por donde yo venía. Me puse de pie y encaminé hacia mi casa, apenas creyendo lo que me había pasado.

Al día siguiente me desperté sobresaltado. Quise recordar lo acontecido, incluyendo la cantidad de licor que había ingerido. ¿En realidad había salvado la vida por un tropezón?

Pasaron los días y las semanas y de a poco fui restando importancia a aquella noche, convencido de que había sido exceso de alcohol o un sueño. Incluso lo conté alguna vez en reunión con amigos como eso, como un sueño curioso.

Hoy que desperté, junto a mi almohada había una nota:

“A lo mejor el alma, dios, el diablo, el cielo y el infierno sí existen. Quizá solo quise jugar con vos y con tus creencias. A lo mejor mi caída fue parte del show. Quizá lo que me proponía era crear un ser cínico, que despreciara la vida o al menos que no se afanara por ella, porque vería en su muerte un final sin más consecuencia que el final mismo. Es posible que desaprovecharas esa oportunidad racionalizando todo, culpando a la imaginación o a la bebida. A lo mejor de lo que dije solo la mitad es cierta, pero ¿qué mitad será? Quizá te toque morir pronto y venga por tu alma con otro show”.

La firma de la nota dice: Tu demonio.

Carrillo

Podría contar de mi vida, de cómo aprendí a vivirla, de las actividades que siempre me gustaron, y de cómo me dediqué a matar mi tiempo pero, más allá de que le encuentro insignificante, para esta historia carece de relevancia, pues todo comienza una noche de viernes, en una cena que tuve con Carrillo, una amistad que había cultivado desde el instituto.

Nos juntábamos unas pocas ocasiones al año, cosa de no perder el contacto. Nos poníamos al día, bebíamos algunas cervezas y con un abrazo nos deseábamos buena suerte para los días venideros. Tal era la rutina y así debió ser esa que fue la última vez, pero la charla nos llevó a juzgar mi escepticismo y a cuestionar las creencias de Carrillo, quien era muy dado, más que a la religión, al esoterismo y a todo lo que tuviera tinte de raro.

—No existe tal cosa como algo sobrenatural —le insistía— si ocurre, ocurre en la naturaleza misma, por tanto es natural.

—Pasa que ustedes los escépticos lo son en teoría, pero cuando les toca experimentar, solo usan la lógica que aprendieron para huir, y puedo probarlo —refutó.

Intrigado por su prueba le dije que quería escuchar de ella, y me contó de un lugar, no muy lejos de ahí, en el que un brujo realizaba sus trabajos.

—Su especialidad es el intercambio de almas —me dijo.

Yo reí. Reí con gusto. Con ganas. Reí como deberían reírse todas las risas.

—Podemos ir si quieres —intentó interrumpirme con evidente molestia— ¿O te vas a quedar con la teoría?

Sin dejar de reírme le dije que aceptaba, sin siquiera meditarlo. Luego agregué que los gastos correrían por su cuenta.

Acordamos que haría la cita y me confirmaría en un par de días, para luego cambiar de tema y despedirnos con un abrazo, ahora sin miras a un futuro lejano.

La cita quedó hecha para el sábado por la tarde. Llegué a la dirección que me había proporcionado. Una construcción humilde, como abandonada, en un callejón, sin nada que llamara la atención. Una casa más. El hogar de un embuste más.

Entramos y contrario a lo que imaginé, el lugar era iluminado. Un hombre delgado, que estaría en sus cincuentas, se presentó como el brujo —Nunca supe su nombre—. Nos invitó a sentarnos en unos sofás cómodos. Ya sabía a lo que íbamos, así que no hizo preguntas.

Esperé un discurso que creara ambiente y alguna frase que le diera salida. Una salida tipo que si no creíamos, no lograría hacer el cruce de almas. Nada de eso ocurrió. Cerró los ojos, como meditando, juntó sus manos y luego de unos segundos dijo con cierta euforia: “¡Ya está!”.

Yo reí hacia mis adentros.

Nos pusimos de pie. Salimos del lugar y ya en la calle le dije a Carrillo que lamentaba la pérdida de su dinero y que esperaba que no se siguiera burlando de los escépticos teóricos.

—De ellos sí —fue todo lo que dijo, con una amplia sonrisa en su rostro a la que interpreté como un esfuerzo por ocultar la vergüenza que sentía.

Nos abrazamos y nos despedimos.

De camino a casa vi como la tarde se ponía gris y el ambiente se tornaba asfixiante. Sentí mis pasos pesados, como si poco a poco fueran agregando arena dentro de mis zapatos.

Pensé en lo absurdo de aquella sesión. En lo absurdo de la discusión con Carrillo. En lo absurdo de nuestras juntas. En lo absurdo de querer mantener una amistad que poco aportaba a los días.

Llegué a casa y solo tuve fuerza para acostarme y tratar de olvidarme de todo.

Desde aquel día la vida se me volvió cuesta arriba. Los días carecen de sentido. Mi vida no tiene objeto. Ya no hay porqués. Los proyectos en los que creí son un sinsentido. Las ganas me huyen, se esconden, juegan conmigo, como si mi desdén por la existencia les hubiera ofendido y ya no quisieran tener nada que ver con mi persona.

De aquella sesión con el brujo ya pasaron cuatro meses. Hoy he salido de mi tercera sesión con el psicólogo. Hemos discutido, casi peleado. Es que se niega a creer que la depresión habita en el alma.

¡Te odio Carrillo! ¡Te odio!

Sombra

Tengo por costumbre vivir encerrado entre las cuatro paredes de lo que soy y de lo que he hecho de mí. Todo con el firme propósito de evitar, cuanto me sea posible, el contacto con la gente. Es una costumbre que adquirí en un instante al que recuerdo como mi momento máximo, el momento de la más grata revelación que alguna vez tuve.

Caminaba de regreso del trabajo, luego de un día pesado, como sentía todos. Iba cargado con la falta de trascendencia de un trabajo que tanto daba si ejecutaba o no, cuando, sin intención alguna, me puse a hacer un listado de la gente que consideraba mis allegados. Pensaba en ella, en sus vidas, en la forma en que nos conocimos y lo que habíamos compartido, para luego imaginar sus vidas sin mí.

El resultado, una y otra vez, fue el mismo. Sus vidas no parecían cambiar mucho sin mi compañía, o más bien nada.

Y es que, contrario a lo que se cree, si una vida no depende de esos millones de personas que nunca conocerá, una más o una menos, no habría de hacer mella.

Desde aquel día, de a poco, me fui alejando de todos. Si no me buscaban, no les buscaba, y supongo que ellos entendieron lo mismo, o lo anhelaban… Da igual.

Mi vida se convirtió en una vida básica más. La vida de alguien que existe solo por existir y porque no existir, por alguna razón que escapa a mi comprensión, no se antoja.

Mi rutina me orilló a pasar mucho tiempo en casa, con las ventanas cerradas, los sonidos apagados y con poca luz, casi siempre de velas. No me hice a la lectura, porque tampoco quise ese contacto con el mundo exterior. De nada aprovecha vivir otras vidas a través de las páginas, si para la propia no se tiene aspiración. Me dediqué a pensar y en ese pensar, a convencerme de que estar solo era la decisión correcta. También me dediqué a observar, a observar la quietud, a observar cómo es el mundo cuando el tiempo no pasa, cuando el tiempo no transforma, cuando el tiempo abandona el hogar.

Ahí, en la pasividad, también conocí el mundo de las sombras e hice amistad con la mía.

Mi sombra, esa seguidora nostálgica que no abandona y que no se entromete. Esa que, incapaz de gesto alguno, no juzga, ni aplaude.

Por meses la contemplé por horas y la hice mover a placer.

Una vez decidí hablarle y aquello me gustó. Parecía que, interesada, me prestaba atención, y si la sentía ausente, me movía para contemplar sus movimientos obligados.

Sobre tan pocas cosas tenemos control absoluto, como sobre aquella desdichada.

Con mi sombra teníamos resuelta mi vida. Yo la usaba y a ella no le importaba. Me acompañaba y no se ofendía si la ignoraba. Solo dormía cuando me ponía en total obscuridad, y yo aprovechaba a descansar de ella.

Todo era perfecto hasta… hasta hace unos días.

Ya entrada la noche estaba en compañía de una vela y mi sombra, ocupando un espacio en la sala sin más motivo que el estar. Veía hacia la pared y de reojo contemplaba a mi sombra que, inmóvil, aguardaba por mí. Entonces, hacia el rincón de la habitación, me pareció ver que algo se movió, un destello sin luz, un veloz intruso. Un insecto o un roedor, pensé sin preocuparme. Si había entrado, seguro terminaría por abandonar el lugar.

Pasaron unos minutos y sentí el movimiento de nuevo. Digo sentir, porque no estaba seguro de haberlo visto. Dejé mi vista fija y contemplé cómo del fondo una figura gris se levantaba. Solo moví los ojos para ver a mi sombra, que, impávida, seguía en su lugar. Regresé la vista y la figura fue clara, era mi sombra, otra sombra, pero una que se movía libre.

Sus primeros movimientos fueron cautelosos, como procurando que no le viera, pero ha de tener mucha energía, porque no se controló por mucho tiempo. Comenzó a moverse por los lugares más obscuros, oculta e inquieta.

—Hey tú— le dije con tono de quien da una orden —¡Detente ahí!

Se detuvo.

—¿No es que tú deberías obedecer todos mis movimientos y no valerte por ti misma?

Pareció no reaccionar, pero se fue moviendo poco a poco, ahora buscando la luz, como buscando que la reconociera en su plenitud.

Se posó frente a mí imitando mi postura y luego bailó, bailó y saltó. Mi sombra, mi amiga la de siempre, y yo, solo le contemplábamos.

Desde entonces la rebelde anda con nosotros. Se divierte escondiéndose de extraños y siendo inquieta cuando está en soledad con nosotros.

Molesto, porque no me gusta tener dos sombras, concluí que no tenía caso pelear contra ella. No tenía forma de ahuyentarla y quizá me terminara acostumbrando a su presencia.

Buscaba tranquilizarme hasta hace tres noches que, sentado frente a la misma pared de siempre, mi cuerpo se movió. Se movió sin instrucción mía. Se movió porque no tuvo opción de evitarlo. Hizo un movimiento que sentí muy natural y luego me devolvió el control.

Minutos después pasó lo mismo y un par de horas después, pasó otra vez.

Asustado, pensé que quizá estaba siendo presa de alguna enfermedad, pero entonces la vi de nuevo en aquel mismo rincón donde la vi por primera vez. Hizo un movimiento y yo, en paralelo, la imité.

Notó que me di cuenta y se fue a esconder, como se escondería un perro a quien su amo ha regañado, y aquellos movimientos pararon, pero a la noche siguiente fueron más, luego más… y hoy ya llevo varios.

Temo que terminará por darse cuenta y por dominarlo. Aquella sombra rebelde no nació para obedecer mis movimientos, nació para que yo obedezca los de ella.

La plaza

Cansado de estar despierto en cama, se puso de pie y salió a caminar. La ciudad, vestida de negro y de frío, le esperaba con la soledad que la caracteriza a las dos de la mañana.

Enfiló hacia una plaza cercana, que en tiempos pasados solía buscar cuando algo le atormentaba, temiendo la recepción de aquella, ahora que ningún tormento le aquejaba.

De pie, frente a una banca, tomó uno de los dos cigarrillos que le quedaban en su paquete y dejó que el calor amargo del humo invadiera su ser.

La plaza, como lo temía, se mostró indiferente ante su presencia.

Pensó en Sara, porque siempre que tenía que pensar en el pasado era ella quien acudía a sus recuerdos.

La recordaba joven y hermosa, aunque no lo fue tanto. La recordaba valiente y cariñosa, aunque le abandonó y nunca fue amable en su trato. La recordaba alegre y carismática, aunque momentos puntuales de felicidad con ella no tenía.

Sara era el recuerdo de algo que no fue, era el recuerdo dibujado de la forma como debió ser en los deseos que entonces tuvo Camilo.

Sus pocos recuerdos no eran escenas, eran fotografías pasadas por Photoshop.

Suspiraba de tanto en tanto y en cada calada al cigarro anhelaba aquellos tiempos mejores que nunca ocurrieron.

El suyo fue un matrimonio de siete años, que alcanzó su fin cuando Sara anunció que se iba sin más, sin explicaciones, sin causa alguna más que el deseo de irse. Le quería, aseguró, pero aquello había sido un error, no de escogencia, sino el haber caído en la estúpida trampa de unirse a alguien más para siempre.

Camilo la contradijo: Para siempre no es mucho insistió, sino un todo finito que es un excesivo precio para cualquier cosa. Y como si tal cosa, la dejó ir sin protestar, sin renegar, sin reclamar y sin odiar.

Después de aquel día a Camilo se le perdieron los tormentos y no supo volver a dar con ellos.

Tomó la vida con actitud y se desentendió de ambiciones, de anhelos y de sueños. Se enemistó con los conflictos y dejó de dar importancia a opiniones, reclamos y decires.

La semana pasada cumplió setenta y dos años de vida y ayer le dieron los resultados de unos exámenes, en donde le informaron que pronto morirá.

Creyó estar listo para morir, pero tiene en la mente una idea extraña.

Nada le atormenta, no tiene nada que arreglar de su vida, no tiene nada que reclamar a alguien, y no tiene nada para dejar al mundo, pero siente haber equivocado la forma, siente haber tirado sus años y siente que se hace uno con la plaza y con la noche, como si pudiera verse en la inexistencia que le ha acompañado desde que Sara se fue.

Buscó un espacio en el amplio jardín de la plaza, se agachó y con una rama ha escrito en el suelo: ¡Debí odiarte, Sara!

Tiró la rama y tomó el camino de regreso a casa pensando que su cama quizá no era el mejor lugar para fallecer.