Charla de madrugada

Papá se acercó sin hacer ruido, se sentó en el sillón que tenía al frente y ambos nos dispusimos a charlar. El amanecer no tardaría en aparecer.

La última vez que conversamos fue hace tres años, aunque en realidad en esa ocasión él no dijo nada. Recién había fallecido y se dedicó solo a escuchar. Me despedí de él dándole las gracias por haber sido el padre que fue, por sus enseñanzas y por su esfuerzo. Aquella fue una buena conversación colmada de recuerdos, nostalgia y minutos estancados en el tiempo.

Por el contrario, en esta ocasión se le veía fuerte. Su piel parecía haber rejuvenecido aunque no tenía brillo, estaba más bien opaca. Su mirar no era aquel ver cálido de antaño, que invitaba a bajar la guardia. Era una mirada como extraviada.

Inició la plática sin formalismos, como hicimos siempre:

— Vine porque estoy seguro de que hallarás interesante lo que pasa después de la muerte.

— ¿Para quién podría no ser interesante? — le cuestioné.

— A la mayoría de las personas no les interesa más que sus propias versiones de lo que pasa — respondió, y comenzó a hablar mientras yo me ponía en posición de atento — Lo peor que le puede pasar a un individuo es afanarse por su legado. La post vida, a la que no sé de qué otra forma llamar, se cobra caro la altanería de querer trascender la muerte.

Por supuesto no entendí nada, pero no quise interrumpir. Él continuó:

— Estoy en un lugar acompañado de muchísimos otros que no pueden irse de ese sitio o que son incapaces, como yo, de terminar de morir. No lo tengo del todo claro, pero resulta ser que se sigue ahí mientras se es recordado de este lado.

— ¿De qué lado?

— Este. Del tuyo. El de la humanidad. El de la vida.

— Como en la película animada.

— Igual, pero a diferencia de aquella, uno no quiere estar.

— ¿Por qué?

— Porque no se siente bien, no hay placer, no hay nada que haga sentir bien. Es como si al llegar a uno le apagaran los sentires y las ilusiones. Solo hay pesadez, aburrimiento, desdén por todo, así que en general uno lo que quisiera es no estar. Se equivocaron los estoicos. Uno lo que quiere es dejar de ser. Acaso humanidad es ese chispazo de deseo e ilusión que hace a los seres humanos perseverar para alcanzar algo que ninguno tiene realmente claro. La gente vive como para lograr algo, aunque no tenga nada por lograr. Sí, apuesto que a uno lo que se le muere es la humanidad.

— Lo del castigo eterno, entonces, no era mentira.

— No es eterno, constantemente desaparecen muchos. Como te digo, pasa cuando ya nadie les recuerda.

— Eso tomará una o dos generaciones ¿no?

— No si sos Hitler, Stalin o Churchill. No si sos Borges, a quien dicho sea de paso, es curioso verlo callado. La imagen que tuve siempre de él es que siempre tenía algo que decir sobre todo.

— ¿Has conversado con Borges? ¿Con todos ellos? ¿Con famosos?

— A nadie le gusta hablar, la interacción es muy poca, pero sí, en ocasiones se habla de uno o de otro o alguien alza la voz porque sí.

— Hitler la ha de tener difícil — comenté.

— En efecto. Se cree que Stalin se irá primero. Irónico ¿no?

— Curioso al menos.

Guardamos silencio. Yo intentaba hacerme una idea realista de aquello que papá contaba. Al final él rompió la pausa:

— ¿Qué estás pensando?

— En quién será aquel que está peor en su condena.

— ¿Quién creés que sea?

— Jesús. Eso, si acaso existió.

— Existió, pero puesto que está ahí con el resto de nosotros, resultó ser solo un mortal más.

— Solo un mortal ¡Lo sabía! — dije, sin tener claro qué quise expresar.

— Un mortal al que hicieron dios. Cuentan que alguna vez confesó que se creyó todo eso de ser dios mismo, por eso aceptó de buena gana el castigo y las humillaciones, para luego dejarse matar. Sin duda lo tiene complicado. Mientras exista cristianismo no podrá salir de todo esto.

— Ha de ser el más desdichado de todos.

— No, hay alguien que está peor.

