Sombra

Tengo por costumbre vivir encerrado entre las cuatro paredes de lo que soy y de lo que he hecho de mí. Todo con el firme propósito de evitar, cuanto me sea posible, el contacto con la gente. Es una costumbre que adquirí en un instante al que recuerdo como mi momento máximo, el momento de la más grata revelación que alguna vez tuve.

Caminaba de regreso del trabajo, luego de un día pesado, como sentía todos. Iba cargado con la falta de trascendencia de un trabajo que tanto daba si ejecutaba o no, cuando, sin intención alguna, me puse a hacer un listado de la gente que consideraba mis allegados. Pensaba en ella, en sus vidas, en la forma en que nos conocimos y lo que habíamos compartido, para luego imaginar sus vidas sin mí.

El resultado, una y otra vez, fue el mismo. Sus vidas no parecían cambiar mucho sin mi compañía, o más bien nada.

Y es que, contrario a lo que se cree, si una vida no depende de esos millones de personas que nunca conocerá, una más o una menos, no habría de hacer mella.

Desde aquel día, de a poco, me fui alejando de todos. Si no me buscaban, no les buscaba, y supongo que ellos entendieron lo mismo, o lo anhelaban… Da igual.

Mi vida se convirtió en una vida básica más. La vida de alguien que existe solo por existir y porque no existir, por alguna razón que escapa a mi comprensión, no se antoja.

Mi rutina me orilló a pasar mucho tiempo en casa, con las ventanas cerradas, los sonidos apagados y con poca luz, casi siempre de velas. No me hice a la lectura, porque tampoco quise ese contacto con el mundo exterior. De nada aprovecha vivir otras vidas a través de las páginas, si para la propia no se tiene aspiración. Me dediqué a pensar y en ese pensar, a convencerme de que estar solo era la decisión correcta. También me dediqué a observar, a observar la quietud, a observar cómo es el mundo cuando el tiempo no pasa, cuando el tiempo no transforma, cuando el tiempo abandona el hogar.

Ahí, en la pasividad, también conocí el mundo de las sombras e hice amistad con la mía.

Mi sombra, esa seguidora nostálgica que no abandona y que no se entromete. Esa que, incapaz de gesto alguno, no juzga, ni aplaude.

Por meses la contemplé por horas y la hice mover a placer.

Una vez decidí hablarle y aquello me gustó. Parecía que, interesada, me prestaba atención, y si la sentía ausente, me movía para contemplar sus movimientos obligados.

Sobre tan pocas cosas tenemos control absoluto, como sobre aquella desdichada.

Con mi sombra teníamos resuelta mi vida. Yo la usaba y a ella no le importaba. Me acompañaba y no se ofendía si la ignoraba. Solo dormía cuando me ponía en total obscuridad, y yo aprovechaba a descansar de ella.

Todo era perfecto hasta… hasta hace unos días.

Ya entrada la noche estaba en compañía de una vela y mi sombra, ocupando un espacio en la sala sin más motivo que el estar. Veía hacia la pared y de reojo contemplaba a mi sombra que, inmóvil, aguardaba por mí. Entonces, hacia el rincón de la habitación, me pareció ver que algo se movió, un destello sin luz, un veloz intruso. Un insecto o un roedor, pensé sin preocuparme. Si había entrado, seguro terminaría por abandonar el lugar.

Pasaron unos minutos y sentí el movimiento de nuevo. Digo sentir, porque no estaba seguro de haberlo visto. Dejé mi vista fija y contemplé cómo del fondo una figura gris se levantaba. Solo moví los ojos para ver a mi sombra, que, impávida, seguía en su lugar. Regresé la vista y la figura fue clara, era mi sombra, otra sombra, pero una que se movía libre.

Sus primeros movimientos fueron cautelosos, como procurando que no le viera, pero ha de tener mucha energía, porque no se controló por mucho tiempo. Comenzó a moverse por los lugares más obscuros, oculta e inquieta.

—Hey tú— le dije con tono de quien da una orden —¡Detente ahí!

Se detuvo.

—¿No es que tú deberías obedecer todos mis movimientos y no valerte por ti misma?

Pareció no reaccionar, pero se fue moviendo poco a poco, ahora buscando la luz, como buscando que la reconociera en su plenitud.

Se posó frente a mí imitando mi postura y luego bailó, bailó y saltó. Mi sombra, mi amiga la de siempre, y yo, solo le contemplábamos.

Desde entonces la rebelde anda con nosotros. Se divierte escondiéndose de extraños y siendo inquieta cuando está en soledad con nosotros.

Molesto, porque no me gusta tener dos sombras, concluí que no tenía caso pelear contra ella. No tenía forma de ahuyentarla y quizá me terminara acostumbrando a su presencia.

Buscaba tranquilizarme hasta hace tres noches que, sentado frente a la misma pared de siempre, mi cuerpo se movió. Se movió sin instrucción mía. Se movió porque no tuvo opción de evitarlo. Hizo un movimiento que sentí muy natural y luego me devolvió el control.

Minutos después pasó lo mismo y un par de horas después, pasó otra vez.

Asustado, pensé que quizá estaba siendo presa de alguna enfermedad, pero entonces la vi de nuevo en aquel mismo rincón donde la vi por primera vez. Hizo un movimiento y yo, en paralelo, la imité.

Notó que me di cuenta y se fue a esconder, como se escondería un perro a quien su amo ha regañado, y aquellos movimientos pararon, pero a la noche siguiente fueron más, luego más… y hoy ya llevo varios.

Temo que terminará por darse cuenta y por dominarlo. Aquella sombra rebelde no nació para obedecer mis movimientos, nació para que yo obedezca los de ella.