— ¿Cómo? ¿Alguien trascendió más que aquel sobre el que se fundaron religiones, mitos, leyendas y por quien se han aniquilado vidas?

— Varios, de hecho.

Era mucho para procesar. Yo quería sacarle toda la información que pudiera, pero solo dejé que me contara:

— ¿Y de quién hablás? — le cuestioné.

— De uno al que llaman Adán.

— ¿Qué Adán? ¿¡El de la Biblia!? — pregunté sorprendido e intrigado.

— No sé si es el de la Biblia, pero dicen que fue el primer hombre y que nunca ha contado cómo apareció en la tierra.

— ¿Lo has visto?

— Lo vi una vez. Si el cansancio tiene ojos, son aquellos. La desdicha está dibujada en su rostro. Pareciera que sobre sus hombros carga el peso de la rabia. No sé bien si se puede estar enojado, pero esa impresión da.

— Como famoso es famoso — comenté.

— Claro, todos en algún momento de la existencia pensaremos en aquel que fue el primero. El desdichado carga con la tortura del recuerdo eterno, o más bien del recuerdo innato. De la pesadez de la inquietud y la curiosidad. Ningún ser humano escapa a la duda sobre el origen de todo cuanto ve.

— Pero… la evolución… el creacionismo. Ahí está la respuesta a todo. ¿Fuimos creados entonces?

— ¡Qué va! Seguiremos con la duda. Pensá que en todo caso tendríamos solo la versión de Adán, a la cual tendríamos que creer sin miramiento, y que él hablaría solo de aquello que haya podido ver o creer que vio. Que yo sepa no mencionó nunca a un dios o a una creación, solo ha dicho que fue el primero. Después de todo alguien tuvo que serlo ¿no?

— Cierto.

— En fin. Creí que te gustaría saber de todo esto.

— Por supuesto, y tengo más preguntas.

— Y yo no muchas ganas de contestar.

— Vamos, solo decíme…

— Te diré esto: la esperanza de aquel lugar es que la humanidad se extinga. Si no están ustedes no estamos nosotros y la nada reinaría.

— Y en cambio acá nos aferramos tanto a existir para siempre.

— Ya no recuerdo cómo era esa sensación, la de sentirnos protagonistas tan importantes en la historia de la humanidad. Creímos en trascender, en hacer algo para los tiempos de los tiempos. En cambiar el rumbo de todo aquello con lo que no estábamos de acuerdo.

Papá quedo como con la vista hacia arriba, totalmente perdida. Yo esperé.

— En fin, debo irme — dijo, volviendo a la conversación.

— ¿Te volveré a ver?

— Lo dudo. Creo que cada vez encontraré menos sentido a las cosas. No querré nada y me esconderé en el sinsabor de una existencia sin un porqué y sin un hasta cuándo.

Me dolieron sus palabras, no por la idea de no volver a verle, sino por lo trágico de su desdicha.

— Sabés que si yo pudiera te olvidaría ¿cierto? Pero me es imposible. Tantos recuerdos, tantos momentos, tant…

— Lo sé — me interrumpió — lo sé.

Se puso de pie y caminó con paso firme hacia la salida de la sala de estar. Se perdió en la obscuridad, creo que ahora sí para siempre.

Veinticinco

A Ernesto se le podía encontrar en dos lugares. En una mesa de madera rústica sobre la cual descansaba una vieja máquina de escribir, en la que se pasaba las horas creando historias, o parado junto a la ventana, desde donde veía el mundo de fuera, ese al que quería conquistar con sus letras, pero del que huía y renegaba.

La casa era una pequeña, abandonada y pobre construcción de dos ambientes, que apenas daba para su cama, la mesa donde escribía y comía y algunas cosas que hacían las veces de cocina. Según Ernesto, que ya ronda los 59 años, no necesita más.

Fue a los veinte años, la edad de la ilusión, en la que decidió que se dedicaría a las letras. Luego de muchos intentos terminó un manuscrito y lo envió a varias editoriales. Ninguna decidió publicarle y solo una tuvo la gentileza de escribir y enviarle su rechazo.

La carta corta, amable y de buen gusto, le invitaba a seguir trabajando y mejorando, tras notificarle que no le consideraban listo para convertirse en autor.

El rechazo le destrozó, sobre todo porque a esa edad las cosas siempre duelen más.

Su hermana, siete años mayor, era quien se hacía cargo de él, luego de que el padre de familia les abandonara y desapareciera y la madre muriera sobre la cama de un quirófano.

Fue como a las dos semanas, cansada de verle sufrir, que le sentó y hablaron con seriedad de la escritura y de lo que implicaba dedicarse a ella.

Aquello se convirtió en un toma y daca interesante, en donde ambas partes estaban convencidas de tener la razón, pero a la vez querían condescender con el otro. Marián entendía la ilusión y el deseo de su hermano, pero le preocupaba su futuro, en especial el financiero. Ernesto, por su lado, quería dedicarse a aquello que tanto amaba, pero no quería ser una carga para su hermana.

— Tengo una idea — dijo finalmente Ernesto— Que sean los rechazos editoriales los que determinen mi futuro.

— ¿A qué te refieres?

— Has visto la carta que he recibido de la editorial.

— La del rechazo, sí.

— Pues que sean veinticinco.

— ¿Veinticinco qué?

— Veinticinco rechazos. Si no me han publicado, en el momento en que reciba mi carta de rechazo número veinticinco, abandono la escritura y me dedico a trabajar en lo que sea, para ayudarte al menos con mis gastos, hasta que pueda vivir por mi cuenta.

Marián sonrió.

— Lo digo en serio. Creo que es justo — insistió Ernesto.

— De acuerdo, pero… ¿veinticinco? Es mucho.

— Es lo justo. Por cada intento que realice puedo recibir entre una y cinco cartas. Podría terminar mi carrera casi al comenzarla.

— Está bien, pero… tienes que prometer que no lo dejarás de intentar.

— ¡Lo prometo! Y tú promete que serás leal a tu palabra.

— Veinticinco ¡Lo prometo!

Así quedó sellado su futuro.

Los años pasaron y la producción de Ernesto era inmensa, pero las cartas de rechazo aparecían muy poco. Atrás habían quedado los tiempos en que, con alarde de buenos modales, las editoriales se daban a la tarea de opinar y comentar sobre los trabajos que no estaban dispuestos a publicar.

Marián, que había seguido un camino más tradicional en su vida, ya contaba con esposo e hijos y se vio obligada a buscar un lugar para Ernesto, luego de que su esposo le diera un ultimátum, cuando el escritor cumplió los treinta.

Tras unas semanas de búsqueda, consiguió en alquiler la vivienda sencilla de dos ambientes, que fue lo que le alcanzó a pagar.

Desde entonces ella llega todos los viernes a visitar a Ernesto, a quien suele encontrar en la mesa, escribiendo, sin importar la hora a la que llegue. Le lleva víveres, productos de higiene, hojas en blanco y suministros para su máquina de escribir. Ordena un poco la cocina, que nunca está tan mal y le prepara una buena comida a su hermano. La única buena comida que tiene a la semana. Ernesto es muy práctico y solo piensa en escribir, para él lo de comer y dormir es más bien una pérdida de tiempo.

En cada visita conversan, sobre todo, de lo que Ernesto ha escrito, del papel de las editoriales y de la esperanza que tiene en el nuevo trabajo que está desarrollando. Cuando éste trata de tocar el tema de lo injusto que ha sido todo para Marián, ella la interrumpe y le dice que un trato es un trato y cambia la conversación.

De tanto en tanto Ernesto le entrega un sobre con un manuscrito dentro y con la dirección de su casa muy clara, por si la editorial decide escribirle un rechazo. Marián se lo lleva y se encarga de enviarla a las editoriales.

Hace siete años Ernesto, con lágrimas en los ojos, le mostró una carta de rechazo que llegó de una pequeña editorial que apenas tiene publicaciones. Con decoro le decían que no tenía el talento necesario para ser tomado en cuenta. Al escritor no le dolieron las palabras, sino el hecho de que aquella fuera la carta número veinticuatro que recibía. Esa misma tarde, sin poder evitar que le temblaran las manos, ni borrar la cara de miedo, entregó otro manuscrito a su hermana. Quizá es el rechazo veinticinco, le dijo, intentando una broma que a ninguno hizo reír.

Marián, como siempre, lavó los platos y cuando terminaron de compartir un café, se puso de pie y se despidió de su hermano, por quien sentía tanto amor como pena.

Contrario a lo que hacía siempre, quizá movido por la tristeza o el miedo, se dirigió a la ventana y vio a su hermana alejarse. Sobre la banqueta de la calle contraria vio cómo su hermana, pensando que no era observada, arrojaba el sobre con el manuscrito a la basura.

A Ernesto se le derrumbó el mundo pequeño que tenía para sí, al ver cómo su hermana se rendía con él. Tras la tristeza vino el desconsuelo y luego la ira. Fueron días duros, pero para la siguiente visita había comprendido que lo que Marián procuraba era mantener viva la ilusión de su hermano para siempre.

Desde entonces ambos mantienen la misma rutina y conversan sobre la falta de ética de las editoriales, de no poder mandar una carta de rechazo, que mucho trabajo no ha de dar.

Ernesto no ha dejado de escribir. Sigue creando historias, cuentos y novelas que ahora guarda para sí. En el sobre que entrega mete cualquier escrito viejo, hojas con palabras escritas porque sí y sin sentido o incluso hojas en blanco.

El escritor, a pesar de entender la buena intención de su hermana, sigue muriendo un poco más, cada que se asoma a la ventana y ve a Marián arrojar el nuevo sobre, siempre en el mismo bote de basura.

La cueva

Fue en mi cumpleaños número diecisiete. Mis papás habían organizado la celebración en casa y a regañadientes invité a mis amigos, no sin dejar de ser objeto de la burla de todos ellos que, lo acepto, merecía.

Familiares, amigos y conocidos almorzamos, comimos pastel luego de que soplara las velas, abrí los regalos, de los que ninguno me emocionó y, con molestia de mis padres, les abandoné, seguido por mis amigos. En el grupo éramos siete hombres de toda la vida y más adelante se nos habían sumado Marcela y Carolina.

Los nueve salimos sin un rumbo fijado.

Tras unas cuadras caminadas, Manuel hizo memoria de cuando solíamos bajar al barranco en nuestras expediciones hacia lo desconocido. Marcela, que igual que Carolina, nunca fueron, insistió en que hiciéramos una en ese mismo momento. Como no encontramos un buen argumento en contra, aceptamos.

Seguro que la imagen resultaba graciosa: nueve jovencitos, vestidos para fiesta, caminando entre matorrales, árboles, tierra, lodo y precipitaciones. Aquel no era un lugar particularmente peligroso, pero su riesgo sí que tenía.

No anduvimos por caminos hechos. Intentamos senderos propios. Era como si todos hubiéramos acordado, sin hacerlo, que una buena aventura tenía como requisito que nos perdiéramos.

Cuando la tarde estaba por ocultarse, decidimos descansar. Manuel andaba cigarros y a los nueve se nos hizo el momento ideal para inhalar humo, incluso a Rafael, que no perdía oportunidad para echarnos en cara lo estúpidos que éramos al hacernos daño porque sí.

Fue un momento maravilloso, casi épico en nuestras cortas vidas. Yo pensaba en la amistad que nos llevaba hasta ese lugar, hasta ese momento, en donde ni siquiera era necesario decir palabra.

El silencio fue interrumpido por los gritos de Gabriel, quien nos llamaba con prisa.

Corrimos todos guiados por el sonido de su voz. Lo encontramos frente a la entrada de una cueva que se plantaba delante de nosotros, firme, retadora y obscura.

No tuvimos que decir nada, todos supimos que teníamos que entrar.

Ya a los pocos metros la obscuridad nos abrazó. Fue como si nos abrazara por la espalda, respirando en nuestro cuello el miedo que terminaría por invadirnos. Caminábamos a tientas, aferrados a las paredes hasta que fue imposible distinguir nada. Manuel sacó su encendedor para alumbrar. Por unos segundos pudimos ver hacia dónde íbamos y luego de nuevo obscuridad. El encendedor se calentaba y Manuel tenía que apagarlo.

Así seguimos caminando sin encontrar nada más que la sensación de estar en donde no teníamos que estar. Igual seguimos hasta que Manuel encendió su encendedor una vez más y Julián notó algo sobre la pared. Nos acercamos y era una vieja antorcha, colgada a propósito en su base de hierro. Parecía que aún podía prenderse y Manuel lo intentó. En efecto el lugar quedó iluminado y pudimos ver la nada que nos rodeaba.

Nada.

Nada y nada más.

Solo estaba la antorcha que iluminaba el recinto.

Ahora veíamos claro el sendero por donde veníamos y uno hacia donde podíamos continuar.

Era necesario decidir.

Rafael sugirió que siguiéramos, que aquel no podía ser un lugar tan grande y que debíamos terminar lo que habíamos empezado.

Raúl dijo que aquello era suficiente como aventura y que más valía regresar por un camino que ya sabíamos seguro, a sabiendas de que afuera era la noche la que nos esperaba y aún teníamos un buen trayecto por caminar.

Raúl ganó por siete votos a dos.

Antes de salir Marcela insistió en que aquello no podía ser una caminata y ya. Que debíamos hacer algo que hiciera de ese día una experiencia para toda la vida. Sugirió que todos los años, por la misma fecha, regresáramos los nueve a encender la antorchar. Aquel simbolismo se ganó el aplauso de todos y quedó hecho el trato. Todos los años regresaríamos.

Dos semanas después Manuel murió de insuficiencia pulmonar.

Todos lo resentimos, pero decidimos que aquello no podía alejarnos y que más bien nos tenía que mantener unidos.

En todo el año nadie mencionó la cueva, hasta que Marcela habló con todos. Acordamos que iríamos el fin de semana luego de mi cumpleaños, y que lo haríamos en honor a Manuel.

El camino ya no fue difícil, se nos hizo familiar, e íbamos preparados con linternas y bebidas. Llegamos pronto hasta la antorcha que seguía ahí, apagada, pero como esperando por nosotros.

El momento fue emotivo. Guardamos silencio y fue Oscar, quien era el más cercano a Manuel, el que se puso al frente y encendió la antorcha.

La solemnidad, que nos salió de forma natural, nos conmovió a todos. Casi todos lloramos.

Alrededor de un mes y medio después, un automovilista perdió el control de su vehículo y pasó encima de Oscar y de su bicicleta. Su muerde fue inmediata, dijeron los paramédicos.

Dolidos y estupefactos, no dábamos crédito a aquellas dos tragedias y en tan poco tiempo. Estábamos de acuerdo en que no era algo común en un grupo de amigos de nuestra edad.

Para el siguiente año ya solo fuimos siete a la cueva. Llevamos fotos de Manuel y de Oscar, que dejamos al pie de la antorcha. Hicimos silencio, lloramos y ahora fue Raúl quien quiso encender el fuego.

Los siete que estábamos nos sentimos más unidos que nunca.

De Raúl nos despedimos tres semanas después, luego de que quisiera intervenir en un asalto que presenció. El asaltante soltó un tiro y le atravesó el hígado.

Hasta entonces lo vimos. Todos lo vimos con claridad.

Hablamos en el funeral de Raúl. No había duda de que quien encendiera la antorcha sería el próximo. Estaba claro para todos menos para Rafael, quien dijo que él sería el siguiente, si le acompañábamos. Solo Julián y yo aceptamos.

Al año siguiente fuimos solo los tres. No hubo ceremonia, pero sí dejamos la foto de Raúl junto a las otras, que se conservaban bien para estar en aquel ambiente.

Rafael encendió la antorcha y salimos de ahí.

Tres días enteros vomitando por lo que parecía una infección severa. Los doctores no llegaron a determinar la causa. Treinta y tres días fue todo lo que duró Rafael.

Por la circunstancia extraña y el miedo, los cinco comenzamos a separarnos. Para entonces ya teníamos como pretexto el estudio o el trabajo. Sin embargo mantenía comunicación constante con Marcela, quien procuraba hablar con todos, empecinada en que el grupo no terminara por disolverse.

Carolina y Julián se casaron. Nos vimos en la boda. Resulta que ya eramos adultos. Creo que fue la última vez que estuvimos juntos.

Años después Carolina moría en un accidente de tránsito al filo de la medianoche. Venía de una fiesta con sus amigas. Semanas antes le contó a Marcela que las cosas con Julián no funcionaban, que quizá la falta de un hijo les hacía sentir incompletos. Cansada de aquello, fue a la cueva sola, encendió la antorcha, dejó una foto de Rafael y se dedicó a rumbear sin descanso.

A Marcela le pesaba cada vez más la culpa. Si no hubiera sugerido que regresáramos cada año, se decía, todo aquello no hubiera pasado. Quizá por la misma culpa le contó a Julián la confesión de Carolina, quien, enamorado como estaba, fue a encender la antorcha y a dejar la foto de ella. Pensamos que quizá como no había pasado el año la cadena se rompería… pero no.

Julián nos contó que en la cueva había encontrado cinco fotografías. La foto de Gabriel también estaba ahí.

Averiguamos y la familia nos contó que hacía más de dos años que no sabían nada de él. Que se habían cansado de buscar y que le habían dado por muerto. Incluso Marcela le había perdido la pista, pero como no era una muerte, no le dio importancia. Hicimos un paupérrimo intento por encontrarle en Internet y por redes sociales, sabiendo que había decidido quitarse la vida y que dejar su foto en la cueva era la manera de contarnos que había sido su decisión.

Julián murió en su cama. Un paro cardíaco por una afección que padecía desde pequeño, que no fue detectada, dijeron los doctores.

Marcela terminó destruida. Se convenció de que todas aquellas tragedias habían sido culpa suya. Los siguientes meses se comieron sus deseos por vivir. La vi envejecer en un santiamén. Aquella alma amargada me dejó una nota:

Me voy. Me voy para librar la culpa. Me voy como pago de una deuda. Ojalá mi muerte recuperara la vida de los otros. Me voy porque es mi turno. Así lo veo. Así lo creo. Me voy de la forma en que debo irme. Me falta valor para arrebatarme la vida por mí misma y romper el ciclo. Voy a la cueva a encender la antorcha y ya no sabrás de mí. Quizá tome algunas semanas, pero no te quiero a mi lado mientras esté condenada a morir. Quiero cargar con este dolor por los días que me queden. Quiero que ese dolor me dañe, que me carcoma, quiero pagar lo que es justo.

Al día siguiente de recibir la nota, encontraron un cuerpo al fondo del río. Marcela se había arrojado.

Ha pasado justo un año desde que Marcela se quitó la vida. Hoy día me pregunto cómo se consigue tanto deseo por abandonar la vida a los 31 años. De dónde se saca la prisa porque todo termine. Cómo es que siendo tan joven alguien se puede sentir tan viejo, tan cansado. Cómo se hace para alcanzar a tan corta edad la idea de que la vida no vale la pena.

Estoy de pie en aquel lugar donde los nueve fumamos juntos, sin decir palabra. Acabo de salir de la cueva. Tuve que venir porque Marcela no mencionó en la nota si había dejado su fotografía. Encendí la antorcha y comprobé que, en efecto, faltaba.

Ahora estamos los nueve. He dejado la mía junto a la de ella.

Hoja en blanco

Enfrentar la página en blanco con teclado es la peor de las experiencias.

No hay fluidez. Se echa de menos los tachones, no existen las flechas, no hay saltos de espacio drásticos.

Se pierde el desorden propio de la creación, del bosquejo que nace del sinsentido y que se desarrolla en la incógnita.

Desaparece la letra mal escrita por la premura de que la idea no se escape.

No hay nada como trazar y eliminar lo escrito dejando evidencia. Nada como detener el lápiz en alto mientras se medita en lo escrito, en el absurdo, en la nada sin forma que yace frente a uno.

No está la sensación de voltear la página, ya para olvidar lo escrito, ya para desarrollar con fluidez.

No hay como crear un dibujo sencillo, que no esté en nada relacionado con las ideas plasmadas en tinta.

No queda la memoria en retazos de un trabajo hecho o al menos de su intento.

No quedan las frases al azar, las oraciones inconclusas, los inicios faltos de gracia, que serán las anécdotas de tiempos futuros, cuando se vuelve sobre los cuadernos de notas atorados de ilusiones de lo que pudo ser una historia, un ensayo, una novela o un escrito cualquiera.

A la hoja en blanco no se la enfrenta con teclado, porque la hoja en blanco demanda una forma.

Así ha sido. Así debería seguir siendo.

Carrillo

Podría contar de mi vida, de cómo aprendí a vivirla, de las actividades que siempre me gustaron, y de cómo me dediqué a matar mi tiempo pero, más allá de que le encuentro insignificante, para esta historia carece de relevancia, pues todo comienza una noche de viernes, en una cena que tuve con Carrillo, una amistad que había cultivado desde el instituto.

Nos juntábamos unas pocas ocasiones al año, cosa de no perder el contacto. Nos poníamos al día, bebíamos algunas cervezas y con un abrazo nos deseábamos buena suerte para los días venideros. Tal era la rutina y así debió ser esa que fue la última vez, pero la charla nos llevó a juzgar mi escepticismo y a cuestionar las creencias de Carrillo, quien era muy dado, más que a la religión, al esoterismo y a todo lo que tuviera tinte de raro.

—No existe tal cosa como algo sobrenatural —le insistía— si ocurre, ocurre en la naturaleza misma, por tanto es natural.

—Pasa que ustedes los escépticos lo son en teoría, pero cuando les toca experimentar, solo usan la lógica que aprendieron para huir, y puedo probarlo —refutó.

Intrigado por su prueba le dije que quería escuchar de ella, y me contó de un lugar, no muy lejos de ahí, en el que un brujo realizaba sus trabajos.

—Su especialidad es el intercambio de almas —me dijo.

Yo reí. Reí con gusto. Con ganas. Reí como deberían reírse todas las risas.

—Podemos ir si quieres —intentó interrumpirme con evidente molestia— ¿O te vas a quedar con la teoría?

Sin dejar de reírme le dije que aceptaba, sin siquiera meditarlo. Luego agregué que los gastos correrían por su cuenta.

Acordamos que haría la cita y me confirmaría en un par de días, para luego cambiar de tema y despedirnos con un abrazo, ahora sin miras a un futuro lejano.

La cita quedó hecha para el sábado por la tarde. Llegué a la dirección que me había proporcionado. Una construcción humilde, como abandonada, en un callejón, sin nada que llamara la atención. Una casa más. El hogar de un embuste más.

Entramos y contrario a lo que imaginé, el lugar era iluminado. Un hombre delgado, que estaría en sus cincuentas, se presentó como el brujo —Nunca supe su nombre—. Nos invitó a sentarnos en unos sofás cómodos. Ya sabía a lo que íbamos, así que no hizo preguntas.

Esperé un discurso que creara ambiente y alguna frase que le diera salida. Una salida tipo que si no creíamos, no lograría hacer el cruce de almas. Nada de eso ocurrió. Cerró los ojos, como meditando, juntó sus manos y luego de unos segundos dijo con cierta euforia: “¡Ya está!”.

Yo reí hacia mis adentros.

Nos pusimos de pie. Salimos del lugar y ya en la calle le dije a Carrillo que lamentaba la pérdida de su dinero y que esperaba que no se siguiera burlando de los escépticos teóricos.

—De ellos sí —fue todo lo que dijo, con una amplia sonrisa en su rostro a la que interpreté como un esfuerzo por ocultar la vergüenza que sentía.

Nos abrazamos y nos despedimos.

De camino a casa vi como la tarde se ponía gris y el ambiente se tornaba asfixiante. Sentí mis pasos pesados, como si poco a poco fueran agregando arena dentro de mis zapatos.

Pensé en lo absurdo de aquella sesión. En lo absurdo de la discusión con Carrillo. En lo absurdo de nuestras juntas. En lo absurdo de querer mantener una amistad que poco aportaba a los días.

Llegué a casa y solo tuve fuerza para acostarme y tratar de olvidarme de todo.

Desde aquel día la vida se me volvió cuesta arriba. Los días carecen de sentido. Mi vida no tiene objeto. Ya no hay porqués. Los proyectos en los que creí son un sinsentido. Las ganas me huyen, se esconden, juegan conmigo, como si mi desdén por la existencia les hubiera ofendido y ya no quisieran tener nada que ver con mi persona.

De aquella sesión con el brujo ya pasaron cuatro meses. Hoy he salido de mi tercera sesión con el psicólogo. Hemos discutido, casi peleado. Es que se niega a creer que la depresión habita en el alma.

¡Te odio Carrillo! ¡Te odio